Algo se ha muerto en el alma
Estábamos de comida familiar. Mi hermana sugirió inmortalizar el momento y cogí el móvil con el fin de abrir la cámara. Me encontré con una noticia inesperada: “Lo siento. Ha muerto hace una hora”. Las lágrimas comenzaron a salir sin control, sin poder articular palabra. Sabía que no estaba bien. Me habían dicho que su salud empeoraba, pero no era consciente de que se moría. O no quería creer que existiera esa posibilidad en este preciso momento de mi vida.
Su estilo, siempre discreto, no aprobaría que utilizara este espacio para ensalzar las virtudes del difunto, como generalmente se hace en estas ocasiones. Esta vez no me llegará su comentario al escrito publicado, pero estoy segura de que le seré más fiel si me centro en nuestra fraternidad más que en su persona. Nos separaban 50 años: dos épocas distintas, dos vocaciones diferentes, dos mentalidades, dos personalidades, dos ambientes eclesiales y sociales de procedencia también desiguales… Él era fraile, había sido profesor y ejercía de prior desde que le conocí. Yo era una simple monja de 19 años la primera vez que hablamos. Fue una homilía suya, comentando unos versículos del libro del Eclesiástico, lo que me animó a hablar con él: “Hijo, si te acercas a servir al Señor, prepárate para la prueba”.
El respeto mutuo y la conciencia de nuestras diferencias aprendieron a convivir, sin contradicción, con el cariño fraterno y la comunión espiritual que fueron creciendo discretamente. No éramos dos iguales, y tampoco nos tratamos como tal. Pero nunca me hizo sentir que mis pequeños problemas o interrogantes supusieran una pérdida de tiempo por su parte. Estábamos en momentos vitales distintos, y las diferencias eran notorias. Él encaraba la etapa final y yo casi estrenaba la juventud. Él tenía una gran experiencia de Dios mientras que yo apenas lo había comenzado a atisbar. Nos unía nuestra fe en Dios y el anhelo de vivir para Él dentro de un mismo carisma, el de la Orden de Predicadores, con una misión compartida: la predicación para la salvación de las almas. A veces eso se concretaba con algunas tensiones: él más aterrizado, yo más idealista. Él pensando siempre bien, y yo siendo más crítica. Él más equilibrado y yo más radical. Discutíamos, discrepábamos, volvíamos a darle vueltas y vueltas al asunto. Quizá no podíamos darnos la razón, pero no nos juzgábamos ni dábamos cabida a los prejuicios. Al menos nunca sentí que él lo hiciera conmigo, ¡y vaya si tenía motivos! Tampoco se callaba lo que creía conveniente decirme, aunque en un primer momento pudiera no sentarme bien. Nunca lo hacía en el momento. Como Santo Domingo, lo dejaba reposar y, cuando el enfado ya se me había pasado un poco, me lo comentaba sin intención de herirme, con delicadeza. Su deseo era verme crecer. Y por eso mismo no tenía reparo en enorgullecerse cuando me veía dar mis pequeños primeros pasos. Él era un fraile contemplativo y yo era una contemplativa misionera. Cuando le hablaba de llevar la vida a la oración –Orar la vida–, él me insistía en la otra dirección, igual de importante: llevar la oración a la vida –vivir lo orado-. Coincidíamos en el estilo más racional que sentimental; en el gusto por los buenos libros y la música, la sensibilidad por la liturgia y el amor por la historia y los grandes santos de nuestra Orden. Aunque en todo, claro está, él iba muy por delante.
Cada 8 de junio nos felicitábamos mutuamente. Ese día los dominicos celebramos a las beatas Cecilia y Diana. La primera conoció a santo Domingo cuando apenas tenía 17 años. Y aquella amistad espiritual la cautivó y convenció para unirse a la recién estrenada Orden. La segunda, Diana, es otra joven dominica a quien Jordán de Sajonia, sucesor del Fundador, dedicó unas hermosas y profundas cartas, prueba evidente de una amistad tan santa como verdadera: “Tu papel en la quietud de tu casa y el mío en el continuo ajetreo de mis viajes lo realizamos únicamente por su amor. Él es nuestro único fin… que será nuestro premio en la Patria…”. Este último año, en esa fecha, me aseguró que nuestra fraternidad también le construía a él como fraile. Aquello me sorprendió. Quizá fue el contexto el que le llevó a sincerarse. La enfermedad había llegado a mi vida. Lo que ninguno de los dos pensamos en ese momento –creo– es que tardaría tan poco en llegar a la suya.
Se equivocaba Voltaire cuando decía que «los frailes entran sin conocerse, viven sin amarse y mueren sin llorarse». Puede que seamos unos perfectos desconocidos cuando nos incorporamos a las comunidades; es cierto que no elegimos a los hermanos/as con quienes Dios ha querido que compartamos vocación, pero es completamente falso que eso signifique que no estamos llamados a amarnos. Llamados a un amor real y concreto, aunque sea con imperfecciones, tensiones, o notorias diferencias. La castidad que prometemos y procuramos vivir no es una coraza o una excusa con la que huir del cariño y la amistad de la vida fraterna. El silencio de nuestros claustros no elimina la necesidad de comunicarnos entre nosotros, de ser hermanos, de compartir vida, misión, esperanzas y preocupaciones. La fe en la Vida Eterna no nos ahorra el dolor de la separación. El ser creyentes no nos exime del duelo.
Ser religioso joven hoy en día significa –lo sabemos– estar dispuestos a pasar por muchos funerales y entierros. La avanzada edad de la gran mayoría de nuestros hermanos es una triste realidad que no nos deja indiferentes. Sostener la mano del hermano/a que cruza el umbral de la muerte es un ejercicio que desgasta y sacude interiormente. Algo dentro de nosotros quisiera protegerse frente a los golpes, ¿para qué entretejer lazos que se van a romper en breve y serán tan dolorosos? ¿No es una tortura amar tanto a quienes sabemos que se van a ir? ¿No es una imprudencia confiar en quienes nos van a dejar?
Sí, claro, eso es amar. Eso es crear comunión. Supone estar dispuesto a llorar. A ser vulnerable. A quedar a la intemperie. Puede que amar nos suponga experimentar muchas muertes casi diarias. Pero no amar es ya estar muerto. “El dolor de ahora, es parte de la felicidad de entonces”.
Sor Teresa Cadarso, OP
