Opinión

Solo Dios, y basta

Hace unas semanas me escribió una amiga que da clases en un instituto, y me pidió si podía responder a la pregunta “¿Por qué te hiciste monja?” para los chavales de ESO. No estaba yo muy convencida de saber responder, pero lo intenté. Mi inquietud no se debía tanto a la preocupación por saber llegar a los destinatarios de la pregunta –un público complicado para temas tan trascendentales−, como al simple hecho de tener respuesta.

Simplificando, y al mismo tiempo, complicándome mucho, les dije que un día me había planteado si era verdad que Solo Dios bastaba. Y que, de ser cierto, yo quería vivir solo de Él. Pues no podía quedarme tranquila con la opción, también posible, de que aquello fuera verdad y no repercutiera en absoluto en mi vida diaria.

Bastantes años después, este 15 de octubre en una conversación con un hermano que desconocía esta inquietud mía, me preguntó inocentemente: ¿Y qué opinas? ¿Solo Dios basta? A lo que hice silencio. Y cuando iba a abrir la boca, coincidimos en decir a la vez: Depende. Como aquella canción: ¿de qué depende? de según cómo se mire todo, depende.

No es escepticismo. Tampoco relativismo. A lo que nos referíamos, y de ello continuamos hablando, es que todo dependía de lo que quisiéramos decir con la palabra “Dios”. No negábamos que solo Dios bastara, pero sí debíamos reconocer –al menos yo− que muchas veces había sido falsa mi idea de lo que suponía creer que solo Dios bastaba. ¿De qué dios hablaba? ¿qué significaba solo Dios? ¿y qué entendía por “bastar”?

Hace tiempo que considero que la vida espiritual consiste precisamente en esa purificación de nuestras ideas sobre Dios y sobre nosotros mismos. Algo que ya he dicho por aquí en más de una ocasión. Que avanzar en el camino hacia Dios no creo que sea alcanzar tal o cual grado de perfección, sino consentir en el desgarro que nos deja en la desnudez y en el no saber más absoluto en el que podemos adorarlo –«El no saber es diferente de la ignorancia. En el estado de sagrado no saber, la mente no se ha quedado vacía, sino que está llena de asombro y de alabanza» −. Despojarnos de las propias seguridades, convicciones, prejuicios y estereotipos. Doblar las rodillas y reconocer que yo no me basto. Inclinar la cabeza y darme cuenta de que progresar no es dominar con mayor precisión, sino crecer en la libertad del desprendimiento. No sé mucho sobre la mística renana, pero nuestros hermanos dominicos del siglo XIV insistieron precisamente en que el mayor impedimento para la unión con Dios eran nuestras ideas sobre Él: Dios mío, líbrame de mi dios, rezaba el Maestro Eckhart. Es el proceso íntimo y doloroso que vivieron los apóstoles. Aquellos que esperaban un libertador y debieron contemplarlo cautivo. Los mismos que le pidieron un sitio a su derecha e izquierda de su trono, y fueron llamados al martirio. O lo que Pablo d’Ors pone en boca de Charles de Foucauld: «Lo más desconcertante de Dios es que cuando el hombre lo deja finalmente todo para vivir en su intimidad, Él finge estar ausente y no te dirige ni una mirada. A quienes se deciden por Él, Dios se les llega a hacer tan silencioso y lejano que se sospecha, con el corazón lacerado, haber sido víctimas de un engaño».

El ser humano no soporta la incertidumbre –y no solo las personalidades maniáticas−. Ante lo desconocido nuestras defensas fallan. Cuando el Otro se sale de nuestras etiquetas y clasificaciones, descubrimos nuestros límites. Tenemos miedo. Necesitamos controlar, acotar, definir, encasillar y dominar.  Lo intentamos con todo, incluido Dios. Y, entonces, ya no es Dios, como dijo san Agustín. «Querido amigo –pregunta también el místico dominico Eckhart−, ¿qué daño puede hacer dejar a Dios ser Dios en ti? Sal completamente de ti por amor a Dios, que Dios sale por completo de sí por amor a ti» y comenta Janet P. Williams en su “Introducción a la espiritualidad apofática cristiana”: «Eckhart se lamenta de que nuestra religiosidad tiende a envolver a Dios con más y más capas. Así, en realidad, no es la fe que parece ser, sino una manera de evitar el riesgo del encuentro con Dios, domesticándolo y reduciéndolo a algo controlable. Nuestra capacidad de autoengaño es enorme. Eckhart insiste en que no solo tienen que desnudarse nuestro amor, nuestra voluntad y nuestros apegos, sino sobre todo nuestra mente. Cualquier idea o imagen mental de Dios puede ser “tan grande como Dios porque se interpone entre tú y la inmensidad de Dios”» (Un Dios que es siempre más).

Hay sufrimientos que hacen pedazos nuestra imagen de dios. Y, como hizo Moisés con el pueblo de Israel, hay decepciones que nos hacen tragar el polvo de nuestros ídolos. Durante años mi trato con Dios tenía un alto grado de chantaje como último recurso ante lo que me parecía inevitable. Está bien, coge eso si te parece, pero no me quites esto otro. Pasaba de un clavo ardiendo a otro, preocupada por el momento en que también aquello fallara, y enfadada con el Culpable de continuas renuncias robadas. Hasta que comencé a creer que el regalo podía ser precisamente el desgarro. Que su amor se manifestaba cada vez que hacía pedazos mis diosecillos para que me encontrara con Él de verdad. Que san Pablo no mentía cuando preguntaba: ¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?;Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Y que quizá mi error estaba en lo que había interpretado que significaba “vencer”.

Hace unos días leí –no recuerdo dónde− que la Virgen María permaneció al pie de la cruz porque sabía que Jesús resucitaría al tercer día. Pero a mí aquello no me convenció en absoluto. Me cuesta creer que la fe sea cuestión de esperar en un futuro mejor y no de permanecer confiando aún en medio de un presente oscuro. Creo que María, como madre de los creyentes, conservó la fe en su Hijo, que era Hijo de Dios. Pero no puedo imaginar que esto signifique que ella tuviera la visión o el conocimiento de un futuro mejor. Creo que ella conservó la humildad de quien era la Esclava del Señor. Que no entendió, no supo tantas cosas y sufrió como los demás, pero no consintió en escandalizarse del Dios que un día le había prometido que lo que nacería de ella sería Hijo del Altísimo. Se dejó despojar de sus ideas sobre lo que aquello significaba, guardó silencio, oró, quizá también preguntó al Cielo. Y esperó. Permaneció en la hora de la oscuridad, creyendo que la oscuridad no significaba ausencia ni vacío.

Temo que algunos de mis lectores me contacten para preguntar si estoy en crisis o qué me pasa que ando tan pesimista. También es posible que algunos me digan que esto no son escritos para un blog de internet, que nadie lee estos contenidos ni se plantea estas cuestiones –¡qué mal se me daría ser promotora vocacional! – Y puede que haya una mayoría a la que este escrito le resulte ajeno. Pero también sé que en el anonimato hay quienes viven el desconcierto por un Dios que no tiene nada que ver con lo que habían imaginado. Para ellos termino con una afirmación. Y es que sigo creyendo que solo Dios basta. Pero esa experiencia no coincide en absoluto con lo que pensaba que sería. Debo puntualizar, además, que Dios puede bastar sin ser monja de clausura y que se puede ser monja y que dios no te baste. Y, sobre todo, que me da la impresión que de nosotros depende lo de ir quedándose en el “Solo Dios”; y en sus manos está que un día diga, y nos haga gustar del: “basta”.

Sor Teresa Cadarso, OP