Opinión

Abrir boquetes, y lo que haga falta…

El título tenía bastante buena pinta: Teología de la comunicación en clave dominicana. Era una de las últimas asignaturas que formaban parte del curso en “dominicanismo” en el que me había matriculado aquel año. El profesor que la impartía me parecía el más indicado para ella: Fr. Felicísimo Martínez O.P. Pero el trabajo que había que presentar me resultaba desafiante, aunque luego fue sumamente pedagógico: debíamos elaborar tres homilías. Acostumbrada a escuchar –y comentar, opinar, y criticar– la predicación de mis hermanos, de no ser por aquel ejercicio, creo que nunca me hubiera puesto en el lugar del predicador. Uno de los enunciados pedía escribir una homilía en la que apareciera claramente la implicación del predicador como creyente, como testigo de lo que está predicando.

Ya con anterioridad me había preguntado en más de una ocasión la relación entre predicación y experiencia. Predicamos desde lo que vivimos y, si no, nuestras palabras están vacías: no logran transmitir nada si no se creen lo que están diciendo. Pero predicamos mucho más que nuestra pobre, limitada y subjetiva experiencia. Se predica como creyentes. Pero la predicación no se reduce al testimonio. Somos testigos de lo que hablamos, pero la Palabra nos supera. Así que, aunque aquello parecía de un nivel elemental, a mí me resultaba complicadísimo. Después de mucho discutir conmigo misma opté por comentar la dimensión comunitaria de la fe a partir del pasaje evangélico del paralítico de Cafarnaúm (Mc 2,1-12.):

Llama la atención en este texto –escribía, allá por el año 2016– el silencio al respecto del primer beneficiario del milagro, y la concisa pero fundamental aclaración del evangelista: “viendo la fe que tenían…”. Nada dice el texto acerca de las disposiciones del aquel paralítico en cuestión: si les insistió él para que le llevaran o quizá, por qué no, hasta estaba disgustado de que le sacaran de casa y no quería reconocer su situación de enfermedad.

Es muy posible que vosotros, como yo misma, hayáis contado en vuestras vidas con personas de fe que os querían sinceramente, que os exhortaban a no dejar de buscar a Dios, personas que ante nuestra incapacidad respondieron con un “yo rezo por ti”; personas que siguieron creyendo cuando a nosotros nos parecía que era un absurdo.

“Y Jesús, viendo la fe que tenían”, -ellos, no nosotros-, tuvo compasión y se dirigió a nuestra miseria: “tus pecados te son perdonados; a ti te digo, levántate, coge tu camilla y echa a andar”. No importó lo cerrados que estuviéramos, lo imposible de nuestra situación o la escasez de nuestra esperanza, ellos siguieron esperando, ellos no nos dieron por perdidos, ellos siguieron invocando al Señor y presentándonos ante Él, muchas veces a costa de abrir boquetes y hacer auténticos malabares con tal de gastar hasta el último cartucho en su empeño por salvarnos.

¡Cuánto debemos a aquellas personas que, en los momentos más difíciles de nuestra vida, rezaron por nosotros, mantuvieron firme su fe y nos llevaron ante Jesús!

Es también una responsabilidad de la comunidad para con los hermanos que se encuentran en situaciones de lucha, de alejamiento, de no querer saber nada, de rebeldía por las circunstancias que estén viviendo o simplemente de apatía y desinterés. ¡Debemos cargar con ellos y llevarlos ante Jesús! ¡Como hicieron con nosotros! ¿Qué hubiera sido de nosotros si nos hubieran dado por perdidos? Es una responsabilidad que no debemos soslayar. Dios ha querido esta dimensión comunitaria de la fe y nuestros hermanos nos necesitan como nosotros a ellos. Que no tengan que decir, como el paralítico de Betseda: No tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua (cf. Jn 5, 7).

Abrí los ojos. Estaba en la cama. A medida que pasaban los minutos se evaporaban los efectos de la anestesia y el dolor me obligaba a volver a aquella habitación de hospital. Acababa de salir de quirófano. Era octubre de 2023. Mis padres y la M. Priora entraban y salían, alternándose para no dejarme sola y al mismo tiempo responder a las llamadas que recibían: Tienes a media España rezando por ti. Era exagerado, pero no repliqué. Sonreí. Días antes de la intervención había ido recibiendo WhatsApp llenos de cariño, asegurándome misas, rosarios y un aluvión de oraciones que debían estar bombardeando el Cielo en aquellos momentos que tanto había temido. No tenía fuerzas para nada. Ni para rebelarme, ni para llorar, ni siquiera para rezar. Pero supe que aquel abandono pacífico –y no desesperado– en las manos de Dios no era una consecuencia lógica de mi debilidad; no era sencillamente una capitulación. Y tampoco era una conquista de mi fe. Miré hacia arriba. Me vi rodeada de rostros llenos de preocupación y cariño y recordé aquella homilía escrita años atrás para un simple ejercicio académico:

¡Cuánto debemos a aquellas personas que, en los momentos más difíciles de nuestra vida, rezaron por nosotros, mantuvieron firme su fe y nos llevaron ante Jesús!

No eran mis esfuerzos los que estaban librando aquella batalla. No era mi fe, ni mis méritos, ni mi fuerza de voluntad las que me obtenían la paz en medio de la lucha. Ellos –mis hermanas, mi familia, tanta gente, todos vosotros– me cargaban sobre sus hombros. Abrían boquetes en el techo para hacer posible lo imposible. Creían más que yo en mi recuperación y en el poder de la oración. Y no dejaban de presentarme ante Jesús, para que yo no desfalleciera.

Predicamos desde lo que hemos vivido, es verdad. Pero no es toda la verdad. No siempre hay que ver para poder hablar. A veces el orden se invierte. En ocasiones precede la fe a la experiencia. Creemos esa Palabra. La acogemos. Dejamos que se encarne en nosotros y entonces un día, por pura gracia, la vemos cumplida en nuestra pequeñez.

Dedicado a todos los que habéis rezado y seguís rezando y cuidando de mí: GRACIAS

Sor Teresa Cadarso, OP