El mismo mar
Hay lugares que terminan formando parte de quienes somos. No tanto por lo que tienen de extraordinario, sino porque en ellos hemos aprendido a mirar, a descansar, a querer o simplemente a vivir. Con esta serie de columnas, los autores de La Llama comparten algunos de esos lugares que, por distintos motivos, ocupan un lugar privilegiado en su memoria y en su biografía. No son guías de viaje ni recomendaciones turísticas. Son invitaciones a descubrir cómo el verano también deja su huella en nosotros, cómo determinados paisajes terminan educando nuestra mirada y cómo, a veces, no somos solo nosotros quienes pasamos por los lugares, sino los lugares los que pasan por nuestra vida y nos transforman silenciosamente.

Cada verano tiene sus propias rutinas. Una de las que más disfruto yo es seleccionar qué libros me voy a llevar. Un par de novelas, ensayo, poesía, historia, teología, espiritualidad; alguna novedad, algo desconocido, algo clásico. Esa pequeña costumbre de preparar el descanso parece adelantar ya esos días —o semanas, si hay suerte— en que uno se marcha al pueblo, a la montaña o a la playa. En mi caso, a la playa. Algunos de esos libros regresan conmigo. Otros se quedan en las estanterías de la casa familiar, esperando el verano siguiente Los libros no son los mismos de un año a otro, o casi nunca lo son. Pero tampoco lo es uno cuando vuelve, después de toda una vuelta al sol, al mismo lugar.
Y es que hay lugares que tienen esa rara capacidad de acompañarnos mientras el tiempo va haciendo su trabajo. No porque en ellos ocurran necesariamente los acontecimientos más importantes de la vida, sino porque regresamos una y otra vez, y acabamos descubriendo que quienes hemos cambiado somos nosotros. Para mí ese lugar es Almuñécar, un pueblo marítimo de Granada, de la Costa Tropical, de esa Andalucía que para mí son cuatro reinos, y que guarda el sabor de lo de siempre, aunque el turismo se haya adueñado en parte de él. Allí, año tras año, vuelvo al mismo mar, a las mismas playas, al mismo castillo que vigila la bahía desde hace siglos, a las mismas palmeras que parecen conversar con el viento, a los mismos peñones recortándose sobre el Mediterráneo y a esa tierra gris, menuda, casi polvo de piedra, que sustituye a la arena dorada de otras costas. Todo permanece. Pero yo, al volver cada verano, ya no soy el mismo.
Llevo yendo allí toda la vida. Antes de guardar mis propios recuerdos, aquella costa había custodiado ya los de generaciones por siglos. Fue la antigua Sexi de los fenicios, la ciudad romana abierta al Mediterráneo, el puerto de llegada de Abd al-Rahman desde Damasco en su camino hacia la fundación del Emirato de Córdoba, una plaza codiciada por los Reyes Católicos, un testigo de las razias berberiscas, el lugar que Cervantes en el Quijote menciona como el del mayor naufragio que haya existido. Todo ello una memoria del pasado que de un modo u otro sigue habitando Almuñécar. Al recorrer las calles que ascienden hacia el castillo de San Miguel, al pasear junto al acueducto romano o al contemplar el mar desde cualquier rincón de la ciudad, uno ve lo que por siglos esos hombres y mujeres que nos han hecho, vieron. Uno descubre que la identidad no nace de la nada, ni es un constructo subjetivo y presentista. Uno entiende que estamos hechos, que somos creados, que nacemos de otros. Uno comprende que la identidad se va sedimentando lentamente, como ocurre con los pueblos, con nuestra España, con nuestra Europa. Que así ocurre con las personas. El Mediterráneo tiene esa rara virtud: hace que el tiempo no desaparezca, sino que se vaya depositando en capas, como la sal sobre las rocas.
Mis primeros recuerdos tienen allí el color del verano. Los helados al caer la tarde, los espetos que perfuman el paseo marítimo, las largas sobremesas, las barcas balanceándose en la orilla, los mercados, las terrazas cuando por fin el aire comienza a refrescar, las conversaciones interminables después de cenar mientras el mar sigue respirando a pocos metros, las fiestas de agosto, la Virgen de la Antigua y los fuegos artificiales de la noche de la Asunción, que durante tantos años parecieron poner un broche de luz a la mitad del verano.
También las mañanas largas, mientras en casa alguien deja la comida preparada para después, se hacen los recados del día, alguno aún se permite el lujo de seguir durmiendo y quien es más madrugador ya ha bajado a la playa. Son las horas de coger uno de esos libros que has traído o, quizá, de reencontrarte con alguno de los que se quedaron allí.
Las bibliotecas de las casas de verano terminan teniendo su propio carácter. Hechas de retazos, de libros de unos y otros que van quedándose allí verano tras verano, llegados de mudanzas, de cumpleaños, de recomendaciones familiares, de compras improvisadas y de lecturas que alguien dejaba sobre una mesa para que otro las encontrara al año siguiente. En esas estanterías uno terminaba leyendo libros que nunca habría comprado, pero que alguien había dejado allí casi sin saberlo para el siguiente lector. Son bibliotecas que hablan de las biografías de la propia casa, de lo vivido entre sus paredes y de cómo, año tras año, también nosotros vamos cambiando. Para mí, Almuñécar es también esa biblioteca doméstica, siempre un poco desordenada y viva, que acompañaba las horas de calor mientras fuera el sol caía sobre las palmeras y el Mediterráneo seguía brillando, antes de bajar a la playa.
Aquellos fueron también los veranos de los primos, una institución familiar en la que uno aprende a crecer sin darse cuenta. Con ellos hubo excursiones, confidencias, juegos interminables, primeras conversaciones importantes y esa libertad propia de los meses en los que parecía que el tiempo nunca se iba a terminar. Después llegaron otros veranos: los de la juventud, los de la universidad, los del convento, los de adulto. Las calles seguían esperándome con la misma naturalidad con la que siempre espera el mar. Yo, en cambio, volvía con otras preguntas, otras lecturas, otras pérdidas y también otras esperanzas.
También la fe iba cambiando conmigo. No porque cambiara Dios, sino porque cambiaba mi manera de buscarlo y de comprender su presencia. Uno descubre con los años que la vida del espíritu consiste también en dejar atrás imágenes demasiado estrechas de Dios, rostros que quizá sirvieron en una etapa, pero que necesitan ser purificados, ensanchados y madurados. La fe no permanece viva cuando se queda inmóvil, sino cuando aprende a escuchar de nuevo, a preguntar de otro modo y a reconocer la voz de Dios en cada tiempo de la vida. También la vocación se entiende así: no solo como una decisión tomada un día, sino como el aprendizaje paciente para responder a Dios mientras uno va creciendo, dudando, cambiando y comprendiendo mejor.
Las misas del verano formaban parte de ese camino. Tenían un ritmo distinto. La luz entraba de otra manera por las iglesias, nadie parecía tener demasiada prisa, las familias llegaban de tantos lugares distintos y, al salir, el Mediterráneo seguía allí, exactamente igual que antes. Con el tiempo he entendido que aquellas eucaristías no eran únicamente una costumbre familiar. También eran una escuela silenciosa donde aprendí que Dios suele hablar con la discreción de las cosas que permanecen.
Con los años llegan también las ausencias. Hay veranos que ya no pueden repetirse porque faltan quienes los hicieron posibles. Una conversación, una sombrilla, una fotografía, una mesa compartida… Basta un rincón para que la memoria complete lo que el tiempo ha ido dejando atrás. Sin embargo, esos recuerdos más que pesar, aunque a veces traen la nostalgia de lo perdido que nunca regresará, de lo vivido alguna vez allí, de algún modo también sostienen. Nos recuerdan que una vida buena no se mide solo por lo que conserva, sino también por todo aquello que ha recibido. Que la buena vida es la que puede llenarse de nombres. Quizá por eso cada regreso a Almuñécar termina pareciéndose menos a un ejercicio de nostalgia y más a una acción de gracias. Por los veranos compartidos, por las personas queridas, por el descanso, por los libros, por un paseo junto al mar, por un pescado recién hecho mirando el horizonte o por una cerveza fría al caer la tarde o al regresar a mediodía a casa. La memoria custodia el pasado; la gratitud lo convierte también en presente.
Dentro de unas semanas cerraré el último libro del verano y volveré a casa. Algunos regresarán conmigo. Otros permanecerán allí, esperando —ojalá— el verano siguiente, como hacen los buenos amigos. También Almuñécar seguirá —ojalá— esperándome. No para devolverme el pasado, sino para recordarme que la vida continúa, que todavía quedan libros por leer, veranos por vivir y nuevos rostros de Dios por descubrir. Quizá esa sea la verdadera fidelidad de algunos lugares: permanecer donde siempre estuvieron para acompañarnos, discretamente, mientras nosotros seguimos aprendiendo a vivir.
Fray Vicente Niño, OP
