Opinión

La vida ama la vida

“No os dejéis engañar

con que la vida es poco.

Bebedla a grandes tragos,  

no os bastará

cuando hayáis de perderla”

Esto escribió Bertolt Brecht (1898-1956), dramaturgo alemán cuya vida no fue precisamente muy larga y tampoco estuvo exenta de sufrimientos, críticas, dificultades económicas, persecuciones y un sinfín de vicisitudes que estimulaban sus luchas y su defensa de la vida y la verdad.

A lo largo de los días que se van sucediendo entre fiestas y celebraciones me asalta constantemente este pensamiento:  la vida ama la vida,  y me sorprendo de repente cuando en vísperas de Nochebuena la noticia del mediodía en los medios televisados, (aparte de loterías,  qué comemos,  la subida de los precios de los alimentos típicamente navideños y un insustancial etcétera de banalidades),  la noticia,  como digo, que ocupa un buen momento del noticiario es  el aumento de suicidios en el último año, particularmente entre la juventud. Haciendo balance del final de año se hace balance de la vida y de la muerte.  La vida es eso quizá: los pequeños o grandes gastos, la lotería, cómo celebraremos mucho ruido y pocas nueces… Y así me sobresalta, entre dos luces, el fogonazo intempestivo de la noticia sobre el aumento de suicidios entre jóvenes y adolescentes.

Hace ya algunos años la filósofa Hannah Arendt hablaba de la banalidad del mal.  Tal vez banalizar el mal significa hoy hacer admisible, trivial o decididamente invisible lo que duele, hacer oídos sordos sobre noticias como esta. Porque banalizar la vida o banalizar la muerte es lo mismo. La vida se ha vaciado en buena parte de sentido, se ha cargado de objetos inútiles y descargado de objetivos valiosos, de esfuerzos, de metas. La vida de nuestros jóvenes está poblada probablemente de muchos fantasmas y gran confusión, alentada por los medios y las ideologías. Narciso no se mira ya en las aguas transparentes de un río en los claros del bosque, sino en un maléfico espejo virtual, que le hace burla y deforma su alma.

Hay una especie de violencia latente en todo ello, heridas que no se ven y ausencias que ocupan demasiado espacio. Indiferencia y sombras de muerte, en definitiva, que se ciernen sobre nosotros. Pero sobre los más jóvenes se hacen incomprensibles e indescriptibles, donde falta la palabra, el deseo herido, el anhelo de algo más pleno como subrayara María Zambrano, no logra salir a flote y entonces la herida se va pudriendo, mientras la muerte va gestando por dentro un terror inenarrable. En algún momento ya no es muerte sino pura deserción, cansancio fatal, nada trágico, suicidios callados, incapacidad de afrontar la vida y de amarla como nos sugiere Brecht.

Ciertamente las fiestas navideñas, en particular la Nochebuena pero también la Epifanía y el comienzo del año, invitan a una reflexión luminosa, esperanzada, una reflexión que vaya más allá de las tierras baldías de Eliot o de los hombres grises de Momo.

Ojalá desde la casa, desde la familia, desde los más cercanos, desde los amigos que comparten proyectos comprometidos y solidarios, desde los lejanos misioneros, se puedan despertar otras vivencias y alentar las ganas de cambiar las cosas (aunque sean unas pocas), y germinar una mirada nueva, y romper rutinas que nos desgastan.  Podríamos empezar a nutrir esa semilla que late a pesar de todo en el fondo de nuestro corazón, porque de verdad la vida ama la vida, siempre. Y porque la vida ama la vida la Natividad es el gran mensaje para un tiempo nuevo, manifestación insólita de Dios hecho carne y hueco vulnerable de niño en nuestra carne doliente y en nuestra historia errátil, nacimiento en los márgenes desnudos, pues no había sitio en la posada repleta de egoísmo e insatisfacción.

“El lodo a los podridos, la vida es lo más grande, perderla es perder todo”, continúa Brecht, que sin duda habría leído Gálatas 6, “no os dejéis engañar:  todo lo que el hombre siembra eso también segará, el que siembra carne segará corrupción, el que siembra espíritu segará la vida eterna, no nos cansemos de hacer el bien”.

Sagrario Rollán