Opinión

Mas del Roure

Hay lugares que terminan formando parte de quienes somos. No tanto por lo que tienen de extraordinario, sino porque en ellos hemos aprendido a mirar, a descansar, a querer o simplemente a vivir. Con esta serie de columnas, los autores de La Llama comparten algunos de esos lugares que, por distintos motivos, ocupan un lugar privilegiado en su memoria y en su biografía. No son guías de viaje ni recomendaciones turísticas. Son invitaciones a descubrir cómo el verano también deja su huella en nosotros, cómo determinados paisajes terminan educando nuestra mirada y cómo, a veces, no somos solo nosotros quienes pasamos por los lugares, sino los lugares los que pasan por nuestra vida y nos transforman silenciosamente.

Hay una sabiduría muy cotidiana que nos recuerda que las cosas son más que cosas. Por eso guardamos recuerdos. Por eso nos cuesta desprendernos de algunos objetos. Los catalanes tenemos fama de no tirar nada. Sospecho que casi nunca es por ahorro. Por eso hay ciertos endergues y trastos que son casi sacramentos, por más antiguallas que parezcan. No por su valor, sino por todo lo que evocan. Si eso ocurre con los objetos cotidianos, cuánto más con las casas. Mis amigos de La Llama me piden que hable este verano de algún lugar que sea más que un lugar, y ho he tingut clar des del principi. Hablaré del Mas del Roure.

El Mas del Roure es la masía familiar, en Ripoll. No es una masía excepcional. En Cataluña hay muchas más antiguas y seguramente más hermosas. Pero para nosotros es el lugar donde la familia ha aprendido a reconocerse durante generaciones. Aquí vivieron mis abuelos. Y, según pone ese 1845 del dintel de la entrada, lo más probable es que los abuelos de mis abuelos fuesen sus primeros artífices. Aquí crecieron mis padres. Aquí pasamos largas temporadas con nuestros hijos cuando eran pequeños. Y ahora son ellos quienes traen a los suyos.

Nunca he creído demasiado en las casas entendidas como simples propiedades. Cuando uno llega a cierta edad ve claramente que las casas también tienen memoria. No hablo de las grietas de las paredes ni de las vigas que crujen cuando cambia el tiempo. Hablo de otra cosa. Hay casas que recuerdan mejor que nosotros. Allí antes de la piscina había un huerto. Allí donde florece la dama de noche, en su día hubo un limonero. Allí mi hermano se cayó de un roble. Allí mi hijo montó en bicicleta por primera vez. Allí mis padres debieron darse el primer beso. Allí mi nieta esta mañana se ha raspado toda la rodilla. Aquí hay vida y hay memoria. 

Quizá por eso nunca me ha gustado la idea de que la modernidad nos convierta en habitantes de espacios intercambiables. Hoteles, apartamentos, oficinas, aeropuertos… Todo funciona admirablemente, pero en ninguno de esos sitios echamos raíces. Vivimos cada vez más conectados y, sin embargo, sabemos cada vez menos de dónde venimos.

El caso. Que el Mas del Roure es uno de esos lugares que resisten contra todo lo peor de este tiempo moderno que tantas cosas destroza, empezando por la belleza. No falla. Cuanto más nuevo es un edificio, más feo es. Parece que los arquitectos los eligen especialmente si lo que proyectan es feo. Y las administraciones, no se olviden. Deseando destrozar lo de siempre, para poner horrores en su lugar. En fin.

Que estos días Mercedes y yo (Mercedes es mi esposa, desde hace la ya friolera de 44 años), nos hemos quedado con los nietos mientras sus padres terminan de trabajar antes de las vacaciones. A veces pienso que nuestros hijos creen que les hacemos un favor dejándonos a los nietos. No estoy tan seguro. Quizá los favorecidos seamos nosotros. La masía vuelve a llenarse de voces, de carreras por el patio, de bicicletas apoyadas donde no toca, de saltos en bomba y salpicaduras en la piscina, de balonazos en el jardín y de esa inagotable sucesión de preguntas que solo saben formular los niños. Déu n’hi do. La energía de un nieto basta para hacer olvidar por unas horas los años que uno lleva encima. Pero solo por unas horas, la verdad. Las noches te lo recuerdan.

Quizá por eso me desconcierta que una sociedad que nunca ha disfrutado de tanto bienestar tenga tantas dudas a la hora de tener hijos. No hablo de quienes no pueden ni de quienes cargan con dificultades reales. Hablo de ese clima extraño tan de hoy en día en el que un hijo empieza a verse como una amenaza para la libertad, para la cuenta corriente o para las vacaciones. Es curioso que un mundo que tanto habla de vivir experiencias y aventuras decida no emprender la más fascinante de todas: formar una familia. Hemos aprendido a cuidar magníficamente de nuestros perros, casi a adoptarlos como hijos, a pasearlos en carritos y a tratarlos como pequeños señores con agenda propia. Organizamos viajes con meses de antelación y llenamos la agenda de eventos y lugares cuidadosamente fotografiados, mientras relegamos aquello que durante siglos dio sentido a las casas y continuidad a las generaciones, mientras renunciamos a cambio a la verdadera alegría, la de la familia. Ninguna de esas cosas sostiene una casa cuando pasan los años. Ninguna transmite un apellido, una mesa, una historia, una forma de mirar el mundo. Una sociedad que prefiere no tener hijos porque estorban acaba descubriendo demasiado tarde que el futuro también se cansa de esperar. Basta pasar unos días con los nietos para recordarlo.

Con frecuencia pensamos que una familia se sostiene por los afectos. Es verdad, pero no basta. También necesita lugares. Lugares donde las historias vuelven a contarse, donde una fotografía olvidada provoca una conversación inesperada o donde alguien recuerda cómo era el abuelo cuando todavía subía al bosque con paso ligero. Cuando un nombre lleva a otro de otra generación. Cuando alguien pregunta qué pasó en tal guerra o tal otro con los abuelos y los bisabuelos. La memoria necesita una geografía.

Y no ayuda que cada generación disponga de menos espacio para vivir. Llevamos años aceptando como normal que las viviendas sean cada vez más pequeñas, más caras y más impersonales. Tampoco es casualidad que los salarios de una buena parte de los jóvenes apenas hayan seguido el ritmo del precio de la vivienda. Los pisos duplican o triplican su valor; los sueldos, no. Alguien planifica el suelo. Alguien decide qué se puede construir y qué no. Alguien financia las promociones. Alguien obtiene beneficios magníficos mientras una pareja necesita treinta o cuarenta años para pagar un piso donde apenas caben una mesa, una cama y poco más. Después nos preguntamos por qué nacen tan pocos niños.

Nos venden esas viviendas como soluciones modernas, eficientes y sostenibles. Soluciones habitacionales, dicen. Yo las llamaría otra cosa: casas donde resulta muy difícil construir una familia. Desaparecen las sobremesas largas, los abuelos que pasan unos días con los nietos, las habitaciones donde siempre terminaba durmiendo un primo o un amigo. Todo se reduce a lo imprescindible. Y una sociedad formada por individuos solos, hipotecados durante media vida, cambiando de ciudad cada pocos años y sin apenas raíces, siempre será más fácil de gobernar que otra compuesta por familias estables, con memoria, tiempo y vínculos fuertes. No hace falta creer en conspiraciones. Basta observar quién toma las decisiones y quién acaba beneficiándose de ellas.

Quienes hemos crecido en el Ripollès sabemos que el paisaje también educa. Aprendemos a medir el paso del año por el color de los prados, por la leña que empieza a apilarse antes del invierno, por la niebla que algunas mañanas parece tragarse las montañas y por ese silencio que solo rompen los cencerros de algún rebaño lejano. Quizá por eso nunca he entendido que haya quien piense que el lugar donde uno crece es un simple escenario. Los lugares, como las personas, acaban formando nuestro carácter.

Detrás de la masía comienza un pequeño bosque de robles por el que me ha gustado pasear desde niño. Entonces me parecía inmenso; hoy sé que no lo es, aunque los niños siempre miden el mundo de otra manera. No tiene nada de espectacular, ni falta que le hace, porque los robles enseñan una lección silenciosa: tardan mucho en crecer. Durante años apenas parecen cambiar y, sin embargo, hunden las raíces cada vez más hondo. Solo después levantan una copa capaz de resistir el viento.

Las familias también crecen así: no de golpe, sino despacio. Como decimos en Cataluña, de mica en mica s’omple la pica. Las familias también. Se alimentan de rutinas repetidas, de comidas compartidas, de discusiones olvidadas, de reconciliaciones discretas y de un cariño que rara vez hace ruido. Por eso importan tanto esas pequeñas liturgias domésticas: bendecir la mesa, comer o cenar juntos y a la misma hora, celebrar los cumpleaños y las Navidades de una determinada manera, esforzarse por repetir lo bueno siempre que se pueda. Ese «en esta casa se hace así desde siempre» tiene más valor de lo que parece. Desde fuera puede parecer que no sucede nada, pero, en realidad, está sucediendo casi todo.

Cuando paseo con mis nietos por el bosque me descubro contándoles historias de personas que ellos nunca conocieron. Les hablo de mis abuelos, de cómo era la vida cuando esta masía no tenía calefacción ni internet, de los inviernos duros del Ripollès y de las fiestas familiares que parecían no terminar nunca. Les cuento del pastor que traía las ovejas aquí a pastar, de la familia que cuidaba la masía cuando tras el verano nos íbamos a Barcelona, o de la cocinera que hacía unos dulces maravillosos cuando yo tenía su edad. Después bajamos a por helados y golosinas, porque tampoco conviene convertir la memoria familiar en una conferencia. Los niños necesitan historias, sí, pero también azúcar, rodillas sucias y alguna pequeña travesura que recordar. No sé cuánto recordarán de todo eso dentro de veinte años. Tampoco importa demasiado. Las raíces no siempre son conscientes de sí mismas.

Tal vez por eso sigo pensando que el verdadero patrimonio que una generación entrega a la siguiente no son las propiedades, sino la memoria compartida. Una casa puede venderse. Un bosque puede dejar de pertenecernos. Pero mientras alguien siga contando quiénes fuimos y por qué seguimos reuniéndonos aquí, el Mas del Roure continuará existiendo de la manera más importante.

Porque, al final, uno comprende que el lugar no era la masía. Ni siquiera el bosque. El verdadero lugar ha sido siempre la familia. Las paredes podrán cambiar, incluso desaparecer algún día, que esperemos que no. Los robles también acaban cayendo y otros ocupan su lugar. Lo importante es que haya quien siga plantándolos. Porque quizá una familia no sea otra cosa que eso: plantar robles cuya sombra disfrutarán otros.

Arnau Sunyer