Opinión

Sin esperanza sólo nos queda el lamento

Hace unos días, dando un paseo por Roma, me dieron la que sin lugar a dudas ha sido la mejor charla de espiritualidad que he podido escuchar en los años que llevo de fraile. Como era dando un paseo pues no llevaba nada para escribir, de lo cual me arrepiento no se imaginan ustedes cuánto. Pero he de decir que cada palabra que escuchaba rebosaba frescura, sabiduría, serenidad, experiencia, fraternidad, ilusión… pero sobre todo, esperanza. Una de las frases que se me quedó grabada fue la siguiente: «el pasado es el tiempo del lamento; el futuro es el de la esperanza, porque es el tiempo de Dios». Pues bien, en esas alturas espirituales nos encontrábamos cuando llegamos a uno de los conventos que los frailes dominicos tenemos en Roma: San Clemente, llamado «de los irlandeses». En la espectacular Basílica de este convento se encuentra un monumento funerario de una belleza conmovedora. En dicha escultura se puede observar a un hombre que yace difunto en una cama. Su mano izquierda caída la sostiene un niño que está desnudo y que llora amargamente. A los pies de la cama hay un ángel que sonríe y apunta con su mano hacia el cielo. En la base del conjunto escultórico se puede leer una frase escrita en italiano que, en castellano, podría ser traducida más o menos de la siguiente manera: «La debilidad humana llora, mientras que la esperanza inmortal se alegra».

Desde que regresé de Roma pienso, medito y rezo en algunos momentos con esta frase. Y llego a la conclusión -sin intención de trasmitir desánimo- de que la esperanza brilla por su ausencia en mi realidad más próxima. ¿Por qué digo esto? Pues porque me da la impresión que preferimos aferrarnos a una gélida mano cual niño de la escultura romana, antes que apostar por la sonrisa que se podría descubrir, a la par que disfrutar, si la esperanza fuera nuestra razón vital. Porque la mano caída del difunto junto al rostro con lágrimas del pequeño de la escultura -visto siempre desde mi experiencia- me trasmiten esquemas caducos además de dinámicas y actividades que ya no hacen sentir ni vibrar ni apasionan, por lo anacrónicas que son. También me remiten a querer revivir en el presente experiencias que en su día fueron impulso para optar por una realidad concreta, sin ser conscientes ni querer percatarnos de que jamás podremos volver a experimentar lo que hemos sentido ayer. Y cómo no, la debilidad humana llorando plasmada magistralmente en el mármol es toda una manifestación de estar anclados en la nostalgia de tiempos pasados que no tuvieron porqué ser mejores; y que solo consigue -la nostalgia- crearnos un caparazón cada vez más pesado, que impide la agilidad necesaria para afrontar lo fascinante que la vida nos va a regalar a la vuelta de la esquina. Y no nos damos cuenta o no queremos darnos cuenta. Pero la falta de esperanza nos convierte en seres reacios, reticentes, gruñones y sin alegría que todo lo viven a la defensiva, porque se nos olvida con facilidad que optar por una actitud esperanzada es como un empujón por la espalda, que da impulso y ritmo al corazón.

Insisto en que no es mi intención trasmitir desánimo, pero hay que ser sinceros y reconocer que la teoría nos la sabemos perfectamente y hasta la cantamos en nuestras celebraciones. Esa que dice aquello de que el grano de trigo ha de morir (cfr. Jn 12, 23-24). Pero lo cierto es que no ponemos en práctica que la esperanza es la noticia que tenemos del fruto que está por venir. Y es que somos demasiado devotos de la mujer de Lot. Y esta devoción hace que nos pueda más el peso de nuestras seguridades efímeras que el anhelo por lo novedoso, distinto y apasionante, porque nos asusta que nuestros propósitos se frustren y nos aterra perder protagonismo. Y lo que en realidad muestra esto, la verdad que se esconde detrás de estas situaciones es una carencia considerable de afecto. Por ello preferimos quedarnos inmóviles en lo conocido como si de una estatua de sal se tratara, antes que atrevernos a mirar todo desde perspectivas diferentes y, de esta manera, hacer el intento de que puedan surgir nuevas posibilidades.

Dentro de unos días dará comienzo el Adviento. Y seguro que encenderemos nuestras velitas de colores y cantaremos todas esas cosas que no sabemos muy bien qué significan. Pero el Adviento tiene un mensaje muy claro y que apunta más allá de velas y canciones: hay que ejercitar la esperanza para transformar radicalmente nuestra forma de vivir. Por ello, cuando no se tiene esperanza, cuando nos resistimos a aceptar lo nuevo y cuando el ver cómo se aleja el pasado deprime y nos llena de ansiedad, lo único que nos queda son llantos y lamentos. Sí, llorar y lamentarnos. Porque el frío polar de la desesperanza ya no nos deja sentir, y nos condena, porque así lo hemos decidido, a una soledad sin remedio.

Fr. Ángel Fariña, OP