¿Cuánto cuesta la salud?
El acceso a los servicios de salud, en muchos países, sigue estando muy lejos de ser una realidad universal. Camerún es uno de ellos, y desafortunadamente no hay ningún indicio de que esto vaya a cambiar en el futuro. El acceso a los servicios médicos (consulta, hospitalización, análisis, medicamentos…) es asequible para un grupo reducido de la población, y en cambio un bien de gran lujo para una gran parte de ella. Mucho se ha escrito ya sobre este tema, pero creo que nunca está de más incidir y seguir visibilizando esta realidad, más aún, si cabe, desde el día a día de nuestro hospital en Yaundé (Centro Hospitalario Dominicano San Martín de Porres).
Hay que empezar diciendo que la sanidad pública no existe, pero tampoco ninguna fórmula que garantice la atención sanitaria, ni primaria ni especializada, a la población. Aquí recuperar la salud es, en general, o cosa de suerte o cosa de dinero. Dicho así suena fuerte, pero es lo que hay, y muy literalmente.
El sistema sanitario, nos refiramos al público o al privado, funciona de la misma manera: pasas por caja y después ya te preguntan qué te pasa. Si tienes la suerte de haber ido a tiempo, y de tener dinero suficiente para las analíticas, estudios de turno y medicamentos, seguramente la enfermedad haya quedado en un susto. Si es algo grave, que requiera hospitalización o cirugía, la cosa se va complicado. El problema es que más de la mitad de la población no puede permitirse enfermarse, o al menos no de nada que tenga pinta de un poco serio.
Pero esto no es problema del gobierno, y los centros de salud privados (de mayor o menor calidad) no dejan de ser un negocio. Así que… ¿qué pasa con las personas? Pues muchas veces quedan a su suerte, y esto es muy fuerte. ¿Te imaginas la posibilidad de morir por una gastroenteritis? ¿o una peritonitis? ¿o de parto porque no podías pagar una cesárea de urgencia? ¿Te imaginas que te agreden por la calle, y que un buen samaritano te deja en urgencias, pero ahí nadie te atiende porque no traías dinero para pagar y te mueres ahí en la entrada del hospital? Por ninguna de estas situaciones, ni por ninguna otra, nadie debería temer por su vida por no tener dinero. Y aquí es la realidad que se vive día a día.
Afortunadamente existen hospitales y centros médicos como el nuestro: de religiosos y misioneros, que ponen a la persona en el centro y humanizan el servicio que prestan. En donde lo más importante es atender a la persona, aunque luego haya que hacer cuentas. Pero en donde a nadie se le ocurre no correr en cuanto llega una urgencia. Lo que para nosotros es lo normal, aquí tristemente es lo excepcional.
En el hospital, cada mañana empezamos el día con una oración seguida del reporte de la guardia. Hay días en que se te encoge el corazón al escuchar casos de niños que fallecieron a las pocas horas de hospitalización, ingresados por un paludismo grave complicado ya con una anemia severa. Un paludismo (malaria) que, cogido a tiempo, el tratamiento son 3 días de pastillas, pero sin tratar puede llevarte a la muerte. Impacta muchísimo escuchar a esas madres decir que no habían venido antes porque no tenían dinero, porque pensaban que, si no pagaban, no íbamos a atender a su hijo – como sucede en casi todos los hospitales. Y ya cuando lo tuvieron de poco les sirvió.
Impacta también cuando ves salir gente de las consultas con las órdenes de análisis de laboratorio, rayos, o cualquier estudio y lo primero que hacen es preguntar cuánto cuesta para calcular si lo pueden hacer o lo dejarán para otro día (o para nunca). Pasa esto ¡hasta en la puerta del oftalmólogo!, donde descubres que no todo el mundo puede permitirse alegremente necesitar gafas.
Dentro de esta realidad – en nuestro hospital -, no todo es negro. También hay muchas buenas noticias y motivos de alegría. Es genial cuando alguien que acaba de recibir el alta médica se toma un buen rato en buscar a los médicos, enfermeras, hermanas… para darles las gracias por cuidarlo y por interesarse en cómo está a todos los niveles. Cuando la gente pasa por la caja y confirma que todos los servicios tienen un precio muy justito, con el que queda claro que la prioridad es la salud y no el negocio. Cuando algún espontáneo te da efusivamente las gracias por el pasillo porque le habías ayudado a encontrar la consulta que buscaba. Mis favoritos (si es que se puede decir así) son quienes entran por urgencias y cuando están ya fuera de peligro se desviven por dar las gracias por haber salido a atenderlos a la misma puerta antes de cobrarles. Las caras de alivio de quienes salen de la oficina de la trabajadora social suelen ser también geniales…. Y las de los familiares de quienes están ingresados en San Rafael (cuidados paliativos), que son una mezcla agridulce entre dolor y preocupación y tranquilidad de sentirse cuidados y acompañados.
Queda claro que la salud es un lujo y no un bien universal como debería de ser. Dentro de esta dura realidad, la buena noticia es que hay brotes de esperanza y que estos son vistos y reconocidos por mucha gente. Lo que queda es seguir dando pasos, y sobre todo no desistir. Qué bonito sería que los principios del juramento hipocrático que todo médico realiza fueran interiorizados no sólo por los profesionales sanitarios (sobre todo los que hablan de la dignidad de las personas y la prioridad de la salud de los pacientes), sino también por los responsables de las instituciones públicas, pues son quienes, a fin de cuentas, quienes en primer lugar anteponen el dinero a la salud.
Mónica Marco
