¿Es Dios un matemático?
Esta semana se celebraba el día internacional de las matemáticas. No es que a mí me importen demasiado los “días mundiales de” puesto que existen hasta de las croquetas y no sé si también de los que se dedican a inventar días mundiales para todo. Pero me escribió una amiga porque se había acordado de mí y eso me hizo querer escribir sobre este tema.
Hice la selectividad sabiendo que me bastaba un cinco para una carrera sin demasiada demanda. Hice todo el bachillerato soñando con llegar a la universidad y hacer, por fin, lo que siempre había soñado. Entrar en el convento fue, sobre todo (y perdón por las personas a las que quiero), renunciar a otra vocación que me apasionaba. Quienes me rodeaban creo que no lograban entender ninguna de mis dos vocaciones, y ahora comprendo que una y otra estaban relacionadas, aunque no en el mismo plano –dicho sea de paso-, y que no era casualidad que se dieran una y otra en la misma persona.
El día que me matriculé mi padre me preguntó: pero, ¿para qué matemáticas? ¿para dar clase? ¡Si tú no tienes paciencia para eso! Tenía toda la razón del mundo. En la segunda parte, en lo de no tener paciencia. Se equivocaba en lo primero: no elegía matemáticas para ser maestra de nadie, sino para ser siempre discípula. No me importaba el para qué. Tardó un tiempo en aceptar mi elección aparentemente inútil y árida, pero lo hizo. Y recuerdo también un día en que paseábamos por un pueblo de Galicia en una noche de verano y, ofreciéndome su brazo para que me cogiera de él, me empezó a hablar de Descartes –lo suyo es más la filosofía- y el lenguaje de la naturaleza y las matemáticas. Por cierto, que esta semana también se celebró el “día del Padre” -ellos sí que se merecen un día y muchos más, no las tortillas de patatas ni el número pi- y tengo que reconocer que aquella conversación la he guardado siempre con mucho cariño.
Volviendo a la relación entre mi vocación frustrada de matemática y la actual, la de contemplativa, quiero citar un fragmento de un libro titulado “¿Es Dios un matemático?”, escrito por Mario Livio. El autor parte de una –en mi opinión- interesantísima pregunta que ha cuestionado a más de uno: «¿Son las matemáticas una creación humana? ¿O lo que aparece a través de ellas es el intrincado diseño del universo, que poco a poco vamos descubriendo?».
«La eficacia de la matemática más allá de lo razonable hace surgir numerosos y fascinantes enigmas: ¿existe la matemática de forma independiente de la mente humana? Dicho de otro modo, ¿estamos simplemente descubriendo las verdades matemáticas, igual que los astrónomos descubren galaxias desconocidas hasta el momento? ¿O quizá la matemática es sólo una invención humana? Si realmente la matemática existe en algún abstracto país de nunca jamás, ¿cuál es la relación entre este mundo místico y la realidad física? ¿Cómo es capaz el cerebro humano, con sus limitaciones, de acceder a este mundo inmutable, más allá del espacio y del tiempo? Por otro lado, si la matemática no es más que una invención del hombre que no existe fuera de nuestras mentes, ¿cómo podemos explicar el hecho de que la invención de tantas verdades matemáticas se adelantó de forma milagrosa a cuestiones acerca del cosmos y de la vida humana que ni siquiera se plantearon hasta siglos más tarde?»
Voy a concretar antes de que alguien me acuse de andarme por las ramas. ¿Qué tiene que ver esto con la vida contemplativa? Diré, antes de nada, que hoy me refiero a la contemplación en sentido amplio y universal. No hablaré de ella en el contexto de la vocación concreta de las monjas de clausura, sino como ejercicio común al que estamos llamados todos los creyentes en la medida en que todos estamos llamados a ser contemplativos en el mundo.
Y ahora sí, lo voy a decir: el contemplativo es a Dios lo que el matemático a la naturaleza. Y antes de que se me echen encima, continúo: el matemático no inventa, no impone, no puede cambiar las reglas a su gusto ni ignorar lo que no le apetezca considerar, sino que utiliza y emplea todo lo que tiene a su alcance: leyes que le vienen impuestas y no elige, descubrimientos previos, investigaciones, inteligencia propia, intuición, tiempo, etc. para seguir descubriendo lo que ya existe y es – ¡independientemente de que lo sepamos o no! – y aprovecharlo para lograr nuevos avances.
¿Y qué es contemplar? ¿No es acaso poner en juego todo lo que tenemos –cosas que nos vienen dadas y no elegimos, como las leyes de la naturaleza- y todo lo que somos –nuestras libres elecciones, capacidades- para descubrir en la vida, en la realidad, en lo concreto, la presencia de Dios? El contemplativo no mete a Dios con calzador en los acontecimientos, ni tiene poder de cambiar lo que sucede ni de pintar de rosa lo que es amarillo; tampoco impone ni inventa ni hace proceder de él una verdad que le supera, como si dijera: “yo traigo a Dios al mundo”. Sino que abre los ojos, investiga, invierte tiempo y recursos, destierra prejuicios y cuestiona posiciones inamovibles para descubrir en cada momento, espacio y lugar, al Dios que ya está presente independientemente de que lo sepamos o no. Al Dios que ya estaba cuando nosotros llegamos.
Cuando al alma contemplativa se le concede este descubrimiento; cuando se encuentra con Dios en medio de la historia, de los acontecimientos que no parecían tener sentido y que aparentaban ser fruto del absurdo, entonces adquiere una certeza interior que, ahora sí, es mucho más que una demostración matemática. Y puede que no consiga verbalizar qué razonamiento ha empleado –porque contemplar no es simplemente razonar, pero no va contra la razón ni es un ingenuo optimismo-; y puede que no se haga entender o incluso sea un escándalo para quienes le rodeen “¿cómo puede decir que en eso que ha pasado está Dios presente?”; pero en su alma las piezas habrán encajado y la ecuación estará resuelta. Eso sí, sabiendo que nunca podrá descubrir del todo, ni dominar ni abarcar, el valor de la X.
Teresa Cadarso O.P.
