Tener tacto con el tacto
Acabo de leer el último ensayo de Byung-Chul Han, Sin respeto. Una crisis social (Ed. Paidós, Barcelona, 2026). Un ensayo en el que traduce la alta filosofía a problemas cotidianos que puede que todos estemos viviendo en la actualidad. Respecto a acciones tan comunes como, por ejemplo, el ghosting —es decir, desaparecer de una conversación sin dar explicaciones— o los linchamientos públicos en redes sociales, Byung-Chul Han argumenta que no se trata de simples faltas de educación. Nos encontramos, dice el pensador coreano, ante síntomas de una patología social muy profunda. Por ello afirma que el respeto ha sido sustituido por la búsqueda desesperada de atención, transformando nuestra autoestima en una competencia feroz por el estatus. No estaría mal que aquellos que ostentan algún cargo de superioridad echaran un vistazo a este texto. Sí. Porque puede que quizá descubran que son los causantes, por no decir los culpables, de una contienda de todos contra todos que lo único que está consiguiendo es la desestabilización (p. 17).
De los ocho apartados, o capítulos cortos que forman el texto, me ha llamado poderosamente la atención la parte que dedica al tacto. Para Byung-Chul Han, el tacto es imprescindible para prestar atención al otro (p. 31). Es más, el tacto habría que elevarlo a la categoría de práctica social central (p. 32). Pero el autor no está reduciendo este tema a la sensibilidad física que poseemos en la punta de los dedos. No. Él hace referencia a esa delicada distancia que permite que nos acerquemos a alguien sin invadirlo ni, mucho menos, cosificarlo. ¿No creen que en la denominada era digital que nos está tocando vivir, donde las pantallas nos empujan a tocarlo y consumirlo todo al instante con un simple click, hemos perdido precisamente la capacidad de conmovernos? Yo creo que sí. Por ello, Byung-Chul Han nos recuerda con este nuevo texto que la verdadera empatía requiere de pausas. O dicho de otra manera, de ese saber estar que evita el atropello del ego. Por eso, hoy más que nunca, urge recuperar esa elegancia del trato. Porque necesitamos aprender, en el sentido más profundo de la palabra —ya que a veces parece que no tenemos ni idea—, a tener tacto con el tacto.
Mientras leía lo que Byung-Chul Han opina sobre el tacto, me venía a la mente que ya Santo Tomás de Aquino habló sobre la importancia de este tema, aunque desde una perspectiva diferente. Y si todo un Doctor de la Iglesia como es Tomás de Aquino le dedica una cuestión en su Suma de Teología, podemos concluir que el asunto del tacto no puede ser baladí. En concreto, Santo Tomás afirma que «la delectación, y especialmente la que proviene del tacto, es causa de la amistad deleitable» (ST, I-II, q.31, a.3). Al parecer, el placer del tacto es para el santo dominico mucho más pleno que el de la vista. Mientras que para Byung-Chul Han el tacto es la virtud ética de mantener la distancia justa para no invadir al otro, para el Aquinate es el sentido que rompe las barreras de la separación física, porque el tacto es el que certifica una presencia real y tangible. Ahora bien, tocar, para Santo Tomás, no es un mero acto biológico de supervivencia, sino la vía por la que el afecto se encarna y se vuelve experiencia compartida. Puede que esto sea todo un atrevimiento por mi parte y que me esté metiendo en un lío académico del que no sepa salir con mucha soltura. Pero creo que traer esta intuición del siglo XIII al siglo XXI no hace más que darle la razón. ¿Por qué? Pues porque en un mundo hiperconectado visualmente pero desconectado de la piel, la lección de Santo Tomás nos recuerda que no hay verdadera ni sincera fraternidad si no empieza por la cercanía de los cuerpos y la finura en el trato.
Volviendo al libro de Byung-Chul Han, termino diciendo que llego a la conclusión de lo desdichados que son aquellos que solo buscan una satisfacción narcisista a través de los demás (p. 32) —y los que ostentan poderes y cargos de superioridad son expertos en esto—, porque no tienen ni idea de lo que es el respeto. Ni para sí mismos ni para con el otro. Así pues, queda más que recomendada la lectura de este ensayo. Y lo digo absolutamente en serio. Porque es una píldora de esperanza ante la realidad de una sociedad —en todos sus ámbitos— carcomida desde dentro, y que ya no sabe lo que es tener un mínimo de solidaridad.
Fray Ángel Fariña, OP
