Santidad: en cuestión de «frociaggine», lo justo
A estas alturas imagino que todos hemos leído o escuchado algo sobre la desafortunada expresión que el papa Francisco, días atrás, ha dicho en presencia de obispos italianos. Una expresión que, por decisión personal, no pondré en castellano en este texto. He de decir que cuando leí la noticia pensaba que era uno de esos «fakes» que tan de moda están últimamente. Pero no. En cuanto vi que el L’Osservatore Romano del pasado día 28 -si alguien no lo sabe es el periódico de la Ciudad del Vaticano- publicaba las disculpas del Papa por si la expresión había podido ofender a alguien, me convencí de que efectivamente la había dicho. Y está bien que se haya disculpado, en tanto que aceptar que ha cometido tamaño error le honra. Porque lo que ha dicho así, tan a la ligera o precipitadamente, ha herido sensibilidades. Ahora bien, no se ha retractado. Y para mí aquí está lo preocupante. Porque esto quiere decir que el actual Obispo de Roma estima que no «todos, todos, todos» (modo irónico off) pueden renunciar absolutamente a todo y apostar por una vida de entrega y servicio siendo presbíteros.
Y es que según se puede leer en las noticias que se han hecho eco de este asunto, aquellos que descubren o sienten la belleza humana más en lo masculino que en lo femenino no pueden recibir el Sacramento del Orden Sacerdotal. Y esto es así dado que al parecer son propensos a mantener dobles vidas. Y ya les digo yo que dobles vidas (dentro del mundo eclesial masculino y femenino) abundan y las hay de todo tipo. Así pues, estimo que esta cuestión no debería quedar reducida a la heterosexualidad u homosexualidad del individuo, porque seguiría estando en el trasfondo del discurso una opción sucia y otra limpia. O dicho de otra manera: una amparada por el demonio y otra bendecida por Dios.
Pero no es de dobles vidas de lo que quiero hablar ni de crear morbo hurgando en cuchicheos que lo único que consiguen es deformar la realidad. Es un tema lo suficientemente serio como para divagar y reducirlo a «frociaggine». Soy de los que opina que toda vocación es un misterio y como tal hay que afrontarlo. Por ello, la orientación sexual no puede ser una invitación a renunciar a un propósito de vida. Porque lo que está en juego no es una cuestión de preferencia sexual. No seamos tan cortos de miras. Es algo de mucha más altura y profundidad dado que nos encontramos ente una cuestión de fe. ¿No nos damos cuenta de que seguimos poniendo etiquetas a las personas, y según la etiqueta que se tenga eres bien recibido o no? ¿No nos damos cuenta o no queremos darnos cuenta, de que es cierto que existen personas absolutamente honestas, sinceras, trasparentes y consecuentes con sus decisiones capaces de seguir creando más mundo en el mundo desde el Evangelio, independientemente de su condición sexual? ¿No nos damos cuenta de que a veces ciertas opiniones eclesiales pueden llegar a rozar la antropofobia? Es cierto, y obviarlo sería un error, que no todo el mundo vale para ser presbítero. Como no todo el mundo vale para médico o sepulturero. Porque quien aspira tan solo a jugar a decir misas y hacer procesiones; o se cree que esto es una cuestión «fashion week; o argumenta que todo, absolutamente todo está justificado por la fe se ha equivocado de sitio. Y cuando se dan estas situaciones, que se dan, lo sensato y honesto es indicarle de la manera más fraterna y amable posible, que su felicidad no está en esa realidad. Que ha de apostar y arriesgar y buscar la dicha donde su corazón le lleve y donde le haga vibrar y sentir como ninguna otra realidad lo hace. Pero si su ser más auténtico lo encuentra en una entrega sin condición alguna por y para el Evangelio, no debe verse privado de poder tener la oportunidad de seguir adelante con su vocación de presbítero… aunque la Cuarta Vía de Santo Tomás la comprenda mejor contemplando lo masculino.
Parece mentira pero es cierto. A estas alturas de nuestra historia cuesta mucho asumir eso del sacramento del prójimo y el asunto de aprojimarse. Aunque lo más costoso es profesar que en todo lo humano -en todo, todo, todo- se pone de manifiesto lo divino. De modo, que hasta nuestros pecados más gordos son condición de posibilidad de la Gracia (San Pablo dixit). Pero quizá sea tan costoso porque nos da miedo que al abrazar de manera compasiva a quien nos descoloca y altera, nos veamos reflejados en él. Así pues, hasta que no sintamos que la ley más divina y humana que existe es aquella que tiene su origen en el rostro del otro, sea quien sea y como sea, el mundo -y por ende la Iglesia institución en tanto que forma parte del mismo- seguirá de «frociaggine» en «frociaggine».
Fr. Ángel Fariña, OP
