La Hispanidad: entre la historia culposa y el redescubrimiento
Festejar o Lamentar
Otro 12 de octubre, y una vez más, la controversia sobre si festejar o lamentar la fecha. Si se trata de conmemorar, se hablará del Día de la Hispanidad, Día de la Raza o Día del Descubrimiento de América; si es para lamentar, se mencionará el Día de los Pueblos Indígenas, el Día de la Resistencia Indígena e incluso la “invasión” o el “genocidio”, entre otros.
Detrás del festejo o del lamento ha existido —y aún existe— la intención de culpar o exculpar a España por lo mal o bien que actuó como potencia colonial en la Edad Moderna. Si la intención es culpar, hay lamento; si la intención es exculpar, hay festejo.
Existe, sin embargo, una tercera forma de aproximarse a la fecha que evita la controversia hostil, o al menos busca un acercamiento más diplomático. Desde esta mirada, sobre todo en América, se habla del Encuentro de dos Mundos. En España, a partir de 1987, se declara este día como la Fiesta Nacional, integrando también la fiesta religiosa de la Virgen del Pilar, que ya se celebraba esa misma fecha mucho antes de la llegada de Colón a las Antillas. En México, desde 2020, se celebra el Día de la Nación Pluricultural. En Estados Unidos, desde finales del siglo XVIII, se conmemora el Columbus Day, aunque esa celebración tiene una historia muy particular cuya explicación nos alejaría de la idea central de este texto.
Una historia manipulada y maniquea. Leyendas y culpas.
El origen de la controversia está en que la historia, desde que Colón pisó tierra americana hasta el desmembramiento del Imperio Español en el siglo XIX, se ha escrito de manera grotescamente tendenciosa y manipulada por intereses económicos y políticos. Por lo general, la historia la escriben los vencedores; en este caso, se ha supuesto vencedor al pueblo americano que, unido, lucha contra el yugo español hasta liberarse por las armas. Pero no fue así.
Los verdaderos vencedores fueron Inglaterra, que se reafirmó como la potencia más poderosa del momento, y la naciente potencia estadounidense. Ambas aprovecharon hábilmente el momento de confusión y debilidad del Imperio Español —aún aferrado a la Edad Moderna cuando ya despuntaba la Edad Contemporánea—. Con gran visión, aplicaron el viejo y eficaz “divide y vencerás”, azuzando a las élites criollas, ya molestas por los desacertados cambios introducidos por los Borbones desde el siglo XVIII, para que rompieran con la metrópoli.
Fueron esas élites —divididas entre sí por el caudillismo y con escaso apoyo real de mestizos, indígenas, mulatos y negros— las que escribieron, y mal, la historia. Aún hoy, parte de esas élites, ya no criollas pero sí con tendencias caudillistas, continúan haciendo lo mismo.
Desde entonces, la narrativa de la presencia española en América ha sido una retahíla maniquea basada en la Leyenda Negra española, que crea héroes y villanos, víctimas y victimarios, condenando a los segundos como odiosos culpables. Porque el discurso politiquero que busca mover masas necesita culpables a quienes odiar. Pero la retahíla continúa, porque para exculparse o victimizarse es necesario crear otras leyendas, las llamadas “rosas”.
Por un lado, la leyenda rosa del indigenismo, que pinta a los pueblos originarios de América casi como elfos en un idílico Edén donde todo era paz, amor y armonía cósmica, hasta que ese equilibrio fue roto por la intromisión de unos avaros sanguinarios venidos de lejos, cuyos descendiente hoy tienen que pedir perdón. Y no, nada que ver.
La otra, la leyenda rosa del eurocentrismo, que presenta a los civilizados y piadosos europeos (españoles) llegando a América con el noble propósito de “humanizar” a unas gentes bárbaras y necesitadas de todo, que tienen que estar eternamente agradecidos por el enorme y heróico favor. Tampoco.
Toda historia basada en la mentira, sea del color que sea, distorsiona la realidad, exagera traumas y genera complejos: en Latinoamérica, el complejo de conquistado; en España, el complejo de conquistador. Ambos señalan culpables para no reconocer sus propias responsabilidades, alimentando un desconocimiento mutuo que, en pleno siglo XXI, sigue siendo enorme. A tal punto que este conglomerado cultural de más de 500 millones de personas que hablamos español como lengua materna —la segunda más hablada del mundo después del mandarín— apenas nos conocemos entre sí, y mucho menos nos reconocemos como una entidad cultural o civilizatoria: la cultura hispana.
La revisión histórica, crítica y reconciliación.
La buena noticia es que, desde el siglo pasado ha surgido una corriente de historiadores y estudiosos de las humanidades que hace esfuerzos por revisar y desmitificar la historia iberoamericana neutralizando esos complejos. En crítica al colonialismo eurocéntrico y sin mayor romanticismo indigenista, autores como Enrique Dussel, Aníbal Quijano, Guillermo Bonfil han hecho una muy buena labor. Centrados más en desmitificar la historia de la conquista y desde la etnohistoria, Serge Gruzinski o Matthew Restall han colaborado con mucha valía. Recomiendo el libro “Los 7 mitos de la conquista española” de Restall. Con el objetivo de desmontar la Leyenda Negra, desde un enfoque más divulgativo y con marcada intención apologética de la hispanidad, María Elvira Roca Barea, Juan Miguel Zunzunegui, Marcelo Gullo y Ramiro Grau Morancho están haciendo importantes aportes.
Migraciones y redescubrimiento: el giro del siglo XXI por la fuerza de la historia.
Otra buena noticia es que, por la fuerza de la historia, los flujos migratorios han cambiado drásticamente. Desde el siglo XVI, la migración se daba de España al Nuevo Mundo. Fue a finales del XIX y principios del XX cuando, huyendo de la pobreza, el hambre y la guerra —o simplemente buscando mejores oportunidades—, se produjo la mayor migración de españoles a América.
Por ello, son más de lo uno se imagina, los latinoamericanos que cuentan con orgullo la historia resiliente de su tatarabuelo, bisabuelo o abuelo español que llegó con lo puesto a empezar de cero. Y a muchos les fue muy bien.
Hoy, en el siglo XXI, la situación es radicalmente distinta: según los datos del censo de 2024, hay unos cuatro millones de latinos— hispanoamericanos, si se prefiere, que eso de latino o hispano da para otro artículo— viviendo en España, un millón de ellos solo en Madrid.
Nada mejor que la experiencia para desmitificar leyendas y deconstruir prejuicios. Para la mayoría de los latinos que se establecen en España, es un verdadero descubrimiento comprobar que, más para bien que para mal, el país y sus habitantes son distintos de lo que imaginaban.
En igual medida, muchos españoles descubren otra cosa del latino vecino, compañero de trabajo o empleado, estudiante o compañero de piso con quien conviven. Por no hablar de los ámbitos cristianos o de fe, donde la presencia latinoamericana es una auténtica bocanada de aire fresco.
Tras cuatro años de residencia en España mi experiencia ha sido esa, la de un redescubrimiento. Nunca tuve complejo de conquistado, pero sí entendía que, luego de dos siglos de independencia, Latinoamérica y España estaban muy distantes en cultura e idiosincrasia. Al vivir el día a día —y más ahora que resido en la España rural, la llamada “España vaciada”—, uno se da cuenta de muchas similitudes, en lo bueno y en lo no tan bueno. Porque no es solo el idioma, también la comida, la resiliencia, el ingenio y la creatividad, la solidaridad y la importancia de los lazos familiares y vecinales. Pero también la envidia y el chisme, la burocracia y la picaresca, terreno fértil para la corrupción. Toda esa amalgama de rasgos que genera situaciones surrealistas que solemos abordar más con humor y fiesta —en torno a una buena comida y un licor de preferencia— que con fría crítica académica. Porque por encima de todo está el vivir y vivir con pasión, alternando el drama con la comedia. Todo eso es hispanidad.
La esperanza está en que la fuerza de la historia nos haga más conscientes del potencial que tenemos por compartir una rica base cultural común, que aglutina pueblos tan diversos como no existe en otra parte del mundo. El ideal sería construir, sobre esa base, un bloque económico y político que nos permita hablar con propiedad de una civilización: la civilización hispana. Es un ideal, sí, pero para plantearlo debemos superar la tendencia nacionalista y divisionista que nos traiciona y que llevamos en el ADN. Y no, eso no es culpa de ingleses ni franceses: está en nosotros, y es nuestra responsabilidad librarnos de ello. Redescubrirnos, como ahora empezamos a hacerlo, ya es un buen comienzo.
Fray Diego Rojas, O.P.
