Donde duerme el agua: Febrero
¿Realmente es anticuada esa pintura, como la de Pradilla -actualmente en exposición en el Museo de Historia de Madrid- magnífica y poderosa, profunda y cuidadosa, preciosista e imaginativa, sensible y detallista, que juega con la imaginación del espectador ante la imagen figurativa? ¿Por qué se ha relegado lo figurativo a lo museístico y a lo marginal de la contemporaneidad, cuando el favor del público está en su inmensa mayoría con la figuración? ¿Es más antiguo que un Greco, un Velázquez o un Goya? ¿Por qué? ¿Qué hay en la inmensa mayoría del arte actual -el arte promocionado, el arte considerado serio, culto, vanguardista, abierto- que rompe consciente, y con un cierto desprecio, con la sensibilidad popular, y aún más con el siglo XIX? ¿Por qué ese empeño en repetir el mantra de que la cultura actual necesita romper con lo que había, cuando un siglo llevamos ya de esa ruptura…?
Salgo de la exposición de Pradilla tratando de rememorar toda esa generación de mediados del XIX hasta las vanguardias que hizo un arte profundamente moderno sin renunciar a la tradición más elevada: Romero de Torres, Anglada Camarasa, Fortuny, Sorolla, Zuloaga, Rusiñol, Sala Francés, Madrazo, Casado, Degrain, Muñoz Lucena, Checa, Manescau, entre los pintores; Pedrell, Albéniz, Falla, Granados, Turina, Sarasate entre los músicos; Benlliure, Querol, Avalos, Inurria entre los escultores…
Sigue campando el espíritu moderno de desprecio de lo recibido, como un moderno Prometeo que borrando toda humildad se declara muy superior a sus mayores, negándoles toda sabiduría y toda aportación al conocimiento y a la sensibilidad humanas, todo hallazgo que conecte con la entraña del tiempo. Nunca mejor dicho enanos, pero no ya a hombros de gigantes. Si no enanos de espaldas a lo recibido como si el mundo y el hombre hubiera nacido con ellos.
Y como siempre, y aunque a veces incluso canse recordarlo, no es adorar cenizas, sino traspasar fuegos de lo que hablamos.
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Bajo las luces de los faros del coche, de noche, rebasando camiones, cruzando sombras y reflejos de vidas, la carretera se convierte en algo así como una metáfora del discurrir de la existencia.
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Cada año, el 13, como en un particular ritual de memoria del Maestro de Bayreuth, suena la Marcha Fúnebre de Sigfrido. Así recuerdo al hombre que aunó templo y teatro, que transformó el arte, que dió culmen a ideas, emociones y proyectos a través de la unión de las artes, que soñó con transformar al hombre y al mundo. En memoria de su legado y herencia, de sus sueños y proyectos, de sus ideas e intuiciones, en el día de su muerte, la mejor manera de recordarle es en su obra.
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Apabulla la exuberancia del conocimiento de los sabios. Asisto a la presentación del nuevo libro de Benigno Pendás, Biografía de la Libertad I: El renacimiento (Tecnos, 2022), y queda uno anonadado por vidas entregadas al saber. Por la erudición, la reflexión, el estudio. Junto a Pendás participan Adela Cortina y Javier Gomá. Y junto al asombro, la pequeñez de uno. Yo, que sé un poquito (no mucho) de muchas cosas, me sé un diletante. Y entristece.
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La desazón del no saber. La inquietud de cómo, mientras, se suceden las cosas, cuando no tienes información ni comunicación, debe ser algo parecido al miedo y al vacío negro de la ausencia.
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Todo tiene un tiempo en la vida. Hoy, que en el Oficio de Lecturas conventual leo el tiempo para vivir, tiempo para morir del Eclesiastés, me resuena cómo mira el Qohelet, con una mirada un tanto desencantada sobre las falsas ilusiones juveniles, los falsos fuegos espirituales, las falsas claves religiosas. Cómo mira el mundo y el tiempo con una extraña lucidez. Ni oscuramente hundida ni engañadoramente brillante. Descubriéndonos, como un pre Séneca, que el futuro es vacío y viento, y que el pasado tan sólo sirve para aprender, ni tan siquiera para dolerse. Que al fin sólo tenemos el ahora, el presente, como recitamos en el Gloria. Que servir a Dios, es servirle aquí, ahora. Donde estoy. Con lo que soy y lo que vivo. Con lo bueno y lo malo. Pues cada cosa tiene su tiempo. Y esa es la vida del hombre. Una serena aceptación de la realidad, sin huidas ni escapes ni fantasías. Ahí es donde está la riqueza de la existencia. Ahí es donde puede buscarse a Dios. En lo real presente.
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Ha sido como un pequeño instante de asombro y lucidez. Caminar por pleno centro de Madrid, a primera hora, con el ajetreo que comienza a despertar la ciudad, con obras ya arrancando a andar, y casi como en un acto reflejo, inconsciente, irreflexivo, quizás tras una comisura de un ojo que ve más allá de la mirada, elevar la vista al cielo, y ver una bandada en V de aves migratorias. Quizás fuesen golondrinas llegando, creo que es la época, o milanos, que también por estas fechas que parece van preparando la primavera, se mueven. Tal vez grullas o, quién sabe, algo más exótico como charranes árticos o agujas colipintas que, parece ser, por estas fechas, se van. Allá arriba, donde imagino silencio y frío, donde el abajo se verá como puntos, sombras y formas, está demasiado lejos para distinguirlas. Aquí abajo, en medio, rodeado de gentes que iban o venían, acelerados, al metro, la oficina, el tren, el trabajo, me he quedado parado mirando arriba, al cielo. De la bandada en V mayor, de pronto, seis u ocho aves se han separado cogiendo una ruta distinta, formando una bandada en V menor. Se iban distanciando cuando uno de los pájaros rebeldes pareciera que lo ha pensado mejor, y se ha descolgado en una curva larga e inmensa que le iba acercando a la bandada primera poco a poco. Ya no he visto si por fin se reunía con su origen o seguía solo. He vuelto a caminar.
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No sé bien expresar la pregunta. La forma más sencilla es la de cuestionarse el por qué haber nacido en un lugar genera en los humanos una conexión de identidad y pertenencia. La respuesta sencilla es la de la memoria y el arraigo, el tiempo que uno crece como el tiempo donde se forman mitos, referentes, recuerdos no sólamente personales, sino también sociales, históricos y culturales que construyen quién somos. Y aún así. Me pregunto por qué no sucede lo mismo -o no siempre- con otros lugares donde uno reside, o sucede de otro modo, menos profundo, menos vital. Y es que de algún modo que no sé expresar intuyo que hay una construcción espiritual de la persona que se conecta con la misma tierra donde uno nace y crece que le conforma.
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A veces los libros generan extrañas conexiones impensadas o, más bien, imprevistas. Como si dialogaran entre sí sin conocerse ni leerse. Ni reconocerse. Imagino que, más sencillo, dialogan en nosotros generando nudos de redes aparentemente inconexas, pero vinculadas en nuestra propia comprensión. Así me sucede con el magnífico prólogo de Ricardo Calleja a su recopilación de textos de Benedicto XVI-Joseph Ratzinger recién salido “Como si Dios existiera” (Encuentro, 2023) y a una obra colectiva sobre el historiador francés Dominique Venner “El enviado de Homero” (EAS, 2017), que conectan en mi lectura en dos reflexiones. Una en el análisis sociológico de los críticos con la modernidad: reaccionarios como enemigos, conservadores como los que salvan algo bueno de ella. Y dos, en el vínculo entre libertad y tradición. Sólo podemos ser libres desde las raíces recibidas y heredadas. Sin ellas, nos quedamos en un vacío que los poderes del oro aprovechan para esclavizarnos.
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Las ciudades achican el espíritu. La inmensidad del atardecer lo ensancha.
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Tres años de la muerte de mi madre. Tres años. Existe vacío, pero también presencia. Existe ausencia, pero también memoria. Existen lágrimas, pero también agradecimiento. Existen vacíos, y sillas huecas y tiempos que su ausencia es peso y grava, pero también risas, y sonrisas y brillos de miradas de recuerdos vivos. Tres años de la muerte de mi madre. Tres años ya.
