Religión

Veni Sancte Spiritus

Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común.

(1 Cor 12, 4-7)

En La Llama celebramos la venida del Espíritu Santo, Pentecostés, con esta entrada colaborativa de varios de nuestros autores que trata de ahondar en los dones que trae el Espíritu y en lo que significa para la vida del cristiano y de toda la Iglesia la tercera persona de la Trinidad, a veces el gran olvidado de nuestra experiencia de fe. Lo hacemos ilustrandola con una de las obras de fray Félix Hernández, O.P.

Envía tu Espíritu, Señor

Desde el comienzo, el Espíritu recorrió caminos, vida e historias con su pueblo. Aleteando entre tinieblas y astros (Gn 1, 2), suscitando profecía y fuerza entre los suyos (Jue 3, 10; 1 Sam 16, 13), ofreciéndose como rumor suave (1 Re 19, 12) en medio de tormentas y montañas, como vida en medio de cementerios (Ez 37, 9), su presencia abrió caminos para realizar el encuentro con el Dios de la Alianza. 

Hasta que esa Alianza llevó a Dios a hacerse humano en Jesús de Nazaret. Desde ese momento, el Espíritu recorrió los caminos de lo humano desde dentro (Lc 1, 35). En la carne de Jesús, comenzó a abrazar la debilidad y la libertad humana (Lc 4,1). La fragilidad de la Palabra hecha carne fue el mapa por el cual abrazó a toda la humanidad. Hasta la cruz, en dónde el Espíritu enfrentó a la muerte (Mt 27, 50; Lc 23, 46). Por Él la debilidad humana terminó de convertirse en la fortaleza de Dios.   

En ese combate, el Espíritu vence realizando su obra cumbre: la Resurrección (Rom 8, 11). En Jesús, por el Espíritu (1 Pe 3, 18), el abrazo entre la humanidad y la divinidad alcanza una nueva creación. Por eso, Jesús, el Viviente, lleno del Espíritu, lo ofrece desde sus heridas gloriosas como Agua Viva (Jn 19, 34) a todo sediento. Él viene a cada creyente, a cada comunidad reunida, como Aliento (Jn 20, 19) y Fuego (Hch 2, 3). Enviado desde el Padre y el Viviente a la Comunidad Eclesial (Hch 4, 31) la conforma como un cuerpo (1 Cor 12, 11), y la envía más allá de toda frontera, para prolongar en este mismo Amor, la Alianza con toda la humanidad (Hch 1, 8).

Fr. Ignacio Castro, OP

y repuebla la faz de la tierra

Está de moda la espiritualidad. Pero en estos días de Pentecostés me pregunto si también lo está la Espiritualidad, la vida en el Espíritu. Y sospecho que no tanto. Tendemos a identificar el término espiritualidad con paz mental, interioridad y meditación. Y es todo eso. Pero no solo y no siempre. Vivir en el Espíritu Santo conlleva un arduo ejercicio de interioridad, de atrevernos a entrar en nuestro interior; pero no es un contemplarse el ombligo, sino hacerse consciente. Supone meditar, pero más que eso, orar, porque no es hablar con uno mismo, sino entrar en diálogo con el Otro, que nos habita. Y que nos da la Paz, pero no nos deja en paz.

Quizá, mientras la tentación está en interpretar la espiritualidad como un encerrarse en uno mismo, la disposición del hombre y la mujer de Espíritu consiste en vaciarse y dejar que sea Él quien nos habite, nos mueva interiormente, nos haga fructificar. Esa es la verdadera contemplación de los hombres y mujeres de Espíritu. No es un ejercicio estático, voluntarista y desencarnado, sino una experiencia de intimidad profunda en la que descubrirse gratuitamente amado en la más absoluta desnudez. Y ahí, decir sí al Espíritu, como María, en esa humildad que se hace recipiente –receptora− de la Gracia: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios (Lc 1, 35).

Sor Teresa Cadarso, OP

Sabiduría

Nadie posee el don de la inmediatez ni la aptitud para adquirir, de golpe, un nuevo conocimiento. Sin embargo, es bien sabido —al menos desde tiempos de Aristóteles— que «todos los hombres desean por naturaleza saber». Pero llenarnos de sabiduría no consiste en convertirnos en eruditos inalcanzables ni en sabiondos repelentes, que lo único que consiguen con su repelencia es que se alejen de ellos. No tengamos la mirada tan limitada. 

El don de la sabiduría tiene la capacidad, aunque nos cueste creerlo, de dilatarnos el corazón. ¿Para qué? Pues para que la totalidad de nuestro ser sea capaz de abrazar la realidad desde el cariño, la ternura y la compasión; pero también para darnos la fuerza necesaria —la auténtica sabiduría— para erradicar todo aquello que genera daño y sufrimiento en nuestro entorno. Por ello, llenarnos de sabiduría es una práctica y una transformación; es decir, formarnos para poder transformar. 

Y su objetivo final no puede ser otro que el compromiso de intentar sanar este mundo nuestro lleno de tantas heridas. Por ello, hemos de pedir e implorar este don del Espíritu Santo. Y al igual que San Pablo en la carta a los Efesios, pedir a Dios que nos conceda un espíritu de sabiduría que ilumine los ojos de nuestra inteligencia (Cf. Ef 1, 17-18). Para que esta luz nos permita comprender la esperanza a la que hemos sido llamados y nos dé la fuerza necesaria para actuar con amor, convirtiendo nuestro conocimiento en una herramienta útil de ayuda para todo aquel que la necesite.

Fr. Ángel Fariña, OP

Inteligencia

El bien hay que hacerlo bien, porque el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones. Y para hacer bien el bien, hace falta saber. Y para saber, hace falta aprender. Y para aprender, hace falta estudiar y dedicarle tiempo. Pero quod natura non dat, Salmantica non praestat. O, en román paladino, donde no hay mata no hay patata. Y como hay personas más capacitadas que otras para aprender, entender, comprender y aplicar, podemos decir que hay personas más inteligentes que otras. 

Dice la tradición, y la doctrina de la Iglesia, que uno de los siete dones (léase regalos) del Espíritu es la inteligencia, que unos tienen más que otros. 

Volviendo al inicio de este pequeño desvarío textual, me acuerdo de la parábola de los talentos. Vaya, que cada uno ponga a trabajar su inteligencia para que se multiplique, porque al final el cerebro es como un músculo y, de no usarlo, se atrofia. 

Pero no me basta con lo que nos indica la parábola. ¿Por qué? Porque hoy quiero rendir homenaje a todas las personas inteligentes que utilizaron su tremenda inteligencia para hacer el bien. Fijaos qué bonito: si hicieron el bien por medio de su inteligencia, y esta proviene de Dios, es que sus acciones provenían, en último término, de Dios. Quizá esta idea incomode a algún que otro ateo, pero a mí me parece de una belleza insondable: Dios es tan, pero tan grande, que no se limita a estar detrás de unas pocas personas que tenemos el don de la fe, sino de todo el mundo. No me estoy inventando nada, vaya. Ya dice la Biblia en el Antiguo Testamento algo así como que Ciro (emperador Persa) es un elegido de Yahveh, cuando él más bien poco tenía que ver con el dios judío. 

Pensemos en la persona que descubrió el lavado de manos, Ignaz Semmelweiss. No tengo ni la más remota idea de cuál era el estado de su fe, pero sé que usó su inteligencia para salvar millones de vidas, aun a costa, por cierto, del ostracismo académico y de perder su trabajo. O pensemos en Alan Türing, cuya postura sobre la fe ignoro absolutamente, pero que fue clave para descifrar la máquina enigma y para prácticamente fundar la informática.

Todas esas personas, y muchas millones más, podían haber hecho el mal con su inteligencia. Y cuánto mal habrían hecho en aquellos casos… no quiero imaginarlo. Basta con ver lo que algunas de las peores personas han hecho en la historia de la humanidad utilizando su inteligencia. Lo que, una vez más, nos demuestra que el mal, en muchos aspectos, no tiene entidad propia más allá de ser una corrupción del bien, que dice la postura de san Agustín. Pienso en personas tremendamente inteligentes como varios de los altos cargos del nazismo, o tanta gente anónima experta, directamente, en quitar la vida de otros. Siguiendo la misma lógica que con los anteriores, están corrompiendo un regalo de Dios para usarlo en su propio beneficio y, eso, hay que decirlo, da un poco de escalofrío. 

Por todo ello, nunca debemos olvidar que san Pablo dijo aquello de ser astutos como serpientes, y santo Tomás ya nos recordó que la estupidez es pecado.

Asier Solana

Consejo

Bendeciré al Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente.

Nos han vendido, o al menos lo intentan insistentemente a cada segundo, la falsa idea de que la autosuficiencia es la clave del éxito. Se nos empuja a hacerlo todo solos, convencidos de que no necesitamos a nadie para triunfar – sea lo que sea triunfas estos días –. Aquí la trampa, pues. Caemos en el error, seducidos por la falsa idea del triunfo, y dejamos que la ceguera que nos provoca el individualismo nos lleve a un callejón sin salida. 

Caemos en el error de tratar de entender el mundo únicamente desde la propia mirada y nos encerramos, seguros de que podremos llegar solos al otro lado. Error. No podemos caminar solos, nos lo han demostrado miles de veces. Quizás, entonces, la clave está en orientar el corazón hacia algo más grande, dejar de lado la lógica personal, impuesta muchas veces por nuestra cabezonería, prejuicios o ambiciones, y tener la valentía de preguntarle al Señor por su voluntad. Que sea la suya y no la nuestra. Pedir consejo, al fin y al cabo. 

Pedir consejo es perseverar en el camino, seguir luchando, no dejar de avanzar. Con los otros, con los que tenemos al lado. Esto exige, claro está, algo de disposición por nuestra parte. Es aquí donde cobra fuerza el don del consejo como uno de los dones del Espíritu Santo. Es el Espíritu el que aconseja, pero de nada sirve si no dejamos espacio a ese consejo. 

Y es que el Espíritu no nos habla sólo en la intimidad del corazón, también se hace presente en el otro. Por eso el consejo también viene de quienes nos rodean y nos quieren. Son ellos también los que nos ayudan a reconocer la voluntad del Señor y hacernos sensibles a la voz del Espíritu. Los que nos enseñan a dejarnos guiar. 

Elena Martín Tascón

Fortaleza

¿Cuántas veces has pensado en tirar la toalla en la lucha por la justicia, por la misericordia o por el Reino? Y de repente ese Dios con nosotros, nos abraza, nos hace sacar fuerzas de dónde no sabíamos que estaban, nos ayuda a volver a coger la toalla y nos impulsa de nuevo a Amar y servir, con fuerzas renovadas.

El don de fortaleza nos ayuda en muchas ocasiones a poner la otra mejilla, pero también a sacudirnos la arena de las sandalias cuando no somos bien recibidos; nos ayuda a saltar los obstáculos, a llevar la cruz nuestra de cada día, sabiendo que Dios está ahí en todo momento, y que con Él todo lo podemos.

Este don nos hace seguir eligiendo a Cristo a pesar de las persecuciones, de los sinsabores, preocupaciones o debilidades en el camino de la fe; nos hace alumbrar el mundo con la gracia, el Amor y la Esperanza, vibrar con Él y por Él con alegría.

El espíritu santo nos vuelve a la oración, nos hace fuertes en nuestra debilidad, nos respalda y descubre al hermano que nos sostiene y envía para ser comunidad viva, con Jesús en el centro. Nos libera del miedo que nos paraliza.

Dios nos acompaña en la lucha por la justicia, aunque no sea fácil, en la construcción de su Reino, poniendo en primer lugar al pobre y marginado, por Amor a Él, nos ayuda a sembrar sin pensar en la cosecha.

No estamos solos, somos uno con Él.

Belén Sánchez

Ciencia

San Juan de la Cruz en el Cántico celebra el gozo del encuentro con el Amado cuando escribe allí me dio su pecho, allí me enseñó ciencia muy sabrosa, refiriéndose a un momento de avanzada intimidad espiritual, en que el alma recibe la ciencia secreta de Dios  y comprende sus misterios inefables y los saborea.

En el prólogo ha comentado antes  la diferencia entre ciencia y experiencia, y la insuficiencia de la teología sistemática para expresar este alto estado de contemplación. Entendemos pues que  la ciencia no es un constructo intelectual, ni un saber académico logrado por la mera reflexión o el estudio. La ciencia, en cuanto don del Espíritu Santo es, aunando sabiduría e inteligencia, la visión de la realidad  en su pureza prístina, la realización de la promesa de Jesús en el Evangelio de Juan (14, 23) a quien le ama.  Inhabitación trinitaria: Vendremos a él y haremos morada en él. 

Edith Stein, discípula aventajada del  místico lo desarrolla en su obra culmen La ciencia de la Cruz – perfecta síntesis de teología tomista y espiritualidad carmelitana- subrayando los aspectos intelectuales, afectivos e incluso artísticos de la compresión de esta ciencia, de la Cruz, incardinada en una  biografía atravesada por el sufrimiento y la muerte.

Es la ciencia  que enriquece a los Corintios (1 Cor.12, 8). O la que se pone de manifiesto en el diálogo que sostiene Job con Dios cuando, habiendo sido probado y después de increpar a su creador, su teodicea insipiente se desmorona y decide callarse ante el misterio del mal experimentado en carne viva.

Podemos concluir, de nuevo con san Juan de la Cruz: «Quédeme no sabiendo, toda ciencia trascendiendo».

Sagrario Rollán

Piedad

Es una llama que Dios encendió en nuestro interior. Crece cada vez que nos acercamos a Él y permitimos que su amor llene nuestra vida. Nos da fuerza, esperanza y energía para llevar calor y luz a quienes nos rodean.

Cuando nos dejamos guiar por Él, con humildad y reconociendo nuestra fragilidad, descubrimos un impulso nuevo para actuar. Su cercanía y su consuelo reavivan en nosotros la llama de la piedad, haciéndonos más conscientes de esa relación viva y amorosa con Dios.

Sin embargo, esta llama solo permanece encendida y sigue creciendo cuando salimos al encuentro de los demás, reconociendo que todos somos hermanos y que tenemos un mismo Padre. Amar y tratar a los demás con el amor que viene de Dios reaviva nuestro corazón y lleva luz al mundo.

No siempre es sencillo vivir así, pero precisamente en las dificultades volvemos a la fuente: acudir a Dios y dejarnos transformar por Él. También miramos el ejemplo de su Hijo, Jesús, que nos enseñó a vivir desde el respeto, el amor, la comprensión, la amabilidad, la tolerancia y perdón hacia los demás.

De este modo, reavivamos el don de la piedad: una relación profunda de amor con Dios y con nuestros hermanos.

Y quizá ahí esté la clave: cuidar cada día esa pequeña llama interior. Porque una llama que se alimenta de oración, amor y servicio nunca se apaga; al contrario, ilumina también la vida de quienes caminan a nuestro lado.

Belén Rodríguez

Temor de Dios

El Temor de Dios no es miedo que encoge el alma, sino asombro que la ensancha. Es la reverencia de quien descubre que la vida no se sostiene por sí misma, que todo procede de una fuente más honda que nuestros méritos, más fiel que nuestras fuerzas.

Este don del Espíritu Santo nos coloca descalzos ante el misterio. Como Moisés frente a la zarza, aprendemos que la tierra que pisamos es santa, no porque nosotros la hayamos consagrado, sino porque Dios la habita. El Temor de Dios nos libra de la soberbia de creernos dueños, jueces o medida de todas las cosas. Nos devuelve a la verdad humilde de las criaturas: somos amados, sostenidos, llamados.

No es temor servil, sino filial. No nace de imaginar a Dios como amenaza, sino de reconocerlo como Padre. Quien teme a Dios no huye de Él; se acerca con delicadeza. No tiembla por castigo, sino por no herir el amor recibido. Es el estremecimiento de quien sabe que la gracia es inmensa y que el pecado no es una simple falta, sino una ruptura con la comunión.

El Temor de Dios custodia el corazón. Nos hace prudentes sin volvernos rígidos, obedientes sin apagar la libertad, pequeños sin perder la dignidad. Es una luz interior que nos enseña a vivir con respeto, gratitud y pureza de intención. Donde habita este don, el alma aprende a decir: “Señor, no quiero perderte”. Y en esa súplica comienza la verdadera sabiduría.

Fr. Vicente Niño, OP

Así también os envío yo

El Espíritu Guía a la Iglesia hoy.

El Concilio Vaticano II ofrece una clave decisiva para comprender cómo el Espíritu Santo guía la historia de la Iglesia: la presenta como “sacramento universal de salvación”, es decir, signo e instrumento de la presencia viva de Cristo en el mundo. Esta visión implica que la Iglesia no actúa por sí misma, sino que es continuamente animada por el Espíritu, quien actualiza la obra de Cristo en cada tiempo y lugar.

El Espíritu Santo es el principio de vida que hace posible que la encarnación de Cristo se prolongue en la historia. Así como en la encarnación el Espíritu hizo presente al Verbo en la humanidad, en la Iglesia hace visible y operante a Cristo en la comunidad creyente. De este modo, la Iglesia no es solo una institución histórica, sino una realidad viva, guiada interiormente por el Espíritu hacia la verdad plena.

En esta línea, Yves Congar destacó que el Espíritu actúa como alma de la Iglesia, promoviendo tanto la unidad como la diversidad de dones. Para Congar, la renovación eclesial no nace únicamente de estructuras o decisiones jerárquicas, sino de la constante acción del Espíritu en todo el Pueblo de Dios. Él suscita carismas, impulsa reformas y mantiene a la Iglesia abierta a los signos de los tiempos.

Así, el Vaticano II y Congar coinciden en afirmar que la historia de la Iglesia es la historia de la fidelidad del Espíritu, que conserva viva la presencia de Cristo y hace de la Iglesia un sacramento eficaz de salvación para toda la humanidad.

Fr. Diego Rojas, OP