Religión

Entre la Biblia y el periódico

Llevo días y días dándole vueltas a la importancia de la predicación. Dicho así, seguro que suena mucho más elevado de lo que realmente pasa por mi mente, que diría yo es bastante casero, ¡pero con sustancia! No es que sea yo ni una mística, ni una filósofa, ni que mi mente reflexione sobre cosas abstractas. Intentaré aterrizar.

Confieso que muchas veces abro la puerta a este hilo de pensamientos cuando estoy en misa, y hay días que me es inevitable desconectar de la homilía y reconectar con mis pensamientos y propias reflexiones. Hay días en que lo que me nace es mirar a mi alrededor e intentar comprender qué relación puede haber entre lo que escucho y las personas que están escuchando a mi lado.

Otras veces me pasa en medio de situaciones de lo más cotidianas, en donde la coherencia no parece estar muy presente, o al menos creo que no lo está. Así que no puedo evitar pensar en los diferentes escenarios posibles según fueran las actitudes y los discursos de las partes.  

Sea con unos detonantes o con otros, el tema siempre es el mismo, ¿qué predicamos? ¿cómo predicamos? ¿a quién predicamos? ¿para qué lo hacemos? Aquí es donde cada cual puede poner la palabra con la que más se identifique: predicar, hablar, compartir, exponer…. Y yo, entre tanta pregunta, me encuentro siempre volviendo a la misma frase del teólogo protestante Karl Barth: “un sermón hay que prepararlo con la Biblia en una mano y el periódico en la otra”. ¡Cuánta razón tenía! O más bien, ¡cuánta razón sigue teniendo!

Me declaro muy «fan» de esta frase, y sobre todo de todo lo que significa: la necesidad de que en aquello que hablamos (y hacemos) la Palabra de Dios y la realidad vayan de la mano, y eso es solo posible si tenemos los pies en la tierra, aquí y ahora. Es estar al día de lo que acontece, sea en el periódico, en las redes sociales, o en la plaza del pueblo. Es ser capaces de hacer que la Palabra de Dios cale en la vida de las personas y eso solo es posible si la conocemos.

No puedo evitar hilar este discurso con la vocación dominicana, pues en clave dominicana la predicación no puede limitarse a una homilía o a un discurso. Predicadores somos todos, lo hacemos no únicamente con palabras y estamos llamados a hacerlo a tiempo y a destiempo.

Quizá sea muy osado, pero a veces pienso que aquello que Barth decía y la predicación en clave dominicana hacen un muy buen tándem. Qué importante es, en todos los aspectos de nuestra vida, seamos capaces de transmitir un mensaje esperanzador, actualizando la Palabra de Dios, estando al tanto de la realidad de nuestro entorno. Seguramente no vayamos literalmente con la Biblia en una mano y el periódico en otro, pero tengo claro que el sentido lo entendemos perfectamente y somos capaces de actualizarlo a nuestro aquí y ahora particular, y a partir de esta actualización, atrevernos a predicar – de verdad – con nuestras palabras y acciones, en definitiva, con nuestra vida.

Mónica Marco