El que se queda
Como algunos de mis lectores ya sabéis, hace algunos años que convivo con la enfermedad y la conciencia –más cercana− de la muerte. Sin embargo, el otro día, paseando por nuestra huerta y acercándome a nuestro cementerio, me daba cuenta de que, en estos tres últimos años, ha sido casi más duro y solitario asumir la muerte de varias de las personas a las que he querido en este mundo que enfrentar la posibilidad de mi propia partida. Y yo, que en tiempos pasados había sido tan fan de Shakira –perdón, todos tenemos un oscuro pasado−, no pude evitar canturrear sin testigos aquella canción que fue BSO de la versión cinematográfica de «El amor en los tiempos del cólera» que llevaba por título «La despedida»: Cuando alguien se va, el que se queda sufre más.
Cuando todavía estaba con quimioterapia, me llegó la noticia de la enfermedad y muerte del que era mi hermano y padre espiritual desde mi noviciado. Sin despedida, porque su discreción y cuidado fraterno le hicieron preferir evitarme el diagnóstico que había recibido. Tan solo unos meses después, cuando acababa de terminar la radioterapia, era mi abuela la que fallecía. Y cuando no hacía un mes de aquello, tocaba decir adiós a mi querido P. Basilio, más que un hermano, un abuelo, un amigo en la Orden. Unas semanas más tarde recibíamos la noticia del fallecimiento de fray Jesús Martín, mi otro «abuelo», el que me llenaba de libros, el que me enseñó la Orden, y compartió conmigo tanto humor y cariño fraterno.
Y, cuando menos lo pensaba y más las necesitaba, los desgarros continuaron, incluso más cerca, en casa. No me podía imaginar que me tocaría tan pronto despedir, y además de forma repentina, a una hermana –e hija, entonces−. Sin duda, de las situaciones más duras que he podido vivir. Ojalá pudiera decir que la más difícil, pero sospecho que aun me quedan unas cuantas. Ya entonces estaba acompañando el cáncer terminal de otro de mis apoyos, de otra de mis hermanas, a la que tendría que dejar partir solo unos meses después.
Estaba sola con ella en sus últimos instantes. Llevábamos días esperando la muerte. O, mejor dicho, el Cielo. Habíamos compartido confidencias y su certeza y anhelo de la Vida Eterna habían iluminado cada momento –algunos tan complicados− hasta llegar a ese segundo decisivo en el que abrió los ojos y supe que había llegado su hora.
¿Sabría ver la muerte llegar?, me había preguntado interiormente esos últimos días. Tenía 32 años. Había meditado y preparado varias veces la mía propia, pero nunca hubiera imaginado tener que acompañar tan pronto –para mí− a otra persona en su último paso por esta vida. Debo reconocer que ella me lo puso fácil. Porque su confianza en Dios no me exigía darle un consuelo que, a lo mejor, no hubiera sabido transmitir. Pero antes de saber cómo sería ese momento, pensé mucho que el único referente que podía tener y que me guiaba en mi inexperiencia era la idea de cómo quería que un día me acompañaran a mí en ese último trance. Y con ese criterio intenté hacer lo que pude. No debe ser fácil morir. Pero tampoco lo es acompañar en esos últimos instantes. Ni lo es transitar sin la persona querida los meses y años siguientes.
Cada 2 de noviembre la Iglesia conmemora a nuestros fieles difuntos. Y en la Orden de Predicadores, desde los comienzos, existe una larga tradición de orar diariamente por ellos, por nuestros hermanos y hermanas difuntos. No es tanto por una cuestión de «Memento mori» –un día tú también morirás− como por una conciencia de familia, de formar parte de algo más grande, de ser herederos de otras generaciones antes que nosotros, que han hecho posible este hoy y al que les debemos, al menos, nuestras plegarias. Es también una forma de consuelo y de esperanza. De asegurarnos –si lo vemos de una manera un poco egoísta− que alguien rezará por nosotros un día, como hoy nosotros lo hacemos por ellos. Es una manera también de concretar este dolor que no se quita con la simple referencia al Cielo. Y no porque no creamos en él, sino porque precisamente este dolor se convierte en huella y prueba de que el amor es más fuerte que la muerte.
En los meses más oscuros de enfermedad, temí que mis fuerzas flaquearan al ver llegar el momento final. Recordaba que incluso los santos más grandes habían sufrido fuertes tentaciones en la hora de su muerte, ¡cuánto más me podía ocurrir a mí! ¿Dolería mucho? ¿Conservaría la fe? Pero, sobre todo, ¿soportaría la soledad? Tú y solo tú estás en ese trance. Confieso que en aquellos meses me consoló pensar en mis seres queridos difuntos. Saber que ellos ya habían transitado esa experiencia y que me esperaban. El Cielo ya no era un lugar extraño y ajeno –por muy maravilloso que lo imaginara, por mucho que hubiera intentado amar a Jesucristo−. Ellos ponían rostro, sonrisas, nombres y voces concretas que daban garantía a mi esperanza.
«¿Por qué no nos damos prisa y corremos para ver nuestra patria y saludar a nuestros padres? Allí nos espera un gran número de seres queridos, allí nos aguarda el numeroso grupo de nuestros padres, hermanos e hijos, seguros ya de su suerte, pero solícitos aún de la nuestra. Tanto para ellos como para nosotros, significará una gran alegría el poder llegar a su presencia y abrazarlos; la felicidad plena y sin término la hallaremos en el reino celestial, donde no existirá ya el temor a la muerte, sino la vida eterna» (San Cipriano de Cartago).
Sor Teresa Cadarso, OP
