Los lugares a los que escapamos
Leía hace poco que muchos problemas se resuelven cuando uno se aleja del ruido y escucha lo que tiene que decirle su propio corazón. Y yo pensaba entonces en algo a lo que llevo dándole vueltas algún tiempo: esos refugios a los que huimos cuando el mundo pesa demasiado.
Son lugares escondidos, secretos, que solo cada uno de nosotros conoce, allí donde somos capaces de acallar la mente y recomponer el espíritu. Es en esos momentos de recogimiento donde se es uno mismo de verdad, en los que se muestra el yo auténtico, quienes somos realmente cuando nadie nos ve.
Sirven para parar, echar un vistazo alrededor, hacer silencio y contemplar. En realidad, quizás ni siquiera sean lugares físicos. Puede que sea esa persona con la que pensar en voz alta, sin preocupaciones, sin tapujos. Ese recuerdo, lejano, brillante, en el que las voces suenan con eco y los rostros sonríen más, de un tiempo que se nos hace más feliz. Ese sueño que te mantiene esperanzado y despierto por las noches. Una foto escondida en lo profundo de la cartera, un libro heredado, palabras susurradas al oído aquella noche de verano, un jersey deshilachado que aún permanece en el armario.
El caso es que estos “lugares” no juzgan, no preguntan. Se limitan a ser, a estar, a escuchar y sujetarte cuando da la sensación de que te caes. A abrazarte cuando sea necesario. Viven dentro de cada uno, efímeros y eternos a la vez, guardados delicadamente en lo profundo del corazón, reservados únicamente a uno mismo (y al Padre).
Pero ojo, no son lugares en los que permanecer por mucho que algunas veces lo deseemos. Deben ser solo de paso, como un oasis en medio del desierto. No pueden, por tanto, ser un impedimento para seguir caminando. Porque nadie se queda a vivir en una estación de servicio, no tiene sentido, pero desde luego que el viaje sería mucho peor sin una paradita de vez en cuando. Es verdad que son siempre más cortos y efímeros de lo que nos gustaría, pero la mirada hay que mantenerla en el horizonte, en lo que hay más allá, fija en aquello que nuestra vista aún no alcanza.
Yo, que nunca le vi demasiado sentido a aquello de “lo bueno, si breve, dos veces bueno”, admito que tendemos a dar por hecho ciertas cosas cuando se convierten en la norma. Porque cuando explotas algo demasiado deja de ser extraordinario para pasar a formar parte de esa rutina automática en la que todos estamos envueltos. Y si nos quedamos a vivir en esos lugares a los que escapamos corremos el riesgo de dar la espalda a la realidad. Así que lo dicho, cuidado con convertirlos en un obstáculo en el camino. Pero, por encima de todo, cuidado con olvidar la necesidad que tenemos de, de vez en cuando, fugarse un ratito.
Elena Martín Tascón
