Opinión

In memoriam. El cura rojo

Ha fallecido Enrique de Castro, ‘el cura rojo’. Supongo que a los jóvenes no les suene de nada el nombre ese nombre. Es una pena, porque lo que Enrique hizo, por lo que vivió y se desvivió, fue por hacer realidad esa ‘Iglesia, hospital de campaña’ que tanto anhela el papa Francisco. Su vida y su sacerdocio han sido una entrega sin reservas al servicio del Evangelio y de los pobres. Ser extraordinario, de una inmensa y honda humanidad, lleno de ternura, en la mirada y en los gestos. El quehacer de Enrique fue anuncio y denuncia, pero sobre todo un canto de esperanza desde su libertad más libre y rebelde, siempre en, por y desde el Evangelio y su pasión por Jesús de Nazaret.

Conocí a Enrique siendo yo (mucho más joven que ahora) estudiante dominico de Filosofía y Pedagogía en Valladolid. Luego, destinado ya en Madrid (en los barrios de Lavapiés y Carabanchel) y recién estrenado el sacerdocio, nos encontramos y se convirtió para mí en referente y ‘brújula’ cuando coincidíamos en la Escuela sobre Marginación y en la Coordinadora de Barrios.

Enrique andaba siempre en ‘malas compañías’, como ese tal Jesús de Nazaret, compañías que, a la postre, resultaban ser excelentes compañías. Para muchos chavales, machacados y excluidos, fue padre, maestro y amigo. Su casa siempre estaba abierta al igual que su corazón. La trayectoria de Enrique fue una trayectoria de desclasamiento y de posicionamiento vital al lado de los que Galeano llama ‘los nadies’. Así describe él mismo su periplo vital: «Mi padre era oficial de aviación del ejército franquista, años después llegó a ser teniente general, y yo quería ser cura. Estudié Teología en la Universidad de Comillas y al ordenarme como sacerdote elegí venir a Vallecas, a Palomeras. Me lo sugirió una amiga monja. Era el año 1972 y un cura buscaba compañero en una parroquia de Vallecas y allí me presenté. “Creo que buscas compañero”, le dije. “Pues sí.” “Bien, si te valgo, aquí me tienes.” Me observó de arriba abajo, yo llegaba de niño pijo todavía, por mi imagen y mi manera de vestir. Y me aceptó, y me cambió para siempre. Era el año 1972». De alumno del elitista colegio del Pilar a Vallecas. De ser un joven ‘curilla pijo’ procedente del barrio Salamanca, hijo de la burguesía acomodada, pasó a ser ‘el cura rojo’.

Desde Vallecas participó, como otros curas de la época, en la lucha por las libertades y la justicia social. Creía firmemente que otra sociedad y otro mundo eran posibles. Se reunía con militantes obreros (los de verdad, no los del postureo izquierdista) en la lucha frente a la dictadura; escuchaba y le escuchaban. Y junto a esta lucha estaba su gran lucha por los chavales víctimas de la heroína en los barrios obreros, donde el ‘caballo’ terminó arruinando la vida de miles de adolescentes y jóvenes. Luchaba por sus chicos y luchaba junto a las madres coraje, madres contra la droga. Cientos de chavales pasaron por su casa. Enrique decía: “A Dios no se le puede encontrar en el barrio de Salamanca, porque ahí no está. Dios no está en el bolsillo de los ricos. Los ricos sólo podrán encontrar a Dios, cuando los pobres los admitan, porque Dios es de ellos, de lo pobres”.

Su fe fue aquilatando con el dolor compartido por los parias que acogió, en las noches de mono y esperanza que ayudó a malpasar, en las idas y venidas a las comisarías, en las llamadas al orden que dejó de atender, en los rostros castigados de madres coraje sin nadie más a quien recurrir. El régimen fue a por él, lo sometió en los temidos sótanos de la Dirección General de Seguridad de la Puerta del Sol y dio con sus huesos en la cárcel de Carabanchel. Enrique de Castro, quien había tomado el testigo y la cruz del padre Llanos, se convirtió en un proscrito para el orden establecido.

En la parroquia de San Carlos Borromeo, avivó su activismo cristiano junto a los sacerdotes Pepe Díaz y Javier Baeza, pero el Arzobispado consideró un sacrilegio que aquella humilde iglesia de Entrevías fuese una trinchera de resistencia, un refugio de almas perdidas. Si con algo no podía Enrique era con el clericalismo ruin, mezquino y cómplice, estandarte de la sumisión y la obediencia borreguil, de la moral hipócrita y elitista. No podía con ese clericalismo fundamento del (des)orden establecido.

Casi fue excomulgado por la jerarquía de la Iglesia, con la que chocó, como no podía ser de otra manera. Pero siempre tuvo claro que él se debía al Reino de Dios. “Para mí fue un proceso que duró toda la vida, un recorrido largo, en el que he intentado ser lo más libre que he podido. Por ejemplo, fue la gente la que me hizo cura, aunque yo niego el sacerdocio, porque Jesús se cargó el sacerdocio y el templo, mientras nosotros lo mantenemos. Jesús fue un anti-Iglesia de su tiempo, porque fue laico y criticó a los sacerdotes. Y la Iglesia sigue mantenida por los poderes de este mundo. Por eso, no creo en la Iglesia católica, sino en el Reino de Jesús”.

Ricardo Aguadé