Opinión

La verdad de la mentira

Dice así uno de los titulares de EL PAÍS digital del 18 de noviembre a propósito de la cumbre del clima en Egipto: “Ídolos del balón, villanos del clima: la emergencia climática no llega a la burbuja del fútbol. Muchas de las figuras del Mundial de Qatar forman parte del pequeño porcentaje de la población que multiplica las emisiones que calientan el planeta”. El artículo habla de cómo desde 1990 el 50% de la población del mundo con menos recursos ha sido causante del 16% del aumento de gases que causan el cambio climático, mientras que el 1% de los más ricos ha generado el 23%. Y, en concreto, las estrellas del fútbol, con sus coches de lujo y sus jets privados, que tanto nos embelesan y que son ídolos y referentes de tantísimos niños y jóvenes, parece que practican una “indisimulada indiferencia” hacia toda la problemática referida al cambio climático. Por un lado, parece que la mayoría de esas “mega estrellas” del deporte nacional viven en una especie de burbuja de lujo y desenfreno, totalmente ajena a la realidad; por otra, hay intereses de marcas comerciales, petroleras, fabricantes de coches, aerolíneas, etc., que patrocinan a los grandes clubes y que tienen una responsabilidad directa y decisiva en el cambio climático.

En la misma noticia se nos lanza una inquietante pregunta: “¿Puede ser un Mundial de fútbol considerado neutral desde el punto de vista del cambio climático cuando se celebra en un país petrolero?”. En la cumbre del clima celebrada en Egipto, expertos de la ONU presentaron unas reglas para evitar el llamado “greenwashing” (lavado de imagen “verde”) en el que, por ejemplo, se dice que una entidad no puede declararse neutral para el calentamiento si sigue apostando por combustibles fósiles.

Y junto a lo anterior, llegamos a lo que algunos han denominado “la copa mundial de la vergüenza”, refiriéndose al mundial de Qatar. Vergüenza porque, como denuncia Amnistía Internacional, mientras la FIFA, sus patrocinadores y las empresas de construcción se enriquecían escandalosamente, miles de inmigrantes provenientes de Bangladés, India, Nepal, Pakistán o Sri Lanka, han sufrido abusos y explotación. Los trabajadores han soportado condiciones de hacinamiento y de falta de higiene, han cobrado sueldos engañosos muy por debajo del salario prometido y no se les concedía permiso de residencia válido sin el cual podían ser encarcelados o multados en cualquier momento. Quienes se negaban a trabajar debido a las condiciones eran amenazados con deducciones de la paga o con ser entregados a la policía para su expulsión sin recibir el sueldo que les correspondía. Las cifras, aún no oficiales, que se manejan rondan más de 6.500 trabajadores muertos en la construcción de los estadios.

A lo dicho hay que añadir que Qatar, estado absolutista, forma parte de los 70 países alrededor del mundo que niegan el derecho a existir de las comunidades LGTBIQ+, persiguiendo y encarcelándoles con penas que pueden llegar a los 10 años de cárcel.

En cuanto a las mujeres la realidad es de una tremenda violencia física y sicológica. Son los “tutores” masculinos los que otorgan la autorización o no para poder casarse o estudiar. Las mujeres tampoco pueden hacerse cargo de la tutela principal de sus hijos, aunque cuenten con la custodia, afectando ello al acceso a permisos de viaje, documentación, economía, etc.

En Qatar no hay libertad de expresión y de prensa, castigándose con cárcel a los periodistas que critiquen al régimen del emir catarí.

Con lo uno y lo otro creo que es legítimo preguntarnos cuánto queda en el fútbol profesional de deporte y cuánto hay de negocio. Es evidente que quien manda es el capital, el lucro y el negocio sin escrúpulos, muy por encima de los derechos humanos y de la dignidad humana. Hasta el aficionado más fanático sabe que los mundiales se han convertido en un “súper-mega” negocio turbio; el de Qatar, si cabe, aún más. Sin embargo, cada cuatro años, nos entregamos a este evento como corderitos felices, acríticos y agradecidos a la FIFA, que se ha convertido en uno de los grandes dadores de alivio, de placer y de sentido.

Ricardo Aguadé, OP