Opinión

El deseo humano

Una de las enseñanzas que nos dejan estos días de cuaresma las lecturas que nos preparan a la Pascua es en torno al deseo. Desde las tentaciones a la Samaritana, las prácticas cuaresmales o la vuelta a la Palabra, nos tratan de hacer reflexionar sobre qué y cómo deseamos los humanos.

Al Aquinate, tras los pasos de Aristóteles, no se le oculta la inmensa fuerza antropológica que tiene el deseo en nuestras vidas como potencia capaz de mover nuestras acciones, impulsos e ideas.

Según santo Tomás -y hay aquí mucho de socrático y de sano optimismo y de preponderancia de la gracia y del amor de Dios por su creación- en última instancia todo deseo es un deseo de bien. Ciertamente podríamos decir que a veces erramos en la elección de los medios que nos alcancen ese bien, y caemos en el mal, pero que todo humano lo que desea es el bien. La felicidad. La plenitud

El problema, claro está, es que a veces confundimos el bien, y lo que pensamos que es un bien para nosotros, en realidad, al final, no lo es. Y he ahí el inmenso drama humano del pecado. Que hacemos, queriendo, lo que no queremos. Que confundimos -a veces contumazmente- el bien con el mal. Pero aún así, dirá el tomismo, hay como una natural inclinación del deseo hacia el bien.

Entendiendo el bien como esa última franja que todos convenimos que es así. ¿Qué queremos al final todos los seres humanos? Ser felices. Estar bien. En paz. Reír. Disfrutar. Vivir en plenitud. Yo y todos, que no vivimos solos.

Sería necesario ante eso varias claves. Una educar de veras el deseo hacia el bien, reflexionando qué es el bien realmente para el ser humano. Y otra cómo se alcanza, es decir, ajustar el medio al fin. Es decir, que el fin de bien, de felicidad, de plenitud, necesita afinarse para no confundir el Bien con falsas promesas de bienes. Y además que toca igualmente adecuar los medios de cada persona para perseguirlo, buscarlo, y caminar tras él.

Por eso todo el andamiaje antropológico-moral de santo Tomás se completa con la importancia de las virtudes como una cierta forma de hacer innatas -por repetición- actos que vayan educando nuestros actos y nuestros impulsos hacia el bien.

Pero eso, lo apuntaba hace un par de párrafos, y es la idea que hoy me gustaría dejar, tiene un previo que en este mundo nuestro actual de estímulos, pantallas, ofertas, infoxicación, continuos cantos de sirenas y falsos mensajes de sentido y plenitud, es más urgente que nunca: toca educar el deseo. O lo que es lo mismo, toca distinguir qué ofertas de nuestro tiempo son realmente caminos de bien, de verdad, de belleza, de justicia, de bondad, de sentido, y cuáles son veredas muertas que llevan a los acantilados de la desesperación.

Y quizás, incluso, toca volver a desear. A desear a lo grande. No los pequeños deseos que como migas nos van dejando para ir saciándonos. No, no. Desear a lo grande. Soñar con todo. Recuperar la fortaleza y la esperanza y la confianza de que se puede y se debe quererlo todo.

Fray Vicente Niño Orti, OP