Carreras de fondo
Dicen los entendidos que estamos ante lo que ellos han denominado el giro católico. Igual no tiene tanto de católico como les gustaría, aunque sea innegable que existe el giro. Que la vuelta sea hacia lo católico tiene que ver, a mi modo de ver, más con una cuestión de forma.
Vivimos en un mundo con mucho ruido, mucho estímulo, muchos sitios en los que estar, mucha gente que conocer, muchísimas historias de Instagram que subir. No es raro entonces que la respuesta ante el barullo sea buscar un espacio de silencio, donde uno sea capaz de enfrentarse a lo que tiene dentro y escuchar lo que alguien tiene que decirle. Frente a los macroconciertos de unos, es lógico que muchos opten por la contemplación de los otros.
El giro, resulta entonces, no es tanto hacia lo católico, sino hacia lo trascendente. Los jóvenes estamos ansiosos por encontrar un sentido, queremos saber para qué estamos hechos. Queremos tratar de responder a las preguntas que se nos plantean, queremos entender por qué estamos aquí, queremos que alguien nos coja la mano y nos diga que las cosas, cuando no acaban bien, es porque aún no han acabado. No buscamos tanto un dogma, aunque a veces no vendría del todo mal, tanto como un propósito. Pero uno real.
Se quejan algunos de que no hay compromiso, que la juventud está demasiado acomodada, que no están presentes, que van a su bola. Pero, ¿no es para eso para lo que están los años de juventud? ¿Para caerse y darse contra la pared aún cuando te han dicho mil veces que no lo hagas, para llevar la contraria y creer, por un rato, que uno tiene siempre la razón?
Una vez oí a un fraile decir que lo más lógico del mundo es que fuéramos los jóvenes quienes adoptáramos el perro de Santo Domingo como símbolo. Porque un perro puede molestar, ciertamente; ladra, se mueve, no para hasta conseguir lo que quiere. Pero en el fondo lo único que pide es que alguien le acaricie, que le hagan caso, que le digan «buen chico» de vez en cuando.
Es decir, no necesitamos a alguien que nos diga lo que tenemos que hacer. Mucho menos cuando esa voz nos llega siempre filtrada por una asamblea, una comisión, una pastoral. Lo que necesitamos es que haya alguien que se siente con nosotros, que escuche lo que tenemos que decir, que trate de darle respuesta a nuestras preguntas. Necesitamos estar en la sala cuando se hable de nosotros.
Y aquí, en el día a día, hay ganas de comerse el mundo, hay corazones y vidas encendidas de verdad, hay preguntas y dudas y miedos. Y sin embargo, nos llevamos las manos a la cabeza cuando descienden las vocaciones, sean cuales sean, pero seguimos con las mismas dinámicas que nos trajeron a la situación que tenemos ahora. Que han funcionado, sin duda, y en su momento fueron necesarias. Pero quizás haya cosas más importantes que los números.
Es fácil, y comprensible, convencerse de que ya se sabe lo que necesitamos. En el fondo, la respuesta no dista demasiado de lo que ya han necesitado generaciones pasadas. Quizás sea ahí, en la suposición, donde se esconde el error. Se asume, se aprueba en asamblea, se disfraza de pastoral y se da por hecho que con eso basta. Pero las respuestas que no nacen de la pregunta, por bien intencionadas que sean, tienden a no llegar a su sitio.
Elena Martín Tascón
