Opinión

Dios se viene de vacaciones

Hay lugares que terminan formando parte de quienes somos. No tanto por lo que tienen de extraordinario, sino porque en ellos hemos aprendido a mirar, a descansar, a querer o simplemente a vivir. Con esta serie de columnas, los autores de La Llama comparten algunos de esos lugares que, por distintos motivos, ocupan un lugar privilegiado en su memoria y en su biografía. No son guías de viaje ni recomendaciones turísticas. Son invitaciones a descubrir cómo el verano también deja su huella en nosotros, cómo determinados paisajes terminan educando nuestra mirada y cómo, a veces, no somos solo nosotros quienes pasamos por los lugares, sino los lugares los que pasan por nuestra vida y nos transforman silenciosamente.

Pensar en el verano de la infancia es recordar el olor a sal y a crema solar que embadurnaba todo el cuerpo. Es volver a aquellas interminables horas de juego, a las cartas, en la orilla del mar, a las palas, cogiendo olas y no querer salir del agua, aunque las olas te llevaran hasta el otro lado de la playa. Pero, aun en aquella libertad, siempre había alguien cuidándote y protegiéndote.

Era regresar a casa con la piel cubierta de salitre y salir de nuevo a la calle con el bronceado del verano, la ropa más bonita y el inconfundible olor a crema hidratante. Era arreglarse deprisa para subir a la iglesia de lo alto del pueblo. Compartir la Eucaristía con las señoras del pueblo, los vecinos y con quienes llegábamos de fuera, y cantar con orgullo a la pequeña Virgen que, desde arriba, parecía cuidar de todos nosotros.

El verano tenía otro ritmo. Era también la libertad de vivir sin prisas, de disfrutar del tiempo en familia, de saborear un buen pescado y de dejar que la calma del ambiente nos llevara al descanso. Era la ilusión de que te compraran un helado o de unas monedas para correr al quiosco a comprar chuches. Pequeños detalles que llenaban el corazón de alegría y hacían que cualquier día se convirtiera en un bonito recuerdo. 

Con los años comprendemos que aquellos pequeños regalos del verano eran mucho más que momentos felices. Eran un reflejo de cómo Dios cuida de nosotros.

El verano nos invita a recuperar esa mirada sencilla. Un paseo junto al mar, el sonido de las olas, el horizonte infinito o un atardecer pueden convertirse en un encuentro con Él. Cuando paramos y aprendemos a contemplar, descubrimos que Dios sigue hablándonos y que siempre camina a nuestro lado.

Que aprovechemos este tiempo para acercarnos más a Dios, agradecer tantos veranos vividos y también los que están por venir. Que aprendamos a descubrir su presencia en lo sencillo y que, cuando regresemos a la rutina, llevemos con nosotros la paz y la alegría que Él ha puesto en nosotros durante este tiempo de descanso.

Belén Rodríguez Román