Donde duerme el agua: Marzo
No sé si lo he inventado o escuchado. Eso de que el frío templa el Espíritu. No sé si es cierto pero desde luego pareciera que el frío afina algo las capacidades del hombre. La concentración. La atención. Es como si las energías se unificaran ante lo que toca hacer cuando el ambiente fuerza y limita. Quizás es buena enseñanza general. Cuanto más el ambiente que rodea se hace complejo, difícil, agreste o agresivo, más hay que concentrar las fuerzas, la energía, en algún punto. Quizás algo de esto hay en la ascesis, la mortificación y la cuaresma como prácticas de ejercitar, esforzando, la persona entera. El ajustar la atención a lo central. Concentrar la energía en puntos claves de vida cuando el ambiente fuerza.
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Transfigurarse y transformarse ha estado siempre en el corazón de la fe. Hay una clave profunda que significa de un lado que entendemos que lo que hay, vemos y vivimos, ni lo es todo, ni lo es completamente. Aunque sea siempre la condición de posibilidad de lo porvenir. Y de otro, la insatisfacción de que somos poco para lo mucho que podríamos llegar a ser.
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¿Qué fortaleza hay para sostenerse en el martirio? Escuchar y meterse en la historia detallada, concreta, real, de los mártires, y más los próximos, de los que vivieron aquí, caminaron en esta casa, se sentaron donde me siento, rezaron donde rezo y estuvieron donde estoy, impresiona tremendamente. Qué fortaleza, qué comprensión, qué Espíritu tendrían y cómo lo lograrían… Y cuánto odio soportaron. Cinco fueron los mártires asesinados de mi casa en la Guerra Civil por su condición de frailes: Alfredo Fanjul, Juan Mendibelzúa, Vicente Peña, Vicente Rodríguez y Vicente Álvarez. Tres Vicentes. Hoy, como aquellos que se sentaban junto a los fuegos de las murallas a recordar la historia de quién les había hecho ser lo que eran, hemos contado la terrible historia de su martirio.
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Asisto a la presentación de “Vladivostok” (Fórcola, 2023) de JC Llop en la “Cafebrería”, por el barrio que parece pueblo de Arguelles. Diálogo chispeante, ligero, cosmopolita, inteligente y elegante entre Ignació Peyró, Juan Manuel Bonet, Javier Jiménez y el propio Llop, con un público de amigos, lectores y letraheridos, que se sumaron sin esfuerzo al ambiente achampanado y divertido. Me dió a conocer a este mallorquín europeo Daniel Capó con su conversación con él junto a Nadal Suau (José Carlos Llop: una conversación, Elba, 2020) y descubrí justo eso: inteligencia y elegancia. Sin falta de hondura. Aunque la presentación de ayer, salvo algún reflejo de profundidad, se movió más bien como entre las aguas brillantes y superficiales que reflejan el sol de esa Mallorca abierta a Europa. Como entre los acordes ligeros y divertidos de un Mozart cortesano en Viena. O como entre las burbujas del champán de un París que ya se perdió.
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Casi como metido en un koan, estos días que los prunus florecen -almendros, ciruelos, melocotoneros y sobre todos los falsos cerezos de jardín que tanto se ven en nuestras ciudades-, le gustaría a uno quedarse bajo ellos. Sin más. Detenido, a contemplarlos. Buscando la flor perfecta para alcanzar la iluminación de la existencia. Esas pequeñas flores que recorren toda la gama cromática del blanco níveo al suave rojo, parece que escondieran una promesa y un secreto. En la, por otra parte bastante mala, película “El último samurai”, Katsumoto -el samurai rebelde a la modernidad y leal a la tradición-, ilustra al oficial americano Algren -posmoderno como sólo un militar americano mercenario en el japón Meiji puede serlo-, en cómo contemplar la flor del cerezo puede abrir al sentido de la vida. Me pregunto cuál será el misterio de esas flores. Quizás la promesa de la primavera que ya llega. Quizás el eterno retorno de las estaciones con su inmensa carga de esperanza pero también de realismo. Tal vez la belleza sin más. Quizás lo hermoso como reflejo de la auténtica hermosura que se muestra en todo lo creado.
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Que hay libros sobrevalorados parece evidente. En esto que, en un viaje rápido a la casa familiar, recojo un libro de aquellos que guardas algo de memoria que era interesante y fue famoso, no apetece leer lo que llevas, y le dedico un par de días, y lo acabo, y al acabar, pienso, que está sobrevalorado. Que entretiene y engancha, y es erudito y curioso, pero que es viento y vacío. Umberto Eco.
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Diez años del papado de Francisco ayudan a descubrir muchas cosas. Las promesas fallidas. Los gestos grandilocuentes. Los pequeños y grandes pasos dados. Las campañas de publicidad a favor y en contra. La pluralidad de espiritualidades en la Iglesia. Y de posiciones y de ideas. Y que no hay que compartir con todas, todo, sabiendo que comulgamos, todos, del mismo centro, con todas. Eso es lo católico. La fidelidad a la búsqueda y a la fe y a la Iglesia. Al Señor Jesucristo. La dificultad de los términos medios y de la prudencia. La importancia de la oración y de lo realmente central. La memoria presente de los últimos, los que sufren, los pobres. Y de cómo la Iglesia, debiendo estar en el mundo, tendríamos que recordarnos que no es del mundo. Que en esa quiebra constante nos movemos.
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Descubro -no sé realmente quién en el proceloso mundo de las redes me lo hace conocer-, a un pintor norteamericano, Mark Maggiori, en la estela de Frederic Remington, el pintor del lejano oeste americano y sus pioneros, indios, exploradores y vaqueros. Enseguida, en un rápido brujuleo digital, saltan muchos e impresionantes pintores de ese género del Oeste. Y me recuerdo, muchos años atrás, en casa de Jorge y María, los veranos de Barcelona, con apenas veinte años, y cómo una de las revistas que recibían directamente desde los Estados Unidos era especializada en esa pintura, la pintura del lejano oeste. Tienen estos cuadros el poder evocador de la imaginación y la fantasía, cuando el mundo era infinito y desconocido. Esos inmensos paisajes de cielos y nubes primigenios, de cañones y desiertos y bosques y praderas sin final. Ese sueño de todo niño que quiso ser vaquero. Y sobre todo, ese niño que todos guardamos dentro, que en el fondo, lo que sueña, es vivir en la aventura.
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Doy un par de charlas sobre Jesús y sus encuentros en esta cuaresma. La primera sobre los pasajes de Nicodemo y de la Samaritana. La segunda sobre Zaqueo y el Joven Rico. Es Teología Espiritual, y en ese ámbito, me siento más inseguro. No es exégesis -objetiva, con estudio y referencias académicas- ni es Moral -que es mi formación y campo directo de estudio- ni es Historia de las Ideas -otro de los ámbitos que me puedo mover con cierta soltura-. Trato de hacer lecturas espirituales, que ayuden al crecimiento en la fe, desde los pasajes de encuentro con Jesús. Nicodemo nos invita a salir de lo conocido para adentrarnos en lo desconocido de Dios. La Samaritana nos plantea dónde saciamos nuestra sed. Zaqueo nos confronta con nuestra verdad frente al espejo. El Joven Rico nos pregunta qué valoramos más de nuestra vida…
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En este san Patricio regresa la memoria de las praderas verdes y de los acantilados agrestes. De los caminos entre pueblos entre muros de piedras. De la música y los pub´s y la gente. De la lluvia y los parques naturales. De los monasterios y castillos. De Dublin, Tallaght, Cork y Galway. De los delfines y las focas. De Saint Stephen´s Green y la lucidez. Del Museo Arqueológico y el ajedrez. De la National Gallery y el Caravaggio. De la Chester Beatty y la biblia. Del Trinity College y su biblioteca y el libro de Kells. Del One Penny Bridge y cómo aquellos americanos me tiraron el teléfono al Liffey. De Moisés y Ángel. De la tienda de Peterson. Del Rugby y del fútbol gaélico. De la Oficina Central de Correos y la cárcel de Kilmainham y el levantamiento de Pascua. De la fábrica de Guinness en St. James. De las dos catedrales y los vikingos. Del castillo y del Temple Bar. La memoria de cuando el mundo me era joven y cargado de posibilidades.
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Esto es algo más que una mera percepción subjetiva. Las mesas de las terrazas de los bares se multiplican alarmante y excesivamente. No seré yo enemigo en modo alguno de ese ocio tan mediterráneo, tan de amistades, y tan disfrutón de las cañas, las risas, las conversaciones, el sol -o las estrellas- en medio de la calle. Válgame Dios. Lo aprecio y lo disfruto. Pero entre inmensas hileras de sillas y veladores que ocupan cada centímetro de calle casi impidiendo caminar y extendiéndose y expandiéndose y dominando cada sitio y cada hueco, cada vez más, como titanes primigenios que quisieran dominar cada espacio, y las verdaderas terrazas donde disfrutar, hay un inmenso salto. Esto no es ni medio normal. Ni se puede casi caminar por algunas calles. Y en cualquier ciudad sucede.
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Cómo estoy disfrutando esta temporada del podcast de cine “La Trinchera” de Nacho Rozas. Hasta ahora, y por los anuncios de los próximos episodios que seguirán, me resulta una selección magnífica de gentes y títulos. Espero precisamente no bajar el listón yo, y estar a la altura de lo buenos que están siendo, pues me tocará a mí también en unas semanas, Dios mediante, estar ahí hablando de John Ford. Me siento realmente entre ellos como entre amigos. Los amigos de Twitter como los amigos de la tertulia del café de la esquina. Y hablando de cine. La capacidad del cine de abrir a pensar y dialogar sobre lo divino y lo humano es una de las formas más depuradas de cómo el ocio y la ficción, el arte y la belleza, el disfrute de la existencia, ayuda a mejorar nuestra forma de ser, pensar, sentir y estar en el mundo. Es aquella idea de Teatro y Templo unidos como Wagner teorizara. Y hay quien considera incluso que la fusión de las artes wagnerianas apuntaba al cine como un modelo artístico que después llegó. El arte como capaz de transformar al hombre hacia el bien, la verdad y la justicia, como una fusión de todas las creaciones artísticas humanas. El cine como ese séptimo arte popular tan capaz de ello.
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Confieso dos mañana seguidas, más de tres horas cada una, a chicos y chicas entre los 15 y los 18 años. Jóvenes adolescentes con su sed, sus cuitas, sus miedos, sus dificultades, sus insatisfacciones y pecados. Y con tanta necesidad de ser escuchados y acompañados y aconsejados y mirados con amor y misericordia por Dios. Y con más hondura, cuando se detienen, y más capacidad crítica de sí y del mundo, cuando se les ayuda a mirar, de lo que aparentemente pareciera.
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Cada vez me encuentro más lejos de aquella necesidad de otras edades de enarbolar banderas de purismo de ideas. Cada vez más me reacciona ese reflejo, aparentemente antimoderno pero realmente profundamente posmoderno, de separar, decantar, compartimentar y distinguir lo que es puro y lo que no en las ideas. Y un tanto adolescente esa necesidad de decirse a sí mismo constantemente lo que se piensa. Yo he bebido de muchas fuentes y muchos autores. De muchas corrientes y movimientos y grupos. De muchos libros y sabidurías. A veces incluso contradictorios. Pero es que el hombre es también la medida de sus contradicciones. Ciertamente al final uno bebe más de unos ámbitos que de otros, pero jamás uno se nutre sólo de un pozo. Y si lo hace, como dijo el Aquinate, teme al hombre de un solo libro.
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Magnífica la Carta Pastoral de los Obispos Escandinavos, donde se nota la presencia de Mons. Erik Varden ahí detrás, sobre cuestiones de sexualidad humana con todo lo relativo a las actuales corrientes identitarias y subjetivistas sobre la autodeterminación de género, la orientación sexual y demás cuestiones complejas y polémicas. Y cómo abordarlas desde el catolicismo. Si pueden, búsquenla.
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En una especie de congreso bastante superficial y epidérmico, de más aire que fuerza, uno de los ponentes -y tremendo que esto sea lo central que me llevo- lanza la idea de que aprovecha sus viajes para elegir palabras importantes para él. Por su momento. Por la circunstancias. Por lo que sea.
Me gustay como soy mucho de listas, me pongo también a elegir, en medio de ese bastante superficial epidérmico y más de aire que de fuerza especie de congreso, mis palabras para ahora. Aquí. En este momento:
Sabiduría. Elegancia. Humor. Bondad. Prudencia. Inteligencia. Cultura. Aventura. Tradición. Compasión. Hondura. Libertad. Amor.
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Cuando alguna vez me da la veleidad de publicar, de que mi nombre apareciera en la portada de algunos libros, cuando regreso a esos cuantos manuscritos que están escribiéndose al lento paso de los días y sus cargas, con la imaginación de que antes o después, pese a mi edad, salieran al mundo y sus lectores, pienso en la cuesta de Moyano y en las librerías de viejo y lance, en los cementerios de libros olvidados, en cómo todo es veleidad y todo está abocado a la desaparición y el olvido y la muerte.
Y sin embargo. Me temo. No termina de pasar la vanagloria… ¿y si, aunque apuntando al olvido, como todo en el tiempo, entretanto, a alguien, algo, de lo que tú escribas le enriqueciera?
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Tenemos la ciudadanía (¿es legítimo hablar en ese plural global interpretativo de la voluntad o la percepción popular?) la sensación de que se despilfarra el dinero público. Al menos así tiene la percepción la parte de ciudadanía que me es más próxima: compañeros de trabajo, vecinos, familiares y hermanos de Orden (¿se soluciona así esa pretensión de hablar por la masa informe ciudadana?). Lo voy pensando al cruzar la Puerta del Sol de Madrid en su enésima reforma, evitando los socavones, zanjas y piedras sueltas casi como quien cruza por los restos de la Colonia de la Segunda Guerra Mundial.
Hace no más de unos meses arreglaron las calles aledañas, y ahora vuelven a levantarlas y rehacerlas para adaptarlas a la nueva plaza. Qué necesidad. Y mil ejemplos como ese. Las marquesinas de autobuses no duran más que cuatro o cinco años. Las farolas, las aceras, los bancos (cuando hay…) más o menos lo mismo. Las bocas de metro. Los jardines y plazas. Y sin necesidad… y no atendiendo donde de veras sí hay esa necesidad. Se prefiere hacer todo nuevo cada cuatro años coincidiendo más o menos con las elecciones, en vez de reparar, cuidar o arreglar lo que hay. Adanismo terrible.
Y los despilfarros no son sólo en cuanto a dotación urbana, que aún pareciera hay un cierto beneficio directo al ciudadano pese a su despilfarro y su nula necesidad. Las campañas de publicidad de las instituciones públicas (¿por qué una Diputación provincial tiene que anunciarse? ¿por qué un ministerio?). La inmensidad de asesores. Las compras de edificios públicos. Supuestos servicios sociales… que a nadie sirven. Los gastos de viajes, reformas, aparatos y gastos de los servidores públicos… en sí mismos. Y todo a costa nuestra.
Y de nuevo, lo más flagrante, es aquello para lo que parece no haber presupuesto. Creo que es lo que más nos enerva e indigna. Que gasten lo de todos en ellos y en aquello que es menos importante en comparación con otras cosas: pensiones, salud, educación, seguridad.
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Al fin. Al fin. Por un precio bastante razonable, obviamente en una librería de lance, al fin, me hago con el primer volumen de las Radiaciones de Jünger. Al fin.
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Quizás es que se va alcanzando con el tiempo, pero detecto poco peso y sabor y medida del tiempo entre los jóvenes que me rodean. Como una inmensa prisa que no deja decantar el paso de los instantes. Como una sed y un fuego de que las cosas sean y pasen y ya. Será la pasión por vivir. O quizás una inseguridad que se bebe a inmensos tragos la vida, pero sin saborearla. Veo celeridad. Poco aprecio a los silencios. Incomodidad. Que todo pase. Nerviosismo. Vivir a trompicones como imagen del vivir con intensidad. Quizás es que con los años se va ganando en una especie de sexto sentido para los tempos y para dejarlos en su ser de modo que las mismas cosas te digan cuándo son, cuándo están en sazón, cuándo ha llegado su momento. Quizás es reflejo del vivir como en las redes, en “scroll”, pasando de una cosa a otra. Quizás es parte, sin más, del ir creciendo en la vida. De descubrir que no somos señores del tiempo, sino que lo que se trata es de saber vivirlo. Captarlo. Sentirlo. Integrarse en él, y no al revés, no forzarlo a que sea tuyo.
Donde sí me noto yo que aún no soy sabio, que aún me queda (¡y tanto!), que quizás aún estoy en la juventud (cierta juventud, al menos…) es que aún me molesta que sea así. Aún no he aprendido -aunque sí intuido…- que tampoco pasa nada. Que ya lo descubrirán. Que la indulgencia y la bondad hacen más que el reproche o la crítica. Aún estoy en la bravura de quien se indigna. Pero intuyendo que quizás es más sabio dejar que el tiempo pase, a querer cambiarlo todo y ya.
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Fray Vicente Niño Orti, OP
