Opinión

Resucitó, la piedra removida

Pensaba estos días antes y después de la Semana Santa con tantas imágenes que procesionan por las ciudades o que se resguardan de la lluvia que hay un culto  excesivo a la imagen en nuestra sociedad. Nos asusta el vacío igual que el silencio. Las redes y los medios digitales lo han exacerbado desde el selfie hasta la imagen de una nevada, una tropelía cualquiera, tragedias y guerras que se actualizan instantáneamente en las noticias.

Desde aquel famoso eslogan de una imagen vale más que mil palabras, las imágenes se han multiplicado y banalizado de tal manera que realmente no nos impresionan ni nos conmueven y vacían de sentido el esfuerzo imaginativo que se hizo a lo largo de los siglos en el arte: paredes, lienzos, pinturas y esculturas. No comparto ese culto a la imagen y mucho menos y, es el caso sobre el que quiero reflexionar aquí, de la imagen religiosa fuera de contexto o jaleada en la calle. Si en otro tiempo esta fue foco de atención para la catequesis o la homilía hoy no lo es, cuando el museo ha reemplazado a la iglesia, y el escaparate al altar.

Pero como no queremos renunciar al prurito de la emoción superficial pseudoestética, pues allá vamos, de ciudad en ciudad, enfebrecidos por la movida procesional turística. Llegada la semana santa se pasean y se exhiben por doquier las imágenes del dolor sagrado, de la gran humillación de la pasión del Cristo, al tiempo que ignoramos por unos momentos los dolores y pasiones de nuestros semejantes.

Mi atención se desvía agriamente de este fuera de contexto, fuera del templo, fuera del corazón recogido, fuera de la adoración, y así la imagen que menos me gusta es aquella a la que hallo menos sentido: la imagen del resucitado. Es cierto que hay bellas esculturas y pinturas que lo representan, pero dudo de su valor litúrgico y catequético.

Excusándome por todo lo que antecede os comparto, sin embargo,  mi preferencia por las imágenes del crucificado que guardan todavía una fuerza dramática y existencial, un desgarro carnal,  por decirlo de algún modo, capaz de trascender quizá la mera emoción estética, o de conmover en un rincón perdido de una iglesia rural, de una ermita, de una cabaña medio derruida en la selva; cuanto más pobre y más roto el crucificado se me antoja más auténtico. Cuanto menos gente lo contempla, la esperpéntica imposición se retira dejando lugar al vaciamiento que supone un  viacrucis sencillo o la procesión popular.

El resucitado, sin embargo, sobrevuela las ciudades en visiones apolíneas absolutamente contrarias y alejadas de los evangelios. Podemos leer despacio y comprobar que efectivamente al resucitado tal y como se le representa en esa especie de salto atlético sobre la tumba no se le vio, así como sí pudo ser  contemplado largamente el escarnio de la cruz.

El resucitado es ante todo una realidad experiencial y teologal de una existencia incorporada al misterio de la fe de aquellos que lo amaron y sufrieron con él. Al principio no lo reconocieron los que se dejaron acompañar en la oscuridad y el desencanto del camino de Emaús, o la que suplicara al confundirlo  con el cuidador del jardín, o el momento en el que creían ver a un fantasma al otro lado del lago, o cuando traspasando las puertas cerradas, iluminó su miedo desde el costado herido.  Aquellas que se sorprendieron junto a una tumba vacía con el vértigo todavía de la noche oscura, con la boca seca y el aliento entrecortado de la carrera para venerar y perfumar  el cuerpo muerto, el cuerpo tan amado, son testigos de un vacío, piedra removida, que cala muy hondo, y que van a tener que explorar volviendo a recorrer el camino de Jesús.

Lo que entendemos propiamente por ver a alguien, ver al otro en su presencialidad mortal hic et nunc  no parece que se encuentre en los evangelios como tal.  Se trata de una corporeidad difícil de explicar para teólogos y fenomenólogos. Un ser, el Cristo resucitado, que está ya fuera del tiempo y el espacio que nos gasta y nos consume. Por eso la imaginería del resucitado triunfante es quizá demasiado externa,  un tanto violenta en ese alarde de subversión triunfal y casi vengadora, en ese movimiento de dios griego,  cubierto en su pudibunda desnudez con este o aquel paño, que no mortaja.  No acaba de convencer cuando uno  trata de entrar en la contemplación del misterio Pascual.

El resucitado no es un cuerpo vestido o desvestido.  Adornado de velos púrpuras como si fuera a danzar  o volar sobre el fondo de una ópera profana, el resucitado es otro modo de ser y de estar en el mundo. Es el cuerpo Místico, el cuerpo del Hombre, el cuerpo del Mundo el cuerpo del Otro que se me revela en el misterio de su dolor,  que se me ofrece en la compasión de su herida,  que se me hace prójimo caído al margen del camino y apaleado de indiferencia. El resucitado ya no muere más, vive en todos esos medio muertos y la comunidad eclesial que los arropa y los cuida. Porque el resucitado ya no muere más no parece que le vaya mucho esa imagen olímpica, atlética,  esa imagen pre- adánica,  apolínea.  

Entiendo  más bien la resurrección como otro modo de incorporar la experiencia de la muerte y de la resurrección a nuestra propia vida, dejándonos interpelar más allá de victimismos, triunfalismos o visiones milagreras,  más allá de entusiasmos enfáticos que duran dos días,  o como mucho se alargan en la tarde  de Pascua,  pero luego pierden todo su fulgor. Así cuando llega Pentecostés ya tenemos de nuevo las puertas del corazón, de la imaginación y del entendimiento cerradas a lo que es la experiencia pascual, inseparable de la experiencia pentecostal o del Espíritu.

La piedra removida de la tumba vacía ha sido arrebatada y anegada enseguida por el mar de confusión, de ruido y de exaltada imaginación en que vivimos. Se guardan los resucitados de nuevo en claustros y sacristías, hasta la próxima primavera, nuestra sacrosanta pasión enmohecida de aburrimiento.

Sagrario Rollán