Opinión

Donde duerme el agua: Octubre

Cuatro son las fases por las que pasamos cuando una noticia nos desestabiliza. Primero el enfado. Luego la tristeza. Luego la desidia. Después la racionalización. Sólo en la cuarta se puede reaccionar con ecuanimidad ante los reveses. Pero hay que entender esa racionalización, no como mera frialdad de razones. Hay que darle el espacio a la dimensión emocional también en las decisiones.

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La recta intención en el juicio debería volver a recordarse como central en la toma de decisiones de cualquier ser humano. Tendemos -nuestro mundo, nuestro tiempo- a decidir desde las emociones y los sentimientos, somos demasiada subjetividad emotiva, y hay que volver a situar la razón recta, cierta y verdadera, en su lugar.

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Qué difícil es alcanzar los equilibrios en la vida. 

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El misterio de la fe y el de la muerte van de la mano como en una danza sin fin. Esas danzas medievales de esqueletos, tan de la peste negra, la claustra, el caos y la guerra del siglo XIV. En estos días me rodea un ambiente algo así. De desesperanza. De muerte. De que esto no tiene arreglo. De que lo que nos queda es danzar hasta que la muerte nos llegue y de considerar afortunados a los que se lleva la hermana muerte y no verán cómo todo se entenebrece más.

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Para pensar en la Esperanza, nada como leer a los Padres de la Iglesia. Orígenes, por ejemplo, nos recuerda en qué se sostiene la esperanza cristiana. La esperanza es muy distinta al optimismo, no se olvide. No es una ingenuidad ñoña que espera que todo acabe bien sea lo que sea lo que nos azota. No. A veces las cosas no acaban bien. A veces el dolor, la muerte, la oscuridad se enseñorean. El optimismo trata de minimizarlas. La esperanza las agota, las vive, las apura, incluso las abraza. Sabiendo que aunque la muerte llegue, hay una vida mayor que vence incluso a la muerte. La esperanza cristiana es teologal, cristológica y espiritual, y aunque cada una de esas claves tenga un correlato material e inmanente, sus sustento es siempre de orden divino.

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Vértigo es la sensación que trae el conocer que vidas que dejaste en un punto, un lugar, una opción, un trabajo, una vocación, de pronto te llega la noticia que ha mucho que cambiaron de rumbo. Como aquellas parejas que dejaste como novios y a los años conoces que están casados cada uno con otra persona y vidas hechas bien lejos de cuando tu las rozaste… Como aquellos religiosos o sacerdotes que ya no lo son y a los años lo conoces. Como aquellos que dejaron no solo el trabajo donde tu los viste, sino hasta de sector y de vida radicalmente distinta. Da vértigo esa sensación de mutabilidad, de inseguridad. Como si lo que alguna vez conociste no fuera válido ya. Y se extiende esa extraña emoción de que si hay cosas que cambian tan gruesamente, quizás es que todo puede cambiar, que nada permanece…

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Hoy murió Mendoza. Hoy M.J. ha tenido un accidente de coche. Hoy a X. le han dado un susto de angina de pecho. Hoy a A. le han dicho que su padre no puede seguir recibiendo quimio. Hoy he puesto a la comunidad por encima del trabajo. Hoy se ora por la paz en Tierra Santa. Y sólo es mediodía.

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Oí hoy por vez primera una tradición dominicana que dice que cuando la Virgen le entregó el rosario a santo Domingo, le dijo: siembras mucho y riegas poco… Y me he sentido profundamente reconocido.

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Paciencia. Tiempo. Memoria.

Recordar lo que hay en mi vida que quiero y me gusta y no quiero perder.

Respeto por lo que tengo, que hay que cuidar y no hacer daño.

Pensar en lo que no quiero que se pierda.

Y rezar.

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Hasta el momento de la muerte, todo fracaso es ilusorio. También todo éxito.

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Somos la sombra de la luz. Lo insondable se encuentra fuera de la ciudad.

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No caigas en la ira. Esta lleva a la crueldad y la injusticia. Combate el miedo que te lleva a la ira. No caiga en la inseguridad y la culpa que lleva al miedo. Confía. Espera. Ama. Únete a la presencia que sostiene cuanto existe. Sólo desde la paz alcanzarás la ecuanimidad y la estabilidad. Sólo desde la presencia viva sobrenatural se puede rozar el equilibrio.

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