Opinión

Una vida con propósito

Prólogo a la espera de la primera encíclica de León XIV

Durante la presidencia de Ronald Reagan, el cardenal arzobispo de Chicago era un hombre calvo, menudo y con lentes, de nombre Joseph Bernardin. Había llegado a su sede metropolitana sucediendo al cardenal Cody, un hombre opaco de anchas papadas acusado de manejos financieros dudosos en la arquidiócesis, diciendo sencillamente: «Soy José, su hermano». Bernardin fue un precursor de Francisco en los 80’s y 90’s en los Estados Unidos. 

En 1968 y siendo obispo auxiliar de Atlanta, marchó en el cortejo fúnebre de Martin Luther King. Gesto no menor, en medio de una polémica por la entremezcla de fe y conciencia política en las movilizaciones por los derechos civiles. En 1971, fue un promotor firme de la Declaración sobre Objeción de Conciencia y años después, siendo Secretario General de la USCCB, se opuso ferozmente a Nixon por su bombardeo en Vietnam en los últimos años de su presidencia. Y como continuación lógica, en 1983 fue el ghostwriter de la declaración de la USCCB contra las armas nucleares. Este esfuerzo dió como resultado una mítica portada de la revista Times: «Dios y la bomba. Los obispos católicos debaten la moralidad nuclear». Bernardin era su imagen. 

Este es el contexto que explica por qué, en noviembre de 2023 y coincidiendo exactamente con el aniversario 40 del discurso de Fordham del cardenal Bernardin (en el que acuñó su famoso concepto de «ética coherente de vida»), el entonces cardenal prefecto del Dicasterio para los Obispos, Robert Francis Prevost, citó como eje central de sus discurso de aceptación de un doctorado Honoris Causa en Chiclayo a Joseph Bernardin, trazando una línea que unía su pensamiento con el de Blase Cupich (actual arzobispo de Chicago) y él mismo, un nativo de dicha ciudad en el estado de Illinois.

En palabras del cardenal Prevost, el de Bernardin en Fordham fue un discurso «histórico». Porque con ella, mostraba una nueva manera de pensar en la forma en que la Iglesia responde a los «nuevos problemas éticos». En ese caso, sobre el valor de la vida humana. En la misma línea y conmemorando el mismo aniversario, Prevost hacía notar como también el actual arzobispo de Chicago, Blase Cupich, fue a Fordham ese mismo 2023 a dar otro discurso similar. Para recordarle a la Iglesia en los Estados Unidos que las preocupaciones sobre la vida están siempre interrelacionadas. La «ética coherente de la vida», traduce el cardenal Prevost. Esta visión de Bernardin resaltaba, según Prevost, que un «catolico no puede declarar que es provida para oponerse al aborto pero después decir que está a favor de la pena de muerte». Porque debemos ser coherentes, se requiere coherencia defendiendo «el valor de la vida humana, desde el principio hasta el final». 

Escuchando esto recordé unos Tik Toks grabados en la Marcha por la Vida del año pasado. En ellos, Walter Mastersons le pedía a los marchantes que firmaran una petición pública para apoyar programas universales de alimentación escolar para niños y un seguro de salud universal, gratuito, para la primera infancia. Para sorpresa de nadie, sólo una ínfima minoría de los participantes fue lo suficientemente coherente como para firmar la petición.

Y con eso, quedaba retratada una de las críticas éticas más importantes al catolicismo que he escuchado en mi propia generación. Los católicos no son provida, son pro nacimiento. Una vez que nacen, los niños dejan de ser su problema. Y duele, porque tienen razón. Tener una ética sobre la vida que sea coherente es buscar sostener la vida en todos los ámbitos. Dejar de ir a un abortorio a agredir mujeres y más bien pensar: ¿Qué podría hacer yo para que ninguna mujer tenga que tomar una decisión tan difícil como la de abortar? Es preguntarnos seriamente como seguimos acompañando, sosteniendo y alimentando esa vida. Para que tenga un trabajo digno, para que no sufra maltrato ni violencia sexual en la infancia, para que crezca con amor, para que sea plena y no muera de hambre, sed o enfermedades prevenibles (por una vacuna) por el camino. Para que cuando vaya a estudiar, si su familia no tiene con qué, se le pueda dar al menos una merienda que lo ayude a pensar, porque nadie puede ser buen estudiante si tiene hambre. Todo eso es coherencia real.

Pero a Bernardin lo acribillaron sus propios hermanos, y  en los 90s incluso buscaron humillarlo, mientras él moría de cáncer. Cuando se atrevió a hablar de los seres humanos LGBTIQ y de la epidemia de SIDA en su diócesis, el muy hipócrita cardenal Law de Boston, que se vió obligado a renunciar después del escándalo del Boston Globe que fue mundialmente retardo por la película «Spotlight», lideró la condena. El entonces arzobispo de Boston se atrevió a afirmar, muy dogmático él, en un comunicado público: «El diálogo como una forma de mediación entre la verdad y el disenso es una decepción mutua». Lo triste fue que alineó con él, en contra de la iniciativa sinodal de diálogo y escucha del cardenal Bernardin, a los cardenales Bevilacqua de Filadelfia y Hickey de Washington. 3 contra 1.

No obstante, el tiempo que todo lo puede, nos ha traído treinta años después, a ver a un nativo de Chicago que ha llegado al solio de Pedro y se ha convertido en el primer Papa gringo. Y ese Papa gringo, siendo el cardenal Prevost en 2023, dijo en Chiclayo, en la USAT: «Hoy en día necesitamos de nuevo la propuesta del cardenal Bernardin. Ahora más que nunca (…) La pérdida de una sola vida humana es un acontecimiento trascendental. El aborto, la guerra, la pobreza, la eutanasia y la pena capital comparten una negación del derecho a la vida. Podemos añadir otras cuestiones, como los efectos de la inteligencia artificial, la trata de personas, los derechos de los inmigrantes, entre muchos otros. Nuestra respuesta requiere coherencia en base al respeto de la dignidad de la vida humana».

Todo está dicho. Abrochen sus cinturones, que se viene «Magnifica Humanitas» el próximo lunes. El primer Papa gringo está a punto de hacer canon la coherencia, o más bien, como dirían en Tik Tok hoy, de hacer que la Iglesia (y especialmente la de los Estados Unidos, con sus Georges Weigels y sus Raymonds Arroyos) tenga su momento canónico. La ética coherente de la vida está por entrar al chat, y puede que algunos no estén preparados para lo que viene.

Carlos Beltrán