¿Y si no voy?
El concierto de Bad Bunny. El disco de Rosalía. El libro de Uclés. La Velada del año. El restaurante de moda. La película de los Javis. La feria de abril. La Fórmula 1 en Madrid. ¡La misa con el Papa!
¿No te has enterado? ¿No lo has visto? ¿No estuviste? ¿Te lo perdiste? Si fue genial, impresionante. ¡Lo mejor que nos ha pasado nunca!
Qué FOMO.
¿Por qué te da FOMO? Ni siquiera te gusta Bad Bunny. El Papa te da bastante igual. Y sabes que no aguantarías más de media hora en una caseta de la feria. Pero si todo el mundo va, ¿cómo no vas a ir?
El término FOMO, que viene del inglés «fear of missing out», se traduce a nuestro idioma como el miedo a quedarse fuera o perderse algo. Algo así como la aprensión a que los demás estén viviendo experiencias más gratificantes que las que uno vive. Que la gente se lo esté pasando bien sin ti, en otras palabras.
Quizás por el auge de las redes y la hiperconexión a la que estamos sometidos, quizás por el afán que tiene el mercado de conseguir que consumamos lo máximo posible, el caso es que nadie se quiere perder nada. Queremos estar en todos lados, enterarnos de todo, pero acabamos por no estar en ninguno. Nos da envidia lo que está haciendo el resto y nos hundimos tanto en ello que no disfrutamos de lo que estamos haciendo nosotros. De lo que hemos decidido hacer. Porque el FOMO no es otra cosa que consumo, y nosotros las víctimas de un sistema que se beneficia económicamente de nuestra ansiedad y nuestro deseo de tenerlo todo.
Y ya no es tanto lo que hacen los influencers y lo que nos quieren vender, sino lo que sucede a nuestro alrededor, en nuestros círculos más cercanos. Ves a tus amigos pasárselo genial, tumbado en el sofá de casa, y piensas que quizás tendrías que haber ido. Aunque no te sepas ninguna canción del cantante de turno al que han ido a ver.
La del FOMO es, además, una batalla perdida antes de empezar a luchar siquiera. Siempre se pierde, porque siempre hay un sitio en el que no estás. Siempre hay alguien haciendo algo más divertido e interesante que tú. Siempre hay un plan que se te escapa de las manos. Pero menos mal. Tiene que ser realmente agotador estar en todo y a todo. Si puedo tenerlo todo, ¿cuál es la gracia de luchar por ello?
Dice Juan Evaristo Valls eso de que «cuando nos obligan a ganar, cogemos el gusto a perder». Puede ser entonces que la verdadera victoria esté en decir que no, en perderse las cosas y elegir libremente, conscientemente, qué vivimos y qué no. Encontrar el placer en no ir, en quedarse en casa sin sentirse culpable por ello. Cambiar el FOMO por el JOMO («joy of missing out», la alegría de perdérselo).
Elena Martín Tascón
