La Odisea y el Éxodo. Por Luis Roberto Aguilar
El reciente estreno de la película de Christofer Nolan adaptando el famoso poema clásico «La Odisea», ha despertado un gran interés en esta obra esencial de la literatura occidental. También ha generado intensos debates sobre la selección de los actores y actrices del reparto, sobre el rigor histórico del vestuario, el lenguaje, la arquitectura, las armas o la forma de librar las batallas. Y, sobre todo, muchos cuestionan la fidelidad de esta adaptación al texto original de Homero. Más allá de la polémica, viendo la película, no he podido evitar pensar en algunos textos bíblicos, específicamente el Éxodo, ante el que se nos presentan dificultades de interpretación bastante similares.
De hecho, los eventos narrados en «La Odisea» ocurrieron aproximadamente en la misma época en la que Moisés y el pueblo de Israel salieron de Egipto, más o menos entre los años 1200 y 1180 a.C. Me parece interesante que dos relatos fundacionales de dos civilizaciones contemporáneas –pero muy distintas– se basen en hechos históricos ocurridos al final de la edad de bronce, y que ambos tengan que ver con un largo y penoso viaje en busca de un hogar y una identidad que no resultan nada fáciles de alcanzar. Se trata de dos epopeyas en las que los seres humanos y los dioses interactúan con total naturalidad, donde los obstáculos se convierten en oportunidades para sanar, crecer y madurar, y donde se van forjando, paso a paso, la cosmología, los valores y en general la cultura de estos pueblos. Producto de la transmisión oral y fijados por escrito varios siglos después, estos dos relatos son importantes no tanto por aquello que nos dicen de la época en que fueron escritos, sino por lo que despiertan en nosotros, que estamos, de algún modo, profundamente marcados por aquellas gestas.
El Odiseo (Ulises) de Nolan, es un hombre atormentado por los horrores de una guerra en la que tuvo un rol central. No es solo un aventurero ingenioso y astuto que logra sortear una serie de obstáculos que los dioses le presentan, es más bien un superviviente traumatizado que trata de sanar las heridas de la violencia que él mismo infligió. En la película, las escenas del saqueo brutal de Troya se repiten una y otra vez, hasta culminar en la decapitación de Atenea, cuando un intenso dolor se percibe en el rostro de Odiseo, que contempla los horrores que ha provocado. Los monstruos que encuentra en su camino de regreso a casa funcionan como un espejo en el que el héroe ve reflejadas sus propias tentaciones. La tentación del olvido fácil (la flor del loto que le ofrece Calipso), de recurrir una vez más a la violencia brutal (Polifemo), de añorar constantemente la adrenalina de la guerra (las sirenas), de hundirse en la desesperación de la culpa (Caribdis)… todo esto es lo que va sanando (superando) a Odiseo a lo largo de su recorrido. Al ver a Circe transformar a los hombres de Odiseo en cerdos, nos da la impresión de que lo que está haciendo es revelar la verdadera identidad de aquellos que van por el mundo devorando todo lo que encuentran a su paso. Cuando el héroe desciende al inframundo para hablar con Tiresias, encuentra a dos de sus compañeros muertos, Agamenón y Sinón, y, la conversación que tiene con ellos es el momento culminante de su proceso de purificación, más importante aún que las instrucciones que recibe del adivino ciego.
Aunque el pueblo de Israel no es el causante de la opresión y la violencia de la esclavitud en Egipto, tampoco está libre de culpa. Los israelitas fácilmente dudan del poder de Dios o lo cambian por un becerro de oro, son volubles y mañosos, añoran las cebollas de Egipto, se dejan vencer por el miedo y la desesperación, murmuran contra Moisés y contra el Dios que los ha liberado. Al igual que Odiseo, el pueblo elegido necesita confrontar su propio pecado antes de poder entrar en la tierra prometida. Solo podrán sanar mirando cara a cara, como en un espejo, a la serpiente que los ha envenenado como lo había hecho con Adán y Eva. También las andanzas por el desierto son un largo itinerario de purificación, que debe realizarse antes de entrar en la tierra que mana leche y miel, donde ya habían vivido sus antepasados.
En mi opinión, el cambio más drástico que hace Nolan con respecto al poema de Homero es el final de la historia. En el texto original, Odiseo, después de masacrar a los pretendientes de Penélope, debe enfrentar la venganza de sus familias. En ese momento interviene Atenea, quien evita la guerra civil, impone un pacto de paz y consolida la posición de Odiseo como rey. En cambio, en la película, Odiseo termina su recorrido saliendo a un exilio autoimpuesto con Penélope. Telémaco es el nuevo rey de Ítaca y sus padres zarpan hacia el oeste desconocido en un viaje de luto y penitencia para honrar a los caídos bajo el mando de Odiseo. Y esto me hace pensar en el Moisés que no entra en la tierra prometida por la que tanto ha luchado, sino que muere justo antes de que una nueva generación del pueblo escogido se establezca al otro lado del Jordán. Tal vez, en ambos relatos, lo más importante no es llegar al destino final, sino dejarse transformar por el viaje.
Fray Luis Roberto Aguilar, OP
