Solidaridad

Contemplación desde Malabo con Thomas Merton

“El trabajo antinatural, frenético, angustiado, realizado bajo la presión de la avaricia, del miedo o de cualquier otra pasión desordenada, no puede, hablando con propiedad, ser dedicado a Dios, porque Dios nunca quiere tal trabajo directamente”

Así escribe Thomas Merton en el Libro de las Horas. Este libro que releo estos días desde Malabo mientras preparo unas charlas a propósito de los salmos y la liturgia  para el grupo parroquial de la adoración nocturna. En la misión de los dominicos aquí hago diferentes tareas, principalmente de pastoral y docencia. Muchas de estas actividades   no siempre están proyectadas de antemano para mí, tampoco se improvisan,  pero a veces  me salen al encuentro como invitación en una disponibilidad particular que es en la que he querido llegar al lugar donde me encuentro. El no saber  siempre lo que voy  a hacer el día siguiente,  salvo las clases que tengo asignadas en el colegio y en la Universidad, me hace reflexionar sobre el trabajo más o menos bien hecho, a contrapelo o en desgana, o como es el caso ahora en este voluntariado, en completa gratuidad. Por eso me ayuda a situarme esta reflexión de Merton, además de recordarme otros momentos difíciles de mi vida, hace ya 20 años, celebrando un congreso sobre el monje que llevaba por título Brillando como el sol, un brillo entonces para mi bastante oscurecido… y , sin embargo ahora, el viaje continúa, y se esponja el corazón en África. Algo que entonces ni hubiera soñado.

Por el contraste  de tales vivencias recuerdo  aquellos momentos, volviendo, como digo, a los  textos de Merton, que nunca han dejado de acompañarme, y aquí si,  en esta pura sorpresa, gratuidad, improvisación o disposición abierta a lo que salga , me encuentro devuelta a ese brillo del trabajo sin presión, de la labor hecha con alegría y agradecimiento porque aquí en la parroquia de los dominicos, por cierto con nombre carmelita: Santa Maravillas de Jesús, todo es gracia de encuentro,  un vivero de energías, de cantos, de extraordinaria acogida.

Pero entre todo lo que experimento a diario tengo que señalar que lo que más me gusta o, por mejor decir,  lo que más me centra y me sostiene en el ritmo  a veces desconcertante,  nunca rutinario, y de repente sacudido por increíbles tormentas,  o abrasado por un calor implacable, es el  amanecer siempre nuevo que se abre con la oración de la mañana,  cuando hago los laudes con las Martas en el templo y después asisto a la celebración de la eucaristía.

Pensando sobre todo esto y siendo invitada a encontrarme en un diálogo permanente con estas amables  gentes y a compartir un poco de formación con las  mujeres acerca de sus actividades  de rezos y devociones varias,  releo despacio el libro de la Liturgia de las horas.

Y me encuentro de repente una especie de espejo,  siempre he amado la liturgia de las horas. La he hecho en monasterios  cistercienses en el norte de España y benedictinos en el sur de Bélgica, o más recientemente en el desierto carmelita de San José de las Batuecas, en Salamanca, con el rumor del Valle y las melodías del bosque , que tan bien evoca Merton desde  la abadía de Getsemani.

Y he aquí que hoy rezo los laudes desde esta parroquia  en un barrio de la ciudad de Malabo de la isla de Bioko,  aquí en medio de las tormentas del océano Atlántico frente al continente africano. Entonces descubro una manera especial de vocación y de oración, una llamada en la que misión y contemplación se conjugan armoniosamente, un modo diferente  de realzar en lo cotidiano (no monástico) la novedad y la frescura del misterio de la creación y de la vida , por encima del desgaste y la ansiedad de tantas  rutinas que a veces nos trastornan. Sigo hilando con Merton:

Cuando hablo de vida contemplativa no me refiero a la vida institucional monástica, a la vida organizada de oración. . Estoy hablando de una disensión especial de la disciplina y la experiencia interiores, cierta integridad y plenitud del desarrollo personal, que no son compatibles con una existencia puramente externa, enajenada y sumamente ocupada. Esto no quiere decir que sean incompatibles con la acción, con el trabajo creativo, con el amor dedicado. Al contrario, todo esto va junto.

Lo que vivo en este lugar es todo menos rutinario, diferentes maneras de sentir y de estar, a veces un poco inconfortables, me ayudan a despertar y a desprenderme de prejuicios, los hábitos muy arraigados en ocasiones anestesian el sentimiento de la vida  como don. En este caso fuera del hogar, lejos de mi gente, teniéndome que acostumbrar y adaptar cada día al bochorno, a la tormenta,  al barro, al ruido, tratando de ubicar todo esto, se me abre a través de Merton esa dimensión solar,  contemplativa,  luminosa, reveladora, que todo lo transforma, desde la oración de los laudes.

Sobre las dificultades de la vida, las gracias y sorpresas que esta nos guarda en cualquier recodo,  en cualquier lugar del mundo, hasta entonces desconocido donde una ha decidido desacostumbrarse, impulsada por esa vocación misionera que celebrábamos el otro día con el Domund, el corazón ardiente y los pies en camino, celebramos, pues,  con Merton y con las Martas de la parroquia de los dominicos esta resurrección matutina:

A las cinco y media de la mañana estoy soñando en una habitación muy tranquila

cuando una suave voz me despierta de mi sueño. Soy como toda la humanidad

que despierta de todos los sueños

que fueron soñados en todas las noches del mundo. Es como el Único Cristo que despierta

en todos los yoes separados

que alguna vez estuvieron separados y aislados y solos

en todas las partes de la tierra.

Sagrario Rollán