Religión

Poner el Cuerpo

La corporalidad es un tema recurrente del pensamiento y de la filosofía. Cuando nos preguntamos por la persona humana la primera constatación es la masa de carne y huesos que somos y la pregunta siguiente es cómo el “amasijo de cuerdas y tendones”, parafraseando a Silvio, es capaz de tanto. El cuerpo y sus posibilidades, su lugar dentro de la comprensión de lo humano, sigue siendo un ámbito a seguir desentrañando.

En la Iglesia celebramos con gran alegría la fiesta del Cuerpo de Jesús, y en ella siempre celebramos la proximidad y la presencia fiel de Aquel que decidió quedarse con nosotros. Y es que la proximidad y la cercanía siempre fueron sus modos de relacionarse y de entender el cuerpo, como nos lo narran los evangelios.

El tocar, el cuidado, la intimidad, expresados en el cuerpo de Jesús llegan a su culmen en la última cena. En esta entrega el cuerpo adquiere nuevos alcances. La entrega de Dios a la humanidad, su afán de vincularse con toda persona, se expresa en el gesto de Jesús: “se lo dio… se derrama por todos”. El cuerpo se transforma en entrega, apertura.

Este misterio lo vivimos en cada celebración eucarística, en dónde nos unimos a la entrega del Maestro. Mediante el Espíritu que vivificó la fragilidad de la carne de Jesús hasta la donación, los creyentes somos unificados y prolongamos esta misma entrega. Somos el Cuerpo de Cristo y por lo tanto, sacramento de su proximidad, de su cercanía para con todos.

Por eso estamos llamados a la adoración y a la reverencia, pero también a buscar las formas de realizar lo eucarístico en nuestra vida. El Cuerpo de Jesús está vivo y lleno del Espíritu, unificándolo en comunión, que ante todo es la red de vínculos que hacen la comunidad. Viviremos lo eucarístico en la medida en que nuestras relaciones, sobre todo eclesiales, estén marcadas por la escucha, el diálogo y la cercanía.

El Cuerpo de Jesús que somos cada uno y entre todos los creyentes, se realiza en la vida partida y las alianzas que celebramos en lo cotidiano. La sinodalidad nos recuerda que en la comunidad creyente todos necesitamos de la entrega de los otros y nadie se basta a sí mismo. ¿Cómo vivimos la cercanía y la proximidad de Jesús en nuestro cuerpo? ¿Reconozco que necesito de mis hermanas y hermanos para ser el Cuerpo de Jesús? Que esta fiesta nos recuerde que el amasijo de cuerdas y tendones que somos está llamado a la donación y a la alianza ¡Feliz fiesta del Corpus!

fr. Ignacio Castro Ortega op