Opinión

Un corazón cabezota

Era el miércoles santo del año 2012. Tenía 18 años y acababa de comenzar el postulantado como monja dominica. Las hermanas me habían animado a visitar Caleruega, cuna del que llegaría a llamar mi Padre Fundador, y allí “no te olvides de saludar al P. Basilio”. Me acompañaba mi madre. Recuerdo la escena como si fuera hoy. Entramos en la Parroquia de San Sebastián y allá arriba, en el altar, un hábito blanco se movía de un lado para otro preparando el Monumento. Al vernos, bajó sin dilación y se acercó a nosotras. ¡Buenos días! Nos sonrió con su mirada iluminada sin conocernos todavía.  ¿Es usted el P. Basilio? Soy una nueva postulante… No tuve que terminar mi presentación para escucharle exclamar: ¡Hombre! Y comprobar cómo se acercaba para darme un enorme abrazo que yo recibía un poco sorprendida. Aquel día, al volver a casa, mi madre comentó: si te quieren así en tu nueva familia, me quedo tranquila. Este 4 de abril de 2024 me llegaba la noticia de su fallecimiento. Había cumplido los 91 años. Partía al Cielo el mismo día que se cumplían 12 años exactos de habernos conocido.

Los recuerdos se me agolpan como las lágrimas que pelean por salir una detrás de otra y se derraman sobre este teclado de ordenador que él mismo me regaló. El mío se había estropeado justo cuando estaba escribiendo mi libro sobre Santo Domingo. Pensé que era una señal para abandonar semejante empresa y así se lo dije cuando me preguntó qué tal lo llevaba. Sin embargo, donde yo vi un obstáculo él encontró una oportunidad más para ejercer la caridad con naturalidad, motivándome a seguir, como si escribir el libro fuera muy necesario para él.

Era un hombre de una vasta cultura, y te escuchaba como si le estuvieras revelando una absoluta novedad. Su vocación de fraile se la “debía” a las monjas de clausura y nos amaba con predilección. Narraba con emoción sus recuerdos de infancia conviviendo en su casa con tres monjas a las que sus padres acogieron –exponiendo su vida– en la persecución religiosa de la década de 1930 en España. Entre la incertidumbre y el miedo de su escondite, aquellas mujeres habían inculcado en el niño el amor por las almas, el deseo de entregar la vida, la pasión por la Predicación, la Eucaristía como centro de su día y de su vida, el hábito de la oración y el cuidado de la fraternidad que conservó hasta su muerte. Él nunca olvidaría a las monjas que le hicieron descubrir su vocación de fraile dominico, en la que era tan feliz. Y se preocupó siempre por promover, proteger y atender a sus hermanas contemplativas. Soy testigo de cómo gastaba el poco dinero del que podía disponer comprando pastas en la portería del monasterio. Así nos ayudaba –de nuevo sin humillar–, y hacía felices a todos regalando después los dulces.

Recuerdo una noche que sonó el teléfono en el monasterio. Eran las 4 de la mañana y me asustó la insistencia así que me levanté a cogerlo, por si se trataba de alguna urgencia. Al descolgar escuché su voz que me decía preocupado: es que hay unas monjas en la plaza que dicen que vienen a hospedarse y está todo cerrado. Por si puede ir a abrir. Me extrañé de aquello –pues no teníamos noticia de esperar a nadie– pero, por ser él, atravesé los fríos claustros hasta la hospedería para mirar por las ventanas de la plaza. Allí no había nadie. Al día siguiente se pasó por la portería y me preguntó dónde estaban las monjas. Le pregunté si él las había visto y me comentó que habían llamado por teléfono. Serían los muchachos del pueblo gastando una broma. Pero, ante la duda, y tratándose de monjas, no podía arriesgarse. Prefería pecar de ingenuo que dejar a nadie tirado.

A veces le decía en broma: ¿Usted es bueno o es tonto? Y me decía sonriendo como un niño: Lo segundo. Sí. Prefería parecer tonto que faltar a la caridad, humillar o despreciar a nadie. Hacía constantemente vida aquello de “el amor todo lo excusa”. Era cabezota, pero le superaba su bondad. O, mejor dicho, era un corazón cabezota. Porque su tozudez estaba empeñada en hacer el bien al otro y no tenía otro objeto que amar, cuidar, acoger y favorecer a los demás. Y es que, de los muchos rasgos que procuraba actualizar de santo Domingo –además de la pobreza en el vestir que tanto discutía con él cuando llevaba el hábito desaliñado– le describía muy bien aquello de: Daba cabida a todos los hombres en su abismo de caridad; como amaba a todos, de todos era amado.

El otro día en su funeral, como es costumbre en la Orden, leyeron su recorrido biográfico. Me impresionó lo largo que era y los muchos motivos que hubiera tenido para creerse alguien o hacer de menos a la joven monja del convento de al lado. Sin embargo, era su especialidad tratar al otro como si fuera lo único y lo más importante en ese momento. Fue el primero que notó que algo no andaba bien con mi salud. Y durante toda la enfermedad me llamaba puntualmente cada martes –como si no tuviera otra cosa que hacer–. Se apuntaba los acontecimientos del pueblo que habían tenido lugar durante la semana para hacerme partícipe de todo y seguir entusiasmándome con algo más allá de los problemas de salud y el futuro incierto. Las últimas dos semanas fui yo quien le llamé. Estaba enfermo pero su preocupación seguíamos siendo los demás. Toda su existencia estaba entregada. “Gracias. Gracias. Gracias”. Fueron sus últimas palabras. Como siempre. Como si fuéramos nosotros los que le hiciéramos un favor cuando era él el regalo en nuestras vidas.

«Seguramente, los acontecimientos decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas de las que nada dicen los libros de historia. Y cuáles son las almas a las que hemos de agradecer los acontecimientos decisivos de nuestra vida personal, es algo que sólo sabremos el día en que todo lo oculto será revelado» (Edith Stein)

Como santo Domingo, cuento con que nos serás aún más útil desde el Cielo. Así me lo prometiste. Y eras hombre de Palabra.

Descansa en Paz, fray Basilio

Sor Teresa Cadarso O.P.

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