Opinión

La despedida en la buena hora

Desde la pascua de mi abuelo, cuando yo tenía 11 años, la realidad de la muerte me ha tocado de diversas maneras a medida que se han ido personas cercanas y queridas en diferentes épocas de mi vida. Cada experiencia de despedida ha sido única, como singular es la persona y las circunstancias en que ha partido; por tanto, cada una ha suscitado, a partir del dolor de la partida, una reflexión diferente, una pregunta distinta e incluso un reproche a Dios, pero siempre gratitud.

La pascua de mi abuelo se veía venir por su estado de salud, pero al estar durmiendo en el cuarto contiguo, percibí claramente el momento de su último aliento, el quejido por el dolor de aquel infarto fulminante. Para un niño de 11 años, aquella escena no vista, pero sí escuchada, más el impacto de, a esa edad, ya no tener conmigo al abuelo/padre, me enfrentó a un doble dolor: el de su ausencia y el de la sensación de desamparo. El rigor de la mala hora se hacía sentir.

En el contexto mágico-religioso de los países del norte de los Andes y de Centroamérica, la mala hora es la muerte o la desgracia, concepto popularizado por la novela de García Márquez con ese mismo título. Así entendía la muerte, y así la sigue entendiendo mucha gente en muchas partes del mundo, sea creyente o no. Por eso, a pesar de ser la muerte lo más natural de la vida, para muchos es un tema que se evade, se evita y se asume casi como tabú. Le tememos a la mala hora y, por ello, nos cuesta más la despedida del ser querido.

Ya un poco más mayor, el encarar otras despedidas definitivas me fue familiarizando con la naturalidad de la muerte. El homicidio de Vladimir, un muy querido amigo, con apenas 21 años, en la madrugada de un 31 de diciembre, me enfrentó al dolor de que te arranquen de tu vida, por la violencia y la injusticia, a una persona entrañable. Posteriormente, el fallecimiento de Ariel, otro buen amigo, también a los veintipocos, a causa de una leucemia que en poco tiempo se cobró la vida del triatleta, lleno de vida y vigor, me puso frente a la realidad de que la muerte no respeta edad ni condición. Más adelante, uno de mis mejores guías espirituales y confidente, el P. Eduardo Najarro, S. J., murió en contexto de pandemia; no se pudo hacer el funeral que se merecía, no hubo despedida como tal. Esto, por mencionar algunos casos vividos, porque hay más que han ido haciéndome, más que entender, asumir la muerte como la plantea el Evangelio: un paso, un tránsito, una buena hora.

La más reciente despedida es la que finalmente sella ese aprendizaje. Sor Virtudes, del Monasterio de Santo Domingo en Caleruega, desde que supo de su enfermedad terminal, siempre asumió la situación con absoluta paz, con mucha generosidad y naturalidad. Tuve la oportunidad de llevarla el año pasado a una cita médica en Burgos, recién diagnosticada, y desde ahí ya fue despidiéndose. Como Cristo, no rechazó la cruz, la última que abrazaba en su vida. La acogió, la integró en su camino y siguió adelante. No perdió su sonrisa, la misma que en muchas ocasiones me ofrecía, con cierta complicidad, en algún momento de la Eucaristía matutina que celebramos a diario los frailes con las monjas de Caleruega. Colgado en redes está un breve video donde ella misma habla sobre lo que quiso hacer en vida y cómo añoraba ese abrazo definitivo del Amado.

Ya cerca de su pascua, el primer viernes de Cuaresma, los frailes del convento de Caleruega fuimos a verla al hospital. Cuando me tocó mi turno de subir a la habitación, porque el número de visitantes es restringido, fui ingresando a la habitación iluminada por la claridad de un día soleado, el primero o el segundo después de casi un mes de días grises y lluviosos. Una cortina azul dividía la habitación en dos; del otro lado de la cortina, del lado donde estaba la ventana, el paciente de esa cama era ayudado por alguien a prepararse para ir a su casa; recién le habían dado el alta. Nunca le vi, ni tampoco a su acompañante. Sor Teresa Cadarso acompañaba a sor Virtudes.

Una vez adentro de la habitación la vi por primera y única vez sin hábito: su rostro blanco, su cabello blanco, acostada en esa cama de sábanas blancas, con su sonrisa y su paz. Absolutamente consciente, lúcida, radiante, a pesar de las molestias por el dolor y la manguerita del suero. Estaba transfigurada en su Tabor personal. Me saludó con la dulzura y calidez de siempre. Hablamos poco; no era necesario mucho hablar en aquella paz. Con ilusión infantil nos contaba que estaba preparada para ir a ese gigante monasterio que la aguardaba, donde nos reuniremos con tantos seres queridos que nos han precedido. Con anhelo de novia vestida de boda, también decía que estaba lista para encontrarse con su esposo, el Amado, a quien había entregado su vida.

No nos despedimos con un adiós definitivo sino con un cotidiano hasta luego, porque todos vamos camino a ese enorme monasterio que nos aguarda al final de la historia.  Su calma y sonrisa no daban espacio para la tristeza, ni para desconsuelo, solo para contagiarse de la absoluta disposición ante la vida y ante la buena hora. Esta vez no he tenido preguntas ni reproches a Dios, solo gratitud y deseo de, como ella, poder asumir y caminar con paz y anhelo a la buena hora.  

Fray Diego Rojas, O.P.