Opinión

Un lugar para el verano

Hay lugares que terminan formando parte de quienes somos. No tanto por lo que tienen de extraordinario, sino porque en ellos hemos aprendido a mirar, a descansar, a querer o simplemente a vivir. Con esta serie de columnas, los autores de La Llama comparten algunos de esos lugares que, por distintos motivos, ocupan un lugar privilegiado en su memoria y en su biografía. No son guías de viaje ni recomendaciones turísticas. Son invitaciones a descubrir cómo el verano también deja su huella en nosotros, cómo determinados paisajes terminan educando nuestra mirada y cómo, a veces, no somos solo nosotros quienes pasamos por los lugares, sino los lugares los que pasan por nuestra vida y nos transforman silenciosamente.

Aterricé en España el 15 de marzo del 2001, a punto de cumplir los 8 años. El cambio tuvo las mismas dimensiones que el inmenso océano que habíamos atravesado en el avión. Me incorporaron al colegio en un curso que estaba a punto de terminar, por suerte para mí, porque necesitaba tiempo para adaptarme a la nueva ciudad, cultura y realidad.

En la parroquia todos sabían quién era, pero para mí todos eran prácticamente extraños. Al acercarse el verano, un matrimonio conocido que tenía una hija de mi edad sugirió a mis padres si querría pasar la temporada estival en el caserío familiar que tenían en la provincia de Segovia. No recuerdo quién accedió, ni como me enteré que se había decidido aquel plan, ni si me apetecía la idea o no. Pero aquel pasaría a ser el verano de mi vida. 

La primera imagen que guardo en mi memoria se corresponde con el momento en el que bajé del coche, todavía un poco mareada tras un viaje en el que había vomitado como si me llevaran al fin del mundo, pero suficientemente consciente del contraste entre la que se suponía que sería mi nueva amiga y yo. Justo cuando una niña en patinete con una enorme pelota de baloncesto se acercaba a nosotros, sus padres comenzaron a descargar mi equipaje, que incluía toda clase de juguetes rosas: cocinita, nenuco, carrito, e incluso minilavadora. Su cara lo decía todo. Nos esperaban dos meses por delante de lo más interesantes.

Ambas recordamos aquella escena como la evidencia más absoluta de la antítesis que éramos –y todavía hoy somos− la una de la otra. No teníamos nada que ver, pero la Providencia quiso regalarnos la amistad. Además de muchas e inolvidables lecciones.

El medio de trasporte para dos niñas de 8 años en aquel paisaje era la bicicleta. Así que al día siguiente de llegar empezó la aventura, porque yo no sabía montar en ese medio. El primer intento por aprender, en Lima, había terminado cuando nos habían robado la bici en cuestión. «¿Cómo se frena?» le pregunté, gritando mientras pedaleaba sin parar tras haberme subido a una bici más grande que yo y que Marta había empujado por el camino de tierra y piedras antes de dejarme sola. «¡Te tiras al suelo!», fue todo lo que escuché, y allá que fui. Su pobre madre me vendaba todos los días con inmensa delicadeza. Mis rodillas conservan las huellas de aquellas clases. «Hermana, no se ponga tanto de rodillas», me dijo una vez un ingenuo doctor que no se podía imaginar que fueron mis frenos en aquella bici en la que mi recién estrenada amiga me enseñó a montar. 

Aquel verano aprendí de todo. Descubrí el gazpacho y que aquí no se dice «celular». En algunas cosas fracasamos, como en lo de tirarme de cabeza a la piscina, que resultó misión imposible. Planchazo tras planchazo acabé prefiriendo quedarme siempre en el agua mientras mi amiga prefería, por supuesto, tomar el sol. 

Mientras ella vivía silvestre y cómoda entre los animales –antes de mi llegada había tenido una cabra como animal de compañía en aquel caserío− a mí me acribillaban los mosquitos. Y cuántas noches, después de bañarme en amoniaco, nos enzarzamos en peleas, porque yo quería rascarme y ella aseguraba que era peor. No nos poníamos de acuerdo en casi nada, pero con ella me atreví a perseguir ovejas, a atravesar los campos donde pastaban las vacas u ordeñar alguna e, incluso, a montar a caballo. Éramos como la noche y el día, como el agua y el aceite. Yo prefería leer la vida y ella experimentarla.

Quiero creer que mi pobre persona también le influyó en algo, aunque el primer intento resultó un poco patético. Inolvidable, aquella noche que planeamos amanecer temprano para ayudar en las labores de la casa. Vaciamos todo el lavavajillas y fuimos colocando todo lo de cristal en un carro camarero, de esos que se pliegan por la mitad. Esto último no lo sabíamos. Lo aprendimos cuando, al ir a empujar, las bandejas se doblaron hacia abajo y todo su contenido se hizo añicos. No sé si fue el estruendo o nuestro llanto nervioso el que despertó a sus abuelos, tíos y padres que tuvieron que renovar toda la vajilla por nuestra genial idea.

El verano llegaba a su fin. Y uno de los clásicos del verano español eran las fiestas de los pueblos. Para terminar, mi nueva amiga me apuntó con ella en la carrera infantil organizada con este motivo. Yo no corría. Ya lo había demostrado: era realmente patosa; pero no la iba a dejar sola. No a estas alturas. Y, llegadas a este punto, ella tampoco me iba a abandonar. Marta quedó la primera. En la meta le dieron la coca-cola de rigor y corrió a buscarme al último lugar, donde seguía, a punto de abandonar. Se puso a mi lado y me animó como si en ello nos fuera la vida, como si no fuera la última, como si no me estuviera ganando, incluso, una niña que cojeaba. Me animó como si no hubiera un solo motivo para avergonzarse de mí.

En aquel caserío, al que después volvería muchos veranos más, aprendí a montar en bici, a caballo y en moto; aprendí a distinguir una vaca, una oveja y una víbora. Aprendí a nadar y a comer morcilla. Cambié mi acento limeño y descubrí diferentes costumbres y nuevas tradiciones. Pero, sobre todo, aprendí la amistad. Que no es caerse bien o hacer planes juntos, mucho menos parecerse o tener las mismas aficiones. Aprendí que tener un amigo es tener un tesoro, y eso es Palabra de Dios (Eclo 6, 14). Es tener alguien que te quiere como eres, con quien puedes ser tú misma –y reírte tanto−, aunque también se empeñe en sacar lo que ni tú conoces que eres capaz. 

«Esta es la verdadera, la perfecta, la estable y constante amistad: la que no se deja corromper por la envidia; la que no se enfría por las sospechas; la que no se disuelve por la ambición; la que, puesta a prueba de esta manera, no cede; la que, a pesar de tantos golpes, no cae; la que, batida por tantas injurias, se muestra inflexible; la que, provocada por tantos ultrajes, permanece inmóvil. Anda, pues, haz tú lo mismo» (Beato Elredo abad, sobre la amistad espiritual)

¿Un lugar para el verano? La amistad.

Sor Teresa Cadarso, OP