Sabiduría popular
No consigo evocar un recuerdo sobre cómo aprendí a leer. En cambio, sí que retengo en la memoria los dos libros, con sus ilustraciones a todo color, que me acompañaron mis primeras letras; aquellos que cogía una y otra vez hasta que el sueño me podía y cuyos dibujos quedaron grabados al lado de cada nueva palabra que aprendía: Fray Perico y su borrico era mi favorito. El otro posiblemente fuera heredado, pero me encantaba. Se trataba de una recopilación de los 100 refranes más populares, su origen y sus explicaciones. Aquello era mucho más que cultura lingüística o filológica porque encierran una sabiduría que, por ser popular, conserva el sentido común y la experiencia de los años que los confirman.
He aquí una pequeña selección de mis preferidos o, mejor dicho, de aquellos que tengo más internalizados en mi pensamiento y manera de actuar:
Para discernir en primera persona:
«Obras son amores, y no buenas razones». Lo enumero el primero, aun siendo consciente de lo mucho que me deja en evidencia. Supongo que cuanto más tendamos a razonar, más necesitamos de esta verdad como horizonte de vida en el día a día. No lo interpreto tanto en el sentido del hiperactivismo voluntarista que tiene que estar en todo y siempre haciendo algo, como en el de saber callar las razones ante los juicios sobre nosotros: deja que hablen tus obras. Y si son de amor, descansa en Dios las interpretaciones que hagan.
«Mejor parecer tonto por callar que abrir la boca y confirmarlo». A riesgo de pasarse al extremo contrario, pero con la prudencia que aporta como norma general. Aprender a decir “no sé” antes que inventarse una respuesta. Aprender a escuchar, antes que a dar por sabida la lección.
«Por la caridad entra la peste». Porque es relativamente sencillo ser buena y ofrecer opciones admirables y generosas cuando no dependen de ti o no es responsabilidad de una. Se nos llena la boca de entregas generosas y caridad ejemplar, acusando de lo contrario o dejando en mal lugar a quien debe poner sentido común y tener en cuenta muchos más factores y aspectos que los que se ven. Aunque la medida del amor es amar sin medida, la caridad tiene también mucho de constancia silenciosa, y eso a veces contradice la iniciativa impulsiva de quien hoy tira la casa por la ventana, pero no está mañana para recoger los trastos.
A la hora de interpretar conductas ajenas y propias:
«Excusatio non petita, accusatio manifesta»
En casa, a mi padre le gustaba pronunciar algunos dichos en latín. No entendíamos una palabra. Pero lo entendíamos todo. Mi favorito era aquel de “Excusatio don Pepita”, que cantábamos a coro cuando alguno de los presentes se justificaba sin necesidad. En realidad, muchas veces él mismo me había explicado que la frase era: «Excusatio non petita, accusatio manifesta», pero aquello era muy difícil para mí. Muchos años después, cuando alguna persona me da una justificación que no he pedido, resuena en mi cabeza aquella “don Pepita”.
«Quien calla otorga». Y esto sirve como interpretación ante la postura de los demás y como indicativo a tener en cuenta ante nuestra propia actitud. A veces habrá que callar, sin duda, pero también existe el pecado de omisión y la complicidad culpable en el silencio cobarde. Si callas, estás otorgando, no lo olvides. No siempre sirve de excusa el Yo no dije nada.
En la convivencia:
Mi madre solía repetir aquello de: «Cree el ladrón que todos son de su condición», cuando interpretaba sus acciones y decisiones desde mi perspectiva y, por tanto, cuando la malinterpretaba desde mi reducida visión de las cosas. ¡Cuánta razón tenía! Nuestra proyección de lo que los demás hacen desde nuestro lugar, postura y tendencia, nos pone en evidencia constantemente. Y, si estás atenta a las interpretaciones de los demás puedes descubrir y conocer mucho de su interior.
Al poco tiempo de vivir en el Monasterio una hermana me comentó que «Cuanto más vacía la carreta más ruido hace». Pero yo, que venía de la capital, tuve qué preguntar qué quería decir. Me explicó, con inolvidable pedagogía, que las carretas sin carga suenan estrepitosamente, de la misma forma que las monjas más ruidosas son aquellas que no alimentan la interioridad. Todavía hoy, cuando me siento dispersa y ruidosa, me pregunto si no será expresión de un vacío interior.
Sor Teresa Cadarso, OP

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