Opinión

¿Tomamos las calles o apostamos por 1ª Corintios 13?

¿Tomar las calles es el único camino para cambiar las cosas? He de reconocer que no tengo una respuesta clara a esta pregunta que yo mismo me formulo. Porque también debo admitir que, hasta no hace muchos años, pensaba que sí; ¡claro que sí! Pensaba que había que salir a la calle para hacer realidad ese lema que dice: «cuando los de abajo se mueven, los de arriba tiemblan». Pero no sé si son las canas o yo qué sé, porque llevo varios días reflexionando sobre lo que ocurre en las calles. No solo en España, sino en Europa. Todo esto que digo es a raíz de una foto que subí al estado de mi WhatsApp. Era una imagen de la Puerta del Sol vista desde arriba, y alguien me escribió el siguiente comentario: «Los llaman perroflautas, y más lindezas. Para mí, todo hay que hacerlo desde la calle. La calle al poder».

Lo de «la calle al poder» ha sido el motor de grandes transformaciones. Sabemos por la historia que las movilizaciones ciudadanas pretenden ser el altavoz de quienes no se sienten escuchados por las instituciones. Y lo que está ocurriendo en la Puerta del Sol es una prueba de ello. Es cierto que no hay disturbios como los de Francia o Milán. Decir lo contrario sería mentir. Y su reivindicación, a priori, no va más allá de acampar, pancartas, pitidos y manifestaciones —al menos lo que yo vi en primera persona—. Pero sí que me surge una cuestión. A la hora de tomar la calle, como en otras muchas cuestiones, ¿dónde está el límite?

Sé que me estoy metiendo en un tema delicado porque todo está a flor de piel y a la mínima todos, ¡todos!, saltamos y puede que de malas maneras. Pero el peligro de tomar las calles, es decir, el riesgo de la calle «al poder», es que se consiga el efecto contrario al deseado, por muy legítimo que este sea. Porque ponernos a jugar en fuentes públicas como si de un parque acuático se tratara, o el humo de la quema de inmuebles —como ha ocurrido en Francia— termina por ahogar el mensaje de justicia social, permitiendo que la atención pública se desvíe del problema real hacia el caos de las calles. Además, los principales perjudicados de estos disturbios nunca son los altos estamentos contra los que se protesta. No seamos tan ingenuos; seamos un poco más serios. Los grandes perjudicados son los propios vecinos, los trabajadores que ven sus negocios destruidos (no solo físicamente) y las familias que pierden la tranquilidad en el entorno de sus hogares. ¿Creen ustedes que se lo merecen? ¿De verdad que la calle se puede tomar a cualquier precio? Insisto en que quizá las canas me estén afectando más de lo que creía, pero pienso que el verdadero poder de la calle no puede residir en la fuerza bruta. La indignación, claro está, es legítima, pero siempre y cuando no anule a la razón. Porque si esto ocurre, la causa se deslegitima por completo.

Mientras escribía este breve texto, escuchaba «Song for the Unification of Europe» del compositor Zbigniew Preisner. Es una melodía de una fuerza arrolladora, donde la voz de la solista muestra vulnerabilidad y pureza, y el coro ejerce un monumental contrapeso. Y aunque la pieza tiene letra y está cantada en griego prefiero no decir de qué texto se trata, aunque seguramente ya sabes cuál es. Solo diré que transmite que el amor es una realidad creativa que nos impulsa a reconocer la necesidad del otro para poder ser. Porque si el otro no existe, jamás me podré poseer a mí mismo. Todo lo contrario a tomar la calle de cualquier manera.

Fray Ángel Fariña, OP