Cultura

Generación triste con fotos alegres

El 20 de marzo es el Día Internacional de la Felicidad. Próximamente saldrá un libro de Robert Waldinger y Marc Schulz y que recoge un estudio de la Universidad de Harvard sobre la felicidad. Mucho es lo que se ha dicho y escrito sobre la felicidad y su relación con el ser humano. Algunos creen que eso de la felicidad es una leyenda urbana. Circula por ahí una frase que dice que “somos una generación triste con fotos alegres”. No sé si se refiere a la generación Y o millennials (“el éxito consiste en ser feliz los domingos por la tarde”) o a la generación Z (posmilénica o centúrica), pero es sugerente eso de ‘generación triste con fotos alegres’.

Es posible que la felicidad sólo exista en el país de Instagram. Hay quienes, ante la ficción de la felicidad, anhelan tan solo un cierto bienestar emocional. La felicidad, como mucho, es algo esporádico y como meta en la vida supone una auténtica tiranía, abocada irremediablemente a la frustración. Parece ser que cuando se es muy joven la felicidad tiene mucho que ver con llegar a ser ricos, mientras que cuando se hace uno adulto tiene mucho que ver con no tener deudas. ¡Que curioso!

El estudio arriba mencionado relaciona la felicidad con la calidad (y supongo que incluye la calidez) de las relaciones y, sobre todo, con los amigos (“íntimos”), eso que cultivamos más en la adolescencia y que, según parece, en la medida que nos hacemos adultos, desaparecen. Según los autores citados son “los amigos quienes nos pueden rescatar cuando estamos en horas bajas, nos proporcionan una importante conexión con nuestra propia historia y, quizás lo más importante de todo, nos hacen reír. A veces no hay nada tan beneficioso para la salud como pasarlo bien”. Abundan los gurús de la felicidad. Desde los que apuntan que la felicidad es una opción vital: nace de la voluntad de ser felices, hasta los que recetan el ‘cóctel de la felicidad’: endorfina, serotonina, dopamina y oxitocina, todo ello bien agitado.

Y luego está la felicidad según un tal Jesús. En las bienaventuranzas Jesús nos dice que Dios está y se identifica con “los pobres”, “los que sufren”, “los mansos”, “los que tienen hambre y sed de justicia”, “los que trabajan por la paz”, “los que sufren persecución por la justicia”, “los que se ven insultados, perseguidos, calumniados” por defender lo que es justo, honrado, verdadero. Y es precisamente ahí donde reside la clave de la felicidad, en hacer nuestro este proyecto de Dios, en nuestra decisión de incorporarnos a la dinámica del reino. Dice san Juan que “el que no ama no tiene ni idea de Dios, porque Dios es amor» (1 Jn 4, 8). Por eso podemos decir también, que el que no ama no tiene ni idea de lo que es ser feliz, porque la clave de la felicidad está en amar y dejarnos amar. Por esto mismo, lo que nos adentra en una auténtica experiencia de felicidad (que nada tiene que ver con la alegría esporádica, la risa superficial o una cómoda vida sin problemas, encerrados en nosotros mismos) no es el dinero, ni el poder, ni la fama; tampoco, por supuesto, los rituales religiosos, el espiritualismo desencarnado, el ‘cumpli-miento’ religioso, sino una conducta de amor, la bondad para todos y sin límites. Bondad en el sentido más exigente que se puede imaginar, porque Jesús nos dijo a las personas que tenemos que ser buenos hasta amar a nuestros enemigos y a los que nos persiguen, para ser verdaderamente hijos e hijas de Dios.

Por eso es urgente mostrar con nuestra conducta que el Dios de Jesús es el “Dios encarnado”, el Dios al que encontramos en la vida, en nuestra propia humanidad, a veces, débil y frágil, el Dios, también, de los pequeños placeres, el Dios que es origen y fundamento de la verdadera felicidad.

Ricardo Aguadé