Echarse al monte
Estamos cada vez peor. Y estamos cada vez peor, entre otras cosas, porque pensamos que estamos cada vez peor. Una de esas consecuencias es que últimamente oigo con mayor frecuencia aquello de «yo me voy al monte». El anhelo de muchos antes de nosotros de huir de la ciudad y retirarse del mundanal ruido, envidiando la feliz vida de aquel que habita entre pastos.
Desde una perspectiva cristiana, este razonamiento puede elaborarse muy fácilmente recurriendo a eso de la vida religiosa, del arquetipo del monje o del eremita. Pero, hoy en día, todo eso es principalmente una tentación.
Entre otras cosas, se trata de una tentación porque no parece sino una huida ante la imposibilidad de tener esperanza en lo presente, y desar únicamente que, cuando se acabe el mundo, uno se encuentre muy tranquilo alejado de la bomba nuclear plantando su huerto. Se trata de un pensamiento muy peligroso, especialmente por lo desesperanzado del mismo.
¿Significa eso que hay que quedarse allá donde es tan difícil ser feliz? Quizá sí, quizá no, depende de cada uno, mirándose a sí y a sus decisiones de manera honesta.
Solo digo que el criterio para tomar elecciones importantes en la vida debe sustentarse más en el ‘qué gano’ que en el ‘qué pierdo’. Ahí, sí, podemos valorar.
Es evidente que habrá personas para quienes el camino de vida consista en apartarse del ruido para, de alguna manera, entrar más en contacto con su yo interior o con Dios. Para la gran mayoría, la clave está en situarnos allá donde estemos, porque uno también puede echarse al monte y escapar de la vida y de su entorno en medio de la ciudad más atestada y bulliciosa posible. A veces, de hecho, así es más fácil, porque cuando uno pasea entre miles y miles de personas, nadie de esas le mira ni él mira a nadie de esas. Si se lo propone, se puede uno volver tan invisible en la más alta cima despoblada como en el paseo más abarrotado del país. Todo es cuestión de actitud.
Me niego a ceder ante la tentación del desertor.
Asier Solana
