Opinión

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El otro día estábamos haciendo rosquillas en el obrador y noté que el vino no parecía el de siempre. Pregunté si no lo veían más oscuro que de costumbre. «El vino blanco no es blanco», me contestaron, sin convencerme del todo. A la tarde nos dimos cuenta que habíamos hecho las rosquillas con otra clase de vino. En su caja llevaba escrito: «White wine», pero en el lateral había otra etiqueta que decía «Vino dulce».

Cuando estudiaba archivística aprendí aquello de «documento no clasificado, documento perdido». Pero con el tiempo aprendí que clasificar mal un documento puede tener consecuencias mucho peores que dejarlo sin clasificar. Cuando coges algo del montón de pendientes tienes a tu favor que vas con los cinco sentidos sin presuponer qué te vas a encontrar. Pero, igual que nunca buscarías un acta de profesión entre los inventarios del convento, una etiqueta mal puesta es casi más dañina que un documento sin etiquetar.

Y creo que lo mismo nos sucede con las personas. ¡Ay, las etiquetas! ¡Esas sí que son indelebles! No las cuestionamos. Las leemos en la cara del otro y allá que vamos, aunque sea ginebra, ¡pone que es vino blanco! 

Me venía esta reflexión a la cabeza esta mañana cuando he visto en mi sitial del coro los dos libros que tengo empezados a la vez –manía de quién no sabe aguantarse las ganas de empezar un libro−: «Espiritualidad debajo de la teología», sobre la espiritualidad en Santo Tomás de Aquino, y «La teología de santa Catalina de Siena». Y he pensado: ¡Qué curioso! Es justo lo contrario de cada una de sus etiquetas. Lo más común es hablar de la teología de santo Tomás y de la espiritualidad de santa Catalina. Pero alguien se ha atrevido a cuestionar la clasificación que se ha hecho de estos dos santos durante siglos. El primero, calificado de intelectual y la segunda, de apasionada. 

Catalogar a las personas hace que dejemos de considerarlas como un todo. Nos puede impedir darles una oportunidad porque nos predispone. De tal forma que lo único que admitimos de ellos son aquellos actos, actitudes o dichos, que confirmen nuestro diagnóstico. Solo estaremos dispuestos a pasar por alto las señales que intenten desdecir lo que hemos presupuesto. Y todo lo demás, será usado como prueba irrefutable que nos confirme. En el hipotético caso de que ocurra o ejecute algo que contraríe notable y evidentemente nuestros prejuicios, entonces, los ignoraremos con un sutil «será la excepción que confirme la regla». 

El problema de las etiquetas es que tienen algo de verdad. Si mi hermana hubiera abierto el vino y hubiera sido, en realidad, esencia de naranja, se habría dado cuenta enseguida. Pero como era vino, aunque no blanco, no se cuestionó más. Lo mismo sucede con las personas: es verdad que santo Tomás era un intelectual. La etiqueta no es falsa, pero no es toda la verdad. Porque no fue solo un intelectual. De la misma forma que santa Catalina, que ciertamente era una apasionada, fue también inmensamente profunda y razonable. 

Una vez escuché decir que la astucia del demonio es tentarnos con el 99% de la verdad, y escondernos el 1% que lo cambia todo. De esta forma nos anula eficazmente. No podemos llevar la contraria, porque lo que dice es cierto. Pero no nos cuenta toda la verdad. Nos oculta ese porcentaje que lo puede reinterpretar todo. Y lo mismo ocurre con las personas. Las encasillamos sin remedio con la parte de verdad que conocemos. Pero las bloqueamos sin alternativa de cambio y las reducimos en su debilidad o su fortaleza. ¿Qué sería la intelectualidad de santo Tomás de Aquino si le quitamos su relación personal con Dios? ¿Y la personalidad tan pasional de santa Catalina sin su vida de obediencia? Lo mismo ocurre con cada uno de nosotros. Pienso en mis propias etiquetas: todas ciertas. Al menos en el 99%. Pero Dios conoce ese 1% que me puede salvar. Y en él me refugio. Solo hay una clasificación a sus ojos: hija mía muy amada.

Sor Teresa Cadarso, OP

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