La Intolerancia de los prejuicios
Vaya por delante que igual fue todo tan sólo una suerte de casualidades. No siempre nuestras interpretaciones de los hechos se ajustan a la realidad. Pero también es cierto que en las ambigüedades y las zonas de sombra, en los relativismos y en los “quizás no fué así… esa es tu lectura… de ningún modo puedes interpretar eso…” se puede esconder la falsedad y la mentira. Y a veces, las casualidades, no existen.
Les pongo en contexto.
Una tarde de sábado quedo con un par de amigos a tomar algo. Hace bueno, las terrazas están a rebosar y se hace difícil encontrar un hueco. El siguiente paso es meterse dentro de un bar, pero oye, tampoco se hace fácil. Todo Madrid está echado a la calle, así que nos metemos en el primer sitio que encontramos con hueco en un par de mesas altas, sin fijarnos demasiado dónde entramos.
No les voy a engañar. Somos más bien de aspecto conservador en el vestir. Y sin darnos cuenta nos habíamos metido en un bar, digamos, de cariz más bien alternativo. Carteles antitaurinos y veganistas. Estética de los camareros con grandes cosas en las orejas, tatuajes, peinados que cuando éramos más jóvenes llamábamos medio punkis, ropas así como entre góticas y festivaleras. Pueden hacerse una idea.
Lo cierto es que entre que no había un hueco en ningún lado y que andábamos de conversación entretenida, pues tampoco echamos muchas cuentas del sitio. Era para tomar unas cervezas y ya.
Pero la espera del camarero a que viniera a preguntarnos qué tomábamos, que andaba de un sitio a otro, comienza a hacerse algo más larga de lo habitual. Pero ahí seguimos en animada charla y total, tampoco es que hubiera demasiada prisa.
Pero sigue sin acercarse. Y sigue. Y a lo mejor ya llevamos 15 minutos allí. O incluso más. Así que le llamamos nosotros.
Y hete aquí, que cuando se acerca nos pide disculpas pues no se había dado cuenta que la mesa en la que nos habíamos puesto estaba reservada, y él, olvidadizo, no había puesto marca ninguna para advertirlo a los clientes. Bueno. Somos tipos comprensivos y vemos que hay otra mesa también allí que está vacía y tampoco tiene señal alguna. Ay, no, disculpadme, pero también está reservada y también olvidé poner la placa.
Silencio. Silencio incómodo.
Y, nosotros que somos tipos pacíficos, de aspecto más bien conservador, comprensivos, aunque no estúpidos, pensamos lo mismo: nos acaban de echar de un bar. Algo que no nos pasaba desde seguramente hace veinticinco años. Y, por supuesto, de la manera más elegante que podemos, nos vamos. Donde no te quieren, mejor no estar. Últimamente se repite mucho esa idea.
Como decía al comienzo, quizás fue toda una serie de concatenaciones y casualidades, y pensar mal es un error, pero la percepción recibida más allá de las palabras pronunciadas, era la misma: nos echaban de un bar moderno, alternativo y progre, porque les resultábamos incómodos por nuestro aspecto o nuestra conversación o lo que sea…
Lo cual, más allá de una cierta indignación, sobrellevada con humor, al menos a mí me dejó un cierto poso de tristeza.
Tengo la sensación que es otra señal más de estos tiempos de polarización e intransigencia ideologizada, de absolutos y superioridades morales, fundadas tan sólo en prejuicios y en caricaturas del otro. Realmente me gustaría pensar que es toda la situación una suerte de casualidades, que no hubo mala voluntad, y que es todo fruto de la sugestión y la olvidadiza cabeza de un camarero saturado de trabajo, porque si no, lo contrario, sería aterrador.
Es como si estuviésemos poniendo muros entre “los míos” y “los otros”, como si no pudiéramos ni quisiéramos vivir con los demás, como si en mi imaginario social, político, cultural, no caben quienes no son como yo. No deberían estar quienes no piensan como yo. Lo peor es que, con tristeza y por desgracia, cada vez más casualidades apuntan ahí. Y más discursos.
Fray Vicente Niño Orti, OP
