Opinión

Inconformistas

Dicen que la primera Navidad en el convento es la prueba del algodón de una vocación. En mi caso debo reconocer que la prueba comenzó con el Adviento. Entre la austeridad monástica, la falta de contacto con el exterior y el clima de silencio que me envolvía, se me hizo muy duro tachar esos días en el calendario sin escuchar ni un solo villancico ni comer un trozo de turrón. Nunca había sido especialmente navideña y la decoración de espumillón, purpurina y verde no eran lo mío. Sin embargo, me resultaba muy extraño recorrer las estancias de la que era mi nueva casa sin una sola referencia al Niño Dios, las ovejas o los reyes magos.

Expectante y sorprendida, asistí después a las carreras del 24 por adornar cada esquina y cada rincón. Disfruté de todo el turrón, mazapán y polvorones que se habían ido guardando hasta el 25. Y canté villancicos nuevos y hasta me lancé con alguna pandereta. Porque la cuestión no era que las monjas no celebraran la Navidad, sino que, precisamente porque la querían vivir en toda su profundidad, procuraban guardar y alimentar el tiempo de la espera.

En el plano afectivo fue una experiencia dura, porque una echa de menos su casa, a los suyos, y sus tradiciones –aunque sea perder al trivial en las largas sobremesas o separar la fruta confitada del roscón que no te gusta−, y todo sería más fácil de soportar si no hubiera vacío, silencio, y ausencia. Pues, como reza un himno de adviento: Si el silencio madura la espera, el amor no soporta el silencio. Pero mucho más que un ejercicio de ascesis y un examen vocacional, fue una lección magistral que me enseñó el valor de la espera.

A veces se tiene la idea de que esperar es la opción fácil, la de aquellos que no se involucran. Pero en ocasiones lo natural –lo más fácil− sería la huida, la evasión o el engaño: «El optimista se construye un lugar seguro dentro de una celda, pinta de azul celeste el interior de los muros, cierra la puerta herméticamente y afirma estar en el cielo» (D. H. Lawrence). Otras veces esperar se identifica con la actitud derrotista del resignado: ¿qué remedio? Pero incluso cuando ya no se puede hacer nada más, esperar es una decisión libre a la que se puede renunciar. No se espera por inercia. Aún más, no solo se trata de una elección consciente, sino que, en ocasiones, esperar es una actitud contracultural. El recién nombrado cardenal, Fray Timothy Radcliffe O.P., utilizó precisamente la imagen de la espera para hablar de los monjes/as: «La vocación que saca más radicalmente a la luz esta apertura del futuro es la de los monjes y monjas contemplativos. Su vida no tiene ningún sentido si no están en el camino del Reino. (…) Los monjes están allí, es todo, y su vida no tiene ningún sentido sino es anunciar el final de los tiempos, este encuentro con Dios. Están como esas gentes que esperan la parada del autobús. Sólo el hecho de que ellos estén allí indica que el autobús debe llegar con toda seguridad».

Esperar, hoy en día, puede ser todo un atrevimiento, un testimonio, una protesta, una revolución. Porque es confesar que te falta algo o Alguien. Es reconocer que no te bastas a ti mismo. Es acoger la incertidumbre que no controla todo. Y ¿qué espera el que lo puede todo? ¿Qué anhela el que compra lo que quiera y posee a quien le gusta? ¿Queda algo por alcanzar a quien se cree señor del universo? Esperar nos pone en nuestro sitio –el protocolo enseña, por ejemplo, que los Reyes nunca tienen que esperar, a no ser que haya alguien de categoría superior−. Esperamos porque no somos los reyes del mambo. Estar a la cola nos pone en igualdad de condiciones que aquellos que nos rodean.

Y, al mismo tiempo, esperar es toda una osadía. Es afirmar que no todo depende del esfuerzo, pero también es creer que aquello que se nos escapa es posible. El que espera es un inconformista: cree que las cosas, la vida, el otro puede ser mejor. Y eso es una elección. A veces supone exponerse a la decepción. Y todos sabemos que mejor es conformarse con lo que hay y lo que somos que salir herido en la desilusión. La vida es así. Nadie es perfecto. Son frases que se escuchan y uno se repite; detrás de las cuales asoma una temerosa resignación. Mi mente quisiera adoptarlo como filosofía de vida, pero mi corazón no concibe amar sin espera.

Si cometiera un acto cruel o inmoral y mis padres, al enterarse, no mostraran ninguna decepción ni sorpresa, ¿no me dolería aún más que si me recriminaran con aquello de “no nos esperábamos esto de ti”? Los únicos que no nos defraudan son aquellos cuyas existencias no nos afectan. Del vecino del quinto al que no conozco y cuya vida apenas me importa no espero demasiado. La desilusión o decepción por aquel al que amo y no llega o no corresponde es la señal inequívoca de que no me da igual. ¿No es la indiferencia mucho más triste que la decepción? Goethe decía que «Cuando aceptamos al hombre tal como es, lo hacemos peor; cuando lo aceptamos como si fuera ya lo que debería ser, le ayudamos a serlo» y quizá esa sea la lógica del amor. Dios nos quiere como somos, pero nos sueña mejores, escuché una vez a un predicador, porque la espera –de alguien o de algo− es la primera consecuencia del amor más genuino. Esperar en una persona –o a alguien− es decirle: Te quiero, te necesito; y también: sé que puedes y quieres corresponder a este amor.

Optar por esperar es abrirse a una posibilidad que nos supera y consentir en creer en quien la realiza. El adviento es la audacia de un corazón que no se conforma con la experiencia de Dios que ya tiene, sino que, precisamente por lo que ha vivido, se atreve a anhelar más. Es el ejercicio que estira la capacidad de desear, para que Dios colme a su medida: «Supón que quieres llenar una bolsa, y que conoces la abundancia de lo que van a darte; entonces tenderás la bolsa, el saco, el odre o lo que sea; sabes cuán grande es lo que has de meter dentro y ves que la bolsa es estrecha, y por eso ensanchas la boca de la bolsa para aumentar su capacidad. Así Dios, difiriendo su promesa, ensancha el deseo; con el deseo ensancha el alma y, ensanchándola, la hace capaz de sus dones» (san Agustín). Esperar es la osadía de quien se implica con el mundo, porque su Dios se ha hecho hombre, pero no pacta con la mundanidad, porque su Reino no es de este mundo. Vivir el adviento es tomar conciencia de lo absurdo de nuestra existencia sin Dios y lo esencial de su Presencia en nuestras vidas. Es gustar y también sufrir el silencio, el Suyo y el nuestro, para valorar su Palabra y que nuestro canto no sea una simple costumbre –ahora toca villancicos, mañana lamentaciones−, sino un grito de alegría sentida. Es soñar con los ojos de la fe y dejar de hacer un dios a nuestra ridícula medida.

Sor Teresa Cadarso, OP