Cultura

Visitando a la Virgen en Washington

Estuve hace poco en Estados Unidos, donde pude cumplir un deseo que tenía desde hacía tiempo: visitar la Basílica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción, en Washington. La visita superó todas mis expectativas, no solo porque es el templo católico más grande de Estados Unidos, sino también por su monumentalidad y su sobrecogedora riqueza ornamental.

Desde el exterior, revestido de piedra y ladrillo, el edificio presenta un aspecto sobrio y austero que contrasta con el interior, donde sorprenden la amplitud de sus espacios y la riqueza de sus mosaicos de inspiración bizantina, así como sus vidrieras, esculturas y revestimientos de mármol. Su arquitectura combina elementos neobizantinos y neorrománicos, con una gran cúpula central, arcos de medio punto y volúmenes de marcada solidez. Entre los mosaicos sobresale el de la cúpula, que representa a la Trinidad y a la Virgen María.

Aunque está consagrada a la Inmaculada Concepción, patrona de Estados Unidos, la basílica cuenta con más de ochenta capillas y oratorios dedicados a distintas advocaciones marianas, que reflejan la diversidad cultural de la Iglesia católica. Quizá fue esto lo que más me impresionó de la visita. No solo se honra a la Virgen María, sino que, en algunos casos, también se procura transmitir artísticamente el entorno cultural en el que se venera cada advocación. ¡Y esto es muy importante! Cultural, que no nacional. En el santuario no vi ninguna bandera, pero sí elegantes y sutiles elementos evocadores de diversas culturas.

Para mí, el ejemplo más bello de este propósito lo constituye la capilla de la Virgen de Guadalupe. Sus muros laterales exhiben un curioso mosaico de vibrante colorido que representa a hombres y mujeres, casi todos arrodillados, portando velas o flores en devoción a la Emperatriz de América. Es fácil reconocer entre ellos a algunos santos, como san Juan Diego, san Martín de Porres o santa Rosa de Lima, entre otros. El mosaico resume la devoción mariana en América. En la parte inferior, una inscripción reza: «¿Quién es esta que se asoma como el alba, hermosa como la luna, radiante como el sol, como el arco iris que brilla entre nubes luminosas; como el florecer de las rosas en la primavera?»

Me impresionó especialmente comprobar cómo la figura de María es capaz de reunir, bajo un mismo techo, expresiones culturales tan diversas. Cada advocación tiene su historia, sus formas de representación y sus particulares acentos devocionales, pero todas remiten a una misma fe y a una misma experiencia de encuentro con Dios. Desde mi sensibilidad dominicana, esta diversidad me recordó que la predicación del Evangelio nunca puede ignorar la cultura de los pueblos a los que se dirige. La fe no uniforma ni borra las diferencias: las acoge, las purifica y las enriquece. Y María, que ha encontrado un lugar propio en el corazón de tantos pueblos, es quizá uno de los signos más hermosos de esa universalidad de la Iglesia.

Sin duda, la monumentalidad del templo no solo busca impresionar —y lo consigue—, sino también crear un espacio de oración y contemplación. Dedicado a honrar a la Virgen María, conduce, en último término, a Cristo y a la Trinidad. La basílica consigue crear este ambiente con mucho acierto. Eché de menos una capilla dedicada a la Virgen del Pilar, pero el guiño a España está presente en el hermoso mosaico que reproduce prácticamente la pintura La Inmaculada de Aranjuez, de Bartolomé Esteban Murillo.

Como dominico, no me pasó desapercibida la sobria capilla de la Virgen del Rosario, una de las más grandes de la basílica, pues comprende dos espacios menores. El principal está presidido por una imagen contemporánea de la Virgen del Rosario, esculpida en mármol de Botticino y realizada en altorrelieve, con un estilo muy realista. De los dos espacios menores, uno está presidido por una imagen de santo Domingo y el otro por una de santa Catalina de Siena, representada con una estilización sacra moderna. Las cúpulas de las capillas están decoradas con mosaicos en diferentes tonalidades de azul, salpicados de estrellas de ocho puntas. La capilla fue donada por la Orden de Predicadores y expresa la profunda vinculación de nuestra Orden con la devoción a la Virgen del Rosario.

Hay algo muy propio de nuestra espiritualidad en este modo de acercarnos a María: contemplar a quien llevó a Cristo en su seno y aprender de ella a escuchar, acoger y anunciar la Palabra. La contemplación no es para nosotros un ejercicio que se agota en sí mismo, sino una experiencia que termina convirtiéndose en predicación. Quizá por eso me gustó encontrar, en medio de la grandiosidad de la basílica, un espacio que remitía de manera tan directa a nuestra identidad dominicana.

Los frailes de la Provincia de San José tienen su convento de estudiantes justo enfrente de la basílica. Desconocía este dato, por lo que, cuando solicité alojamiento en un convento de Washington, resultó prácticamente providencial poder hospedarme en una comunidad de la Orden situada justo frente al santuario que tantas ganas tenía de visitar. Allí comprendí mejor la influencia que los dominicos tienen en la vida devocional de la basílica.

De hecho, mi interés por visitar el santuario nació al conocer, a través de las redes sociales, el Dominican Rosary Pilgrimage, un interesante apostolado de los frailes de esta Provincia para promover el rezo del santo rosario. Consiste en una peregrinación anual a la basílica durante el mes de octubre, tradicionalmente dedicado al rosario. Como preparación, se propone una novena distribuida a lo largo de los nueve meses anteriores. Me parece un ejercicio de piedad muy interesante y fecundo, que ayuda a preparar espiritualmente la peregrinación y a mantener viva la devoción a María más allá de una celebración puntual.

Fray Diego Rojas, OP