Religión

La pirueta de los nabos y el diaconado. Por Javier Recio

El pasado sábado 20 de junio, en la Catedral de la Almudena de Madrid, de manos del Cardenal Arzobispo D. José Cobo hemos recibido la ordenación 7 diáconos permanentes. Unos días antes, me preguntaron cómo me sentía ante la ordenación y por qué me decidí a dar este paso. Vino entonces a mi memoria la pregunta que le asaltó al monje trapense del siglo XX, San Rafael Arnáiz, una fría tarde de diciembre de 1936, cuando se preguntó «¿Qué estoy haciendo?» Busqué el texto para releerlo…

«Las tres de la tarde de un día lluvioso del mes de diciembre. Es la hora del trabajo, y como es sábado y hace mucho frío, no se sale al campo. Vamos a trabajar a un almacén donde se limpian las lentejas, se pelan patatas, se trituran las berzas, etc… […] El día está triste. Unas nubes muy feas, […], dominándolo todo, un frío digno del país y de la época. […] La tarde que hoy padezco es turbia y turbio me parece todo. Algo me abruma el silencio, y parece que unos diablillos, están empeñados en hacerme rabiar, con una cosa que yo llamo recuerdos… paciencia y esperar.

En mis manos han puesto una navaja y delante de mí un cesto con una especie de zanahorias blancas muy grandes y que resultan ser nabos. Yo nunca los había visto al natural, tan grandes… y tan fríos… ¡qué le vamos a hacer!, no hay más remedio que pelarlos.

El tiempo pasa lento y mi navaja también, entre la corteza y la carne de los nabos que estoy lindamente dejando pelados.

Los diablillos me siguen dando guerra. ¡¡Qué haya yo dejado mi casa para venir aquí con este frío a mondar estos bichos tan feos!! Verdaderamente es algo ridículo esto de pelar nabos con esa seriedad de magistrado de luto.

Un demonio pequeñito, y muy sutil, se me escurre muy adentro y de suaves maneras me recuerda mi casa, mis padres y hermanos, mi libertad, que he dejado para encerrarme aquí entre lentejas, patatas, berzas y nabos. […]

Transcurría el tiempo, con mis pensamientos, los nabos y el frío, cuando de repente y veloz como el viento, una luz potente penetra en mi alma… una luz divina, cosa de un momento… alguien que me dice que ¡qué estoy haciendo! ¿Que qué estoy haciendo? ¡Virgen Santa!… ¡qué pregunta! Pelar nabos…, ¡pelar nabos!… ¿para qué?… y el corazón dando un brinco contesta medio alocado: pelo nabos por amor…, por amor a Jesucristo». (Hno. Rafael Arnaiz Barón, tomado de su «Obras completas», Mi cuaderno – San Isidro, 12 de diciembre de 1936, Sábado, 25 años.)

Yo creo que todos nos hemos sentido así alguna vez en la vida. Todos nos hemos preguntado ¿qué estoy haciendo aquí? O, ¿quién me mandaría a mí meterme en esto? San Rafael Arnáiz nos da la respuesta en el mismo texto: «se pueden hacer de las más pequeñas acciones de la vida, actos de amor de Dios…». Cuando  llegué a esta frase, me pasó un poco como al Hno. Rafael. De repente caí en la cuenta de que para mí, precisamente eso es la diaconía: convertir toda nuestra vida en pequeños actos de amor. Vinieron a mi mente personas (con nombres y apellidos) y situaciones reales que se han cruzado en nuestro camino. Es lo que ocurre cuando recibimos a una familia en Cáritas angustiada por su situación, o cuando se acerca a nosotros alguien que está sufriendo por una enfermedad, o porque se siente menospreciado, o porque no llega a fin de mes o porque ha perdido su trabajo, o porque su matrimonio se hace añicos, o porque sus hijos se han alejado irremediablemente… ¿No son pequeños actos de amor reunir a nuestros mayores que están solos para conversar con ellos con la excusa de compartir un café tras la Misa del domingo, o proclamar el Evangelio con el calor de nuestra alma, o ir a celebrar la Palabra a ese pueblo al que acuden sólo 7 personas, o llevar la comunión a nuestros enfermos, o abrazar con la mirada a esa familia que ha perdido a su madre o a un hijo… o cuando servimos en el altar embelleciendo la liturgia para que a los fieles que tenemos delante se les «esponje» el alma? ¿No estamos pelando nabos cuando le llevamos unos huevos rellenos a nuestro fraile dominico con el que compartimos conversaciones y vivencias, o cuando pintamos las columnas de nuestra Iglesia, o cuando orientamos a esos novios sobre cómo celebrar con el corazón su matrimonio, o abrazamos al que se deshace en lágrimas porque estaba alejado y ha vuelto?

Aprovechar las pequeñas cosas de la vida, de nuestra vida diaria, porque, como nos vuelve a recordar el Hno. Rafael, «no hace falta para ser santo hacer grandes cosas, basta hacer grandes las cosas pequeñas».

Cuando me han preguntado, en vísperas de la ordenación, cómo me sentía, la respuesta que me salía del alma era: feliz y profundamente amado por Dios. Porque Dios se fija en nosotros, «te ama como eres, pero te sueña mejor», como nos acaba de decir el Papa León en su reciente viaje a España al visitar el centro penitenciario Brians 1. Es el amor el que nos hace ser mejores. En mi caso esta vocación al diaconado (al servicio, al amor) ha nacido en el seno de mi matrimonio y mi familia. Ellos son los primeros que te enseñan que cuando te casas y más aún cuando tienes hijos, dejas de ser tú, para convertirte en un nosotros. Debes vaciarte de ti mismo, dejar de mirarte el ombligo, de pensar en ti, para configurar un nosotros, un darse al otro. Y sólo vaciándonos de nosotros mismos seremos capaces de llenarnos de Dios. Esta diaconía, a su vez, alimenta cada día mi matrimonio y mi familia. Todos estamos llamados a ese servicio, a ser instrumentos de Dios, a llevar la Luz a los demás. Me gusta especialmente el símbolo del cirio de la noche de Pascua. El diácono es como ese cirio Pascual que va consumiéndose, desgastando poco a poco llevando la luz (Cristo) a los demás. Al final, llevar la Luz a los demás es predicar. Comprendes que «ser de Cristo» es «ser OP» porque predicar es dar a Cristo con tu vida, con tu tiempo, con tu sonrisa, con tus manos, con tu esfuerzo, con tus ilusiones… ¡con tu vida! 

Porque tras estos años de formación y discernimiento, tengo claro que ésta es mi diaconía y ésta es mi llamada a la que he respondido como hizo María: ¡Fiat, Hágase! y pasa irremediablemente por la Orden (como le dije a mi mujer una tarde de hace 7 años, cuando le expliqué que Dios me pedía ser diácono).

D. Javier Recio de la Cámara OP, diácono.