Opinión

Una imagen, ¿vale más que mil palabras?

Me gusta escribir. Me gustan las palabras. Pero siempre he sido defensora de aquel proverbio que dice que «una imagen vale más que mil palabras». Hasta hoy. Creo que apuntaré la fecha de este día con la gran lección que acabo de aprender. 

Resulta que nos ha llegado una notificación de infracción de la DGT. Quienes me conocen saben que no acostumbro a saltarme las normas porque sí. Pero un descuido lo tiene cualquiera. He cogido el papel preguntándome en qué me habría despistado. Mi sorpresa ha sido mayúscula cuando he leído que se me acusaba de no llevar puesto el cinturón de seguridad. Imposible. Cualquier cosa, menos eso. He dado la vuelta a la carta y me he encontrado con la foto delatora. Sin duda: soy yo. Sin duda: parece que no llevo cinturón. Pero lo llevo. Lo llevo, como siempre, debajo del escapulario blanco que forma parte de nuestro hábito de monjas dominicas. He llamado a la DGT. He intentado explicarle cómo es nuestro hábito y en qué consiste el escapulario. Le he señalado la arruga que aparece en mi hombro izquierdo y que es prueba de que hay algo ahí. «No pongo en duda que dice la verdad, pero la imagen muestra a una persona que no lleva cinturón».

Cuando se lo he contado a una hermana, −que sabe que podré cometer infracciones, pero no esa− ha compartido su rabia conmigo y me ha comentado: «¡Imagínate lo que pasó Jesús, nuestro Señor!»

No he podido evitar pasarme la oración meditando en ello. Pensaba en la injusticia. En Jesús y en cuantos la sufren cada día: quedas indefenso, sin posibilidad de abrir la boca. Solo tienes tu palabra y tu conciencia frente a los fuertes, frente al testimonio de los que tienen el poder y los medios para hundirte. Tu vida, tu reputación, tus bienes –tus puntos− frente a quienes no se juegan nada y no tienen nada que perder. 

Pensaba, además, el escaso valor de las palabras. Según me ha comentado el agente que me ha atendido por teléfono, si pago inmediatamente puedo descontarme el 50% del importe, pero, si reclamo, renuncio a esa posibilidad. Por tanto, si presento alegaciones y no les convenzo, me toca pagar el doble. Qué dilema, ¿verdad? Cuando sabes que no mientes, pero es tu palabra contra la de ellos. Y ellos no saben que tú no mientes. ¡Qué poco valen las palabras! Quizá lo más sensato sería callar y pagar. Tú sabes que no es cierto, pero solo tú lo sabes. Y a ellos ¿les importa la verdad o les importa cobrar? Seguramente lo segundo. Y no hablo de la DGT.

Ahora que existe la IA he empezado a desconfiar bastante más de las imágenes, pero, si hace unos años me hubieran enseñado algo tan evidente, hubiera sido la primera en denunciar la infracción. Solo porque soy yo y sé la verdad que hay detrás –o debajo del escapulario− puedo darme cuenta de que las imágenes también engañan o, al menos, no son pruebas irrefutables. Los sentidos engañan y quizá los estemos absolutizando. Me pregunto si alguna vez habré creído antes mi percepción de los hechos que la versión de la persona protagonista; si habré condenado por mis sentidos antes de creer a alguien; si habré aplicado en mi lógica aquello de: culpable, mientras no se demuestre lo contrario. Creo que desde hoy seré bastante más escéptica ante lo «evidente».

Pienso, también, en el inmenso amor que Dios nos tiene, que nos devuelve la inocencia sabiendo –Él sí−, que somos culpables. Y paga el precio de nuestra infracción, asume el costo y la pérdida de puntos, siendo, como es, el único realmente Inocente. 

Sor Teresa Cadarso, OP