Opinión

Un beso, por favor

Lo del inglés nunca fue mi fuerte. Lo suficiente para entender y –creía yo– hacerme entender. Pero en el verano de mis 15 años me prometí que no volvería a hablarlo. Estábamos de turismo por Polonia y mi hermana me empujó a ser la interlocutora con el recepcionista del hotel. Yo tenía que pedirle “otras llaves” (keys, en inglés), pero acabé pidiéndole otro beso: Excuse me, could you give me another kiss?

Antes de que él se echara a reír, ya estaba yo más que roja; me había dado media vuelta y había salido casi corriendo de allí mientras el muchacho me perseguía en mi camino al ascensor, con una llave en la mano y sin intención alguna –menos mal– de darme ningún beso. Mientras mi hermana, desde la esquina del hall, se partía de la risa y tomaba nota para contárselo después al resto.

El pasado 10 de mayo fallecía en la Virgen del Camino (León) Fr. Jesús Martín O.P. Cuando llegué a Caleruega era el bibliotecario del Convento y acompañaba a los grupos en la visita por los lugares dominicanos. Cuando me nombraron portera se preocupó por promover mi formación en historia y espiritualidad dominicana –de él aprendí el oficio de “guía”– pero también en idiomas con vistas a una mejor acogida de cada peregrino que llegara. Por supuesto, le había contado la famosa anécdota; y cada vez que tocaba al timbre con un grupo al que enseñar el museo me pedía un beso en lugar de las llaves. Conseguía sacarme los colores –por el desconcierto de quienes desconocían la historia y solo veían a un fraile mayor pedirle un beso a la hermana portera–, pero, sobre todo, me hacía reír y relativizar mis errores.

Fue a él, también, a quien escuché por primera vez la anécdota que protagonizó el beato Jordán de Sajonia, primer sucesor de santo Domingo:

«Sucedió que, llevando consigo el Maestro muchos novicios que había admitido a la Orden en cierto lugar donde no había convento, mientras rezaba las Completas con ellos y con sus socios en una posada, uno de aquellos se echó a reír, y, al verlo los demás, comenzaron a reír también a mandíbula batiente.

Alguno de los socios del Maestro comenzó a hacerles señas de que reprimiesen la risa, al paso que ellos reían más y más. Dejando entonces el rezo de las Completas y dicho el Benedicite, comenzó el Maestro a decir a aquel socio:

-Hermano, ¿quién os ha constituido en Maestro de nuestros novicios? ¿Acaso es de vuestra incumbencia el reprenderlos?

Y, volviéndose a los novicios, les habló así:

-Reíd, carísimos; reíd fuertemente y no dejéis de hacerlo por este fraile; yo os doy permiso, pues verdaderamente tenéis motivo suficiente para alegraros y reíros, porque habéis salido de la cárcel del diablo y roto las fuertes cadenas con las que durante muchos años os tuvo atados. Reíd, pues, carísimos; reíd»

(Gerardo de Frachet, Vidas de los hermanos, III parte, XLII [XVIII])

Quien se sabe redimido tiene motivos para reír. Creo que esa enseñanza es la mejor que me pudo dejar en herencia. No creo que uno se levante por la mañana y se proponga tener buen humor. No pienso que la cosa consista en ser chistoso, aprender chascarrillos o tener siempre una conversación divertida. Más que la adquisición de una virtud, sospecho que el buen humor es la ausencia de un conjunto de actitudes frente a la vida que se nos cuelan sutilmente. El buen o mal humor es la punta del iceberg de nuestro talante ante las circunstancias. Presiento que las personas con humor lo son naturalmente. Así como los serios son el producto que queda de una persona secuestrada por unos cuantos artificios: pensar que somos demasiado importantes o que aquello que hacemos es fundamental; que lo de las equivocaciones no forma parte de nuestra existencia, y que no tenemos tiempo para esas “tonterías”; que tenemos que ganarnos la salvación. Detrás de un error que no puede ser relativizado con el humor hay alguien que piensa que es su esfuerzo y su valía la que le consigue los méritos. Por eso es inadmisible un fallo que tire por tierra tanto desgaste. El triunfador, el exitoso no ríe. Vive encorsetado. No sabe lo que es el humor, solo siente satisfacción en el mejor de los casos. Y por eso se pierde la libertad de la risa.

Todos tenemos un punto ridículo; y lo verdaderamente ridículo es creer que no lo tenemos. El que se sabe redimido gratuitamente lo conoce y ríe, porque sabe que eso no ha impedido la Gracia. Para el que vive y se sabe pobre, para el mendicante, para el hombre humilde que es consciente de que todo lo ha recibido gratis –no es fruto de una conquista, no es su derecho que tiene que reivindicar constantemente– y que dispone de ello –incluidos sus dones– como posibilidad de servicio a los demás, la equivocación es una opción más que probable. Pero él no vive para triunfar ni conquistar –Cristo ya ha pagado su deuda– sino para amar. Y eso incluye el riesgo de hacer un poco el ridículo, pero, como carece de pretensiones y conoce su condición imperfecta, lo acoge con naturalidad. Los errores son parte del camino, y la fraternidad está por encima de su perfección. Así que opta por aprovechar la ocasión, en lugar de indignarse, porque sabe también que «hacer reír es una bella forma de hacer el bien».

Así que, pensando en esto me he dado cuenta de que, quizá, cada vez que me falta el humor me está faltando el amor y me está sobrando amor propio. 

Descansa en paz, querido Fr. Jesús. Te he imaginado llegando a las puertas del Cielo… pidiéndole un beso al mismísimo san Pedro.

Sor Teresa Cadarso, OP