Memorias que salvan
Dicen que tengo buena memoria. En general, creo que sí, mientras no me pidan retener nombres propios. Quienes me lo dicen creen que es una virtud, y en ese sentido lo señalan, pero con frecuencia he pensado que tiene más de desgracia que de don.
Si recordara menos… Y no hablo de ser rencorosa. Porque se puede ser resentido con memoria de pez, y saber perdonar con memoria de elefante. Pero las escenas están ahí, sin apenas difuminarse. Las palabras –que escuchaste o pronunciaste− siguen casi intactas, y su recuerdo, prácticamente literal, hace más complicado una posible reinterpretación que duela menos. Los olores pueden despertar náuseas sin previo aviso. Y los sabores te transportan cuando menos te lo esperas. Al que cambia de versión lo descubres sin pretenderlo. Y la sombra de tu error te persigue sin tregua.
¡Ay, la memoria…! ¿don o desgracia?
Hace algunas semanas me sorprendió la frase de un hermano dominico hablando sobre el pueblo de Israel: Hay memorias que salvan. Y es que, en efecto, como alguna otra vez leí al Papa Francisco, la memoria es una dimensión fundamental de la fe judía –fe memoriosa, creo que decía−. Y, por tanto, de la cristiana:
Estas palabras que yo te mando hoy estarán en tu corazón, se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado; las atarás a tu muñeca como un signo, serán en tu frente una señal; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portales. (…) Guárdate de olvidar al Señor que te sacó de Egipto, de la casa de esclavitud (Deut. 6, 4-8.12).
Hay momentos en los que no encontramos absolutamente ningún motivo por el que conservar la esperanza. Hay circunstancias en la vida en las que lo lógico e, incluso, lo razonable sería rendirse, claudicar, tirar la toalla. Etapas o batallas en las que soñar con alguna salida o victoria es una imprudente ingenuidad. Coyunturas en las que lo más realista es ser pesimista. Situaciones, al fin y al cabo, en las que no queda nada a lo que aferrarse. Y, sin embargo, algo nos impide bajarnos de este tren. Con una fuerza que da rabia, que divide por dentro y nos gustaría poder ignorar. Y ese algo es la memoria. La memoria de una historia que Dios fue escribiendo con nosotros. El recuerdo imborrable de esos capítulos que nos marcaron y nos configuraron. Que, quizá, nadie conozca o solo unos pocos presenciaron, pero de los que fuimos protagonistas indiscutibles y salvaron nuestra existencia. Ese algo que casi nos obliga a no desesperar es la reminiscencia de aquellas escenas de las que fuimos rescatados en momentos tan oscuros, o peores, como los que ahora nos toca transitar y que permanecen vivos en nuestro interior. Indiscutibles, tan reales como nosotros mismos. Ese algo no es una luz concreta y explicable que ilumine la senda al caminar –no es una previsión lógica y bien intencionada que repita “todo va a salir bien” −, sino la luz interior de una certeza que nos domina: Fuiste salvada. Serás salvada. Estás salvada.
Es lo que hizo el pueblo de Israel: conservar la memoria. En el destierro: avivar el recuerdo de su paso por el desierto. En el aparente momento final, rememorar el mar que se abre, la columna que guía, el maná que cae del cielo. Cuando las salidas parecen difuminarse, conservar el sabor de aquella agua que brota de la roca. No es un consuelo de alguien que se acerque a contarnos lo que le pasó a no sé quién. No es la esperanza de las estadísticas; de los planes de acción exitosos o del mantra “querer es poder”. Es nuestra propia historia que en lo más íntimo de nosotros permanece como un memorial que nos repite, una y otra vez: si aquello fue cierto –y lo fue, porque no nos lo han contado− ahora también lo está siendo, aunque no lo veamos, no lo sintamos, no lo podamos ni creer.
Sor Teresa Cadarso, OP

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