Derecho a equivocarse
Llevo un rato peleando con los pies de este sofá. He descubierto que se subían, pero ahora no sé bajarlos. Llevo cuatro días en este hospital, al lado de la cama en la que transita sus últimos días mi hermana, mi madre, mi mentora.
Está plenamente consciente. Tiene dolor y se mueve. Me asomo y me dice, ya muy débil, «duerme». Le doy un beso y sonríe. «Ya sabes que no soy de besos, pero tengo que aprovechar». Sonríe otra vez y coge aire para intentar hablar «Yo tampoco soy de besos. Soy más de abrazos».
Hace tiempo que los médicos dijeron que no había mucho por hacer. Hace meses que ella sabe que este momento se acerca. Lo ha organizado todo. Ha dado las indicaciones. Se ha despedido. Me ha dado la última receta: la de sus famosos brazos de gitano. Y habiendo compartido todos sus secretos, siente que puede partir feliz.
Tiene 88 años, pero la ancianidad no la define. Nos separan más de 50 años de diferencia, pero nos entendemos mejor que con las de mi generación. Cierra los ojos y quiero pensar que descansa un poco. Mientras tanto, me pregunto, si tuviera que resumir en una frase el mejor regalo que me ha concedido sor Virtudes, ¿qué diría? Y antes de averiguar cómo narices se cierran los pies de esos sofás, la respuesta ha venido rápida a mi cabeza: el derecho a equivocarme.
Desde que la conocí, tenía interés e ilusión por enseñarme todo lo que ella había aprendido y podía contribuir al bien de la comunidad. Tenía constancia, buena memoria y un sentido práctico en el que coincidíamos. Pero, por encima de todo eso, tenía mucha confianza en las personas y en el potencial de cada hermana. Tenía intuición para captar el ánimo y paciencia para respetar los procesos. No enseñaba con intención de demostrar, sino de sacar a la luz lo mejor de ti. Daba cabida a tus iniciativas y se quedaba a un paso de ti, para que fueras libre, pero estuvieras custodiada en el error. Todavía se había reído el día anterior cuando le conté que, en un descuido, había encendido la batidora a la máxima potencia y me había bañado en huevo: «ya no se te olvida», me había dicho, y tenía razón.

No tenía miedo a ser eclipsada, al contrario, se congratulaba contigo en cada progreso y deseaba sinceramente que incluso mejoraras sus enseñanzas. No solo se felicitaba por los logros de otros, sino que, en muchos casos, era la impulsora de los mismos. Y eso solo era posible por una gran humildad y una sincera confianza que te permitía errar. Que contaba con ello, las veces que hiciera falta, porque sabía que la vida era un ensayo de acierto-error.
Hace algunos años me llamó la atención una traducción del versículo 26 del capítulo 12 de la primera carta de san Pablo a los Corintios en el anterior diurnal con el que se empezó a rezar el oficio en lengua castellana. Lo que hoy traducimos como: Y si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se felicitan (1 Co 12, 26), aparecía en aquel breviario con una sutil, pero, en mi opinión, sustancial diferencia: Si un miembro es honrado, todos le felicitan… Un aparentemente insignificante pronombre que lo cambiaba todo.
Según la Biblia de Jerusalén, la traducción es: «si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su gozo». Según la nueva edición de la Biblia Escrutad las Escrituras, sería parecido: «si un miembro es honrado, todos se alegran con él». En casos como estos siento tristeza de no tener estudios de exégesis y no poder acudir a las lenguas originales en las que se escribió esto, pero estas dos últimas versiones refuerzan el sentido de la actual traducción de nuestro breviario. Parece que alguien se dio cuenta de lo diferente que es felicitar a un hermano por su logro que felicitarnos todos porque el logro de mi hermano lo siento como mío.
Eso fui aprendiendo en el día a día con sor Virtudes. Teníamos nuestras diferencias, claro está, y a veces nuestras discusiones. Tenía sus manías, y yo las mías. Pero poseía un gran sentido de comunidad, que es mucho más que saber convivir o compartir.
Un abrazo al Cielo, querida hermana. Contigo allá arriba todas nos felicitamos. Y yo por fin he aprendido a recoger los pies en este dichoso sofá.
Sor Teresa Cadarso, OP

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