Montesclaros, lugar de manantiales
Hay lugares que terminan formando parte de quienes somos. No tanto por lo que tienen de extraordinario, sino porque en ellos hemos aprendido a mirar, a descansar, a querer o simplemente a vivir. Con esta serie de columnas, los autores de La Llama comparten algunos de esos lugares que, por distintos motivos, ocupan un lugar privilegiado en su memoria y en su biografía. No son guías de viaje ni recomendaciones turísticas. Son invitaciones a descubrir cómo el verano también deja su huella en nosotros, cómo determinados paisajes terminan educando nuestra mirada y cómo, a veces, no somos solo nosotros quienes pasamos por los lugares, sino los lugares los que pasan por nuestra vida y nos transforman silenciosamente.

Montesclaros es un santuario dominico que se alza sobre el valle donde nace el Ebro. Según la leyenda, un día un pastor de Los Carabeos observó que uno de sus toros estaba escarbando en el suelo y luego lo encontró arrodillado ante una luz que procedía de una imagen de la Virgen. Salió corriendo a anunciar la noticia al pueblo. Se organizó una procesión que subió al monte rezando y cantando a la Virgen, que llevaron a la iglesia de Barruelo de los Carabeos, pero al amanecer descubrieron que había regresado a la cueva, de donde la volvieron a trasladar a la iglesia, por la noche la imagen volvió a la cueva. Tras duras discusiones llegaron a la conclusión que era la voluntad de la Virgen permanecer en la cueva, por lo que erigieron una pequeña capilla donde estuvo más de un siglo y medio, atribuyéndosele numerosos milagros...
Más allá de la leyenda, Montesclaros ha sido durante muchos veranos una fuente fresca entre montes verdes y azules, que tornaban en resplandores magentas por la tarde sobre la espadaña de santuario dominico. Lugar de manantiales, como apuntara el poeta Emilio Rodríguez. Fuente de luz en medio del verano entre bosques y senderos hacia el río.
Desde las ventanas más altas de la hospedería se divisa buena parte del Valle, por un lado la espadaña de la iglesia, con el Cañón detrás, abriendo el horizonte de las montañas que se extienden, más allá de la pequeña estación FEVE, hacia el norte de Burgos, donde el tren de cuento recorre pueblecitos con sabor antiguo y legendario.
Por el otro lado las ventanas que se asoman a las nubes que se ciernen desde la costa de Cantabria hasta cubrir, a veces, el embalse de Aguilar, y más lejos Nuestra Señora de las Nieves, otra ermita en lo alto de la montaña en este cruce de tierras cántabras y castellanas.
Este lugar es apertura donde se esparce la mirada y el alma se recrea. El corazón fatigado del curso y los trabajos del año escolar se remansa en Montesclaros. En la hospedería dominica desde hace años nos encontrábamos familias venidas de casi todas las regiones de España, Palencia, Salamanca, Sevilla, Barcelona, la Mancha, Extremadura, Valencia, hasta Canarias. En grupos de amistades que se iban tejiendo hacíamos pequeñas o grandes rutas por el bosque encantado, marcando los senderos que se habían borrado durante el invierno.
Cuando descubrí Montesclaros, allá por el año 2004, encontré un refugio, ámbito de expansión con una atmósfera limpia y distendida, al margen de lugares repetidos de turismo convencional.
Allá mugen todavía las vacas y repican las campanas, también se escucha a veces rezar el Rosario por el altavoz de la iglesia.
Durante más de 20 años nos reunimos viejos, jóvenes, niños… Era un lugar perfecto para llevar a la familia y también al perrito, lugar de convivencia y de soledad al mismo tiempo, a veces en el comedor coincidíamos con alguna persona que hacía retiro en silencio.
Allí nos llevó, a mí y a mi familia, el padre Emilio Rodríguez, que al ritmo de estos encuentros primero fortuitos, que se fueron haciendo familiares, decidió organizar pequeñas jornadas culturales y de recreo, donde había poesía, exploraciones de la naturaleza, música y hasta queimadas, preparadas por el padre Suárez. Y por la noche, la contemplación de las estrellas. Algunos niños descubrieron en esa atalaya la Vía Láctea. Estas líneas quieren ser memoria agradecida al padre Emilio Rodríguez, poeta y al padre Suárez, que fuera entonces el hospedero.
Hoy la hospedería la lleva la Fundación San Martín de Porres, con la magnífica gestión de Fray Antonio. Entre la cocina y la restauración del edificio muchas personas usuarias de los recursos de este hogar madrileño se han preparado para encontrar empleo e integración social en los últimos años.
Como broche de oro de esta memoria cordial de Montesclaros, fuente y refugio donde el verano se restaura y la luz nos envía más lejos, he de señalar que ha sido providencialmente el arranque de mi vocación misionera.
La presencia del padre Zavala, organizando las partidas para los contenedores que enviaría a las misiones de Perú, y los folletitos para suscribirse a la ayuda de las becas de Selvas Amazónicas, halladas en la entrada a la iglesia, abrieron la puerta al sueño misionero que hoy es para mí una realidad.
Sagrario Rollán
