Cultura

Atreverse a llorar y a soñar (II)

Como en el Apocalipsis
Entre los interludios del Apocalipsis encontramos las llamadas a las iglesias de Asia que pueden darnos alguna pista sobre las fragilidades de nuestra fe y el desencanto que nos acecha. En todo momento el ángel elogia la fidelidad y la paciencia de los fieles, pero lamenta sus extravíos hacia nuevas doctrinas. A Efeso le reprocha haber perdido el primer amor, a Esmirna le exhorta a la perseverancia, a Pérgamo le promete un nombre nuevo. A Laodicea le echa en cara la tibieza, ni frio ni caliente. Todo un repertorio de actitudes, deserciones y motivaciones que abundan en la Iglesia de hoy. Probablemente no es crisis de fe, pues la crisis apunta de algún modo al discernimiento, que ciertamente es a lo que nos invita el libro del Apocalipsis. Tampoco sería falta de valores, pues los valores más o menos preciosos están ahí. Se venden y se compran, a la medida de nuestros deseos. Es falta de anclaje en la esperanza, de apertura radiante en la confianza del reino, que ya está entre nosotros. ¿De qué tenemos miedo?

Intercesión 
Porque el reino de Dios ya está entre vosotros (Lucas 17, 21)

    En el aquí y en el ahora, en el tiempo presente, entre nosotros está el reino, cada año el Adviento nos hace reflexionar en el tiempo del fin y nos invita a renovar la esperanza en la Gran Alegría, a descubrir la perla escondida, semilla y fermento, sal del mundo, aceite de la espera vigilante. Por eso me atrevo a soñar desde el mismo corazón orante de la Iglesia, marcado desde hace siglos por el ritmo de la liturgia de las horas, para que tengamos el coraje de explorar y la humildad de implorar: 

    – Porque no sabemos pedir ni desear como conviene y la gracia desborda por inexplicable nuestras esperanzas demasiado estrechas

    Queremos soñar que el amor que recibimos con el pan nuestro de cada día ensanche nuestras hambres y nuestros corazones.

    Tú, que multiplicabas los panes y los peces sondeando la hondura de los deseos humanos, escúchanos,  Señor.

    – Porque el llanto de tantas madres inunda como un grito sordo nuestras sociedades administradas por la codicia de Epulones sin escrúpulos, 

    Queremos soñar con banquetes de compasión, llenos de manjares que sacien y abracen a los Lázaros, a los hijos pródigos, a los hijos muertos prematuramente y a los que no llegaron a nacer.

    Tú, que consolabas a padres y madres y levantabas de la mano a la niña dormida, escúchanos, Señor. 

    – Porque tenemos miedo y no nos atrevemos a explorar nuestras noches y desiertos en busca de la fuente escondida, 

    Queremos soñar con jóvenes vocaciones abiertas a la aventura espiritual y misionera, que se encuentren con verdaderos maestros capaces de  transmitir la esperanza como antaño hicieran los profetas.

    Tú, que te retiraste al desierto, y te apartabas en la noche para hablar a tu Aba, escúchanos, Señor.

    – Porque en las posadas abarrotadas de censos y en hoteles de lujo se mantienen conversaciones sobre leyes de extranjería, mientras las habitaciones digitales se llenan de ruido mediático.

    Queremos soñar con hogares e iglesias que sean acogida, que arropen por igual a extravagantes, extraviados, o marginados de la sociedad.

    Tú, que te sentabas a la mesa de prostitutas y pecadores, escúchanos, Señor.

    – Porque los yates navegan triunfales sobre la superficie de los cementerios marinos, creyendo ser indemnes, sin ensuciarse ni dañarse.

    Queremos soñar manos abiertas al barro, barcazas sobre lodos, dedos que suturen heridas, piel con piel que contagie salud y confianza a los más débiles, constantemente amenazados y arrojados por la borda.

    Tú, que caminaste sobre las aguas y aplacabas la tormenta, escúchanos, Señor.

    – Porque decimos perdonar, pero no olvidamos, y recreándonos en la venganza y el desquite, alimentamos odios y amarguras sin término.

    Queremos soñar con el perdón de brazos extendidos sobre las cruces de inocentes y culpables.

    Tú, que te dejaste insultar y abofetear y fuiste crucificado entre dos malhechores, escúchanos, Señor.

    – Porque el reino está ya entre nosotros, pero pasamos el tiempo y la vida distraídos y absatraídos, mirando afuera y  haciéndonos eco del catastrofismo reinante.

    Queremos soñar con una esperanza anclada en la carne, en el tiempo, en la vida y en la aceptación de la muerte, una esperanza que enderece las manos cansadas y las rodillas vacilantes, y apunte de verdad a la Resurrección de la carne y a la Vida del mundo futuro. 

    Tú, que resucitaste al tercer día, y te hiciste el encontradizo en el camino de Emaus cuando al fin los íntimos te reconocieron al partir el pan, escúchanos y resucítanos, Señor.

    Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma (Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor).

    Me atrevo a soñar con el eterno silencio, con la fuente escondida, aunque es de noche y a pesar del tráfago de falsos amaneceres y falsos  profetas, pues su Palabra es lámpara para mis pasos.

    Sagrario Rollán