Un lugar en el mundo: El Seibo
Hay lugares que terminan formando parte de quienes somos. No tanto por lo que tienen de extraordinario, sino porque en ellos hemos aprendido a mirar, a descansar, a querer o simplemente a vivir. Con esta serie de columnas, los autores de La Llama comparten algunos de esos lugares que, por distintos motivos, ocupan un lugar privilegiado en su memoria y en su biografía. No son guías de viaje ni recomendaciones turísticas. Son invitaciones a descubrir cómo el verano también deja su huella en nosotros, cómo determinados paisajes terminan educando nuestra mirada y cómo, a veces, no somos solo nosotros quienes pasamos por los lugares, sino los lugares los que pasan por nuestra vida y nos transforman silenciosamente.

Creo que hay poca gente que me conozca, a la que no le haya hablado de El Seibo; os escribo desde allí…
Al estar en el Caribe, en República Dominicana, hace un calor húmedo interesante; los primeros días cuesta acostumbrarse. La ciudad es bastante ruidosa, las motos, la bachata, la publicidad en coches o motos con grandes altavoces… En los campos de alrededor donde cultivan los campesinos, y pastan las vacas, hay mucha más paz; se oyen los pájaros y se disfruta del verde paisaje… En los bateyes hay caña de azúcar en todo alrededor y barrios con casas muy sencillas, todas iguales, pequeñas para las familias numerosas, y que pertenecen en su mayoría a la compañía azucarera. Si te vas a Miches, puedes disfrutar de las playas vírgenes que salen en las revistas y que muchos relacionamos con el paraíso.
Lo que más me gusta a mí de El Seibo, es que es un lugar con mucha vida, muchos niños, mucha gente alegre y cariñosa, que te reciben con una sonrisa en la boca y un corazón enorme y que te hacen sentir en casa. Son gente luchadora, resiliente ante las dificultades del día a día, gente con esperanza; comunidades que saben que pueden contar con el que tienen al lado y que tienen una fe profunda en Dios que les acompaña. Si vuelvo casi cada año, es por su gente, su acogida y cariño, sus ganas de compartir y celebrar, su ejemplo al acompañar las luchas ante las injusticias, su preocuparse por el prójimo…
Si hablamos de sabores, el plato típico de este país, al que llaman bandera dominicana, es arroz con habichuelas y carne. Pero a los que venimos de fuera, nos conquistan los mangos, los aguacates, las piñas o el maracuyá… Pero también los pimientos, tomates o berenjenas, productos ecológicos que plantan en el proyecto de invernaderos Nuestra Señora de Covadonga y que alimentan a la población.
Uno de los mayores problemas que hay aquí en El Seibo, es el abuso de los poderosos frente a los empobrecidos; la última lucha de los misioneros dominicos son los desalojos injustos que sufrieron casi 60 familias, hace menos de un año; tiraron sus casas con todos sus enseres dentro, su hogar que habían ido construyendo poco a poco… Pero también el trato vejatorio que sufren muchas personas de origen haitiano (ellos o sus familias) y la política migratoria, que se los llevan en una camiona y piden altas cantidades de dinero por ello. ¿Dónde está nuestra humanidad? Nos decía el Papa León XIV en Canarias hace poco, y viendo las casas destruidas, o escuchando los testimonios de las familias migrantes, me lo pregunto yo también. En estas luchas juega un papel importante Radio Seybo, que acompaña, anuncia la Buena Noticia destacando las cosas buenas que pasan, pero también denuncia las injusticias, dando voz a la gente, y dialogando con espíritu crítico.
Otro gran problema de este país es la sanidad. Es carísima, los que menos tienen les cuesta mucho tener acceso a ella. Cuando van, a veces es demasiado tarde. Por eso la familia dominicana, que siempre apuesta por la vida digna y vida en abundancia que Dios quiere para todos, tiene el Centro de Salud Fray Oregui, que intenta poner precios asequibles para todos: medicinas, análisis, consultas generales, y especialistas. Nunca había visto tanta gente en la sala de espera como ayer.
Casi siempre que le digo a un dominicano en España que voy a El Seibo, le extraña, pero no les culpo, esos dominicanos, no conocen a esta gente tan maravillosa, en el que se hace vida esa frase del Evangelio, gracias Padre por haber revelado a los sencillos, y que han descubierto la alegría de vivir el Evangelio.
Belén Sánchez Gil
