¡Navidad! ¿Qué Navidad?
En Navidad aparecen la bondad de Dios y su amor a todas las personas, pero especialmente a los insignificantes, a los que no cuentan, a los descartados, a los pobres empobrecidos, a las mujeres maltratadas, a los niños abusados, a los ancianos abandonados, a los diferentes odiados. No aparece, en absoluto, el poder de Dios, ni su reinado majestuoso. Dios se hizo un niño pequeño y frágil, y para verlo hay que mirar hacia abajo. En Navidad aparece la benevolencia de Dios, la ternura y la caricia de Dios, el cariño y el perdón de Dios. Un Dios hecho carne, dolor y risa, sentimiento, tacto, perfume y melodía. Aparece la cercanía y la amistad de Dios, la humildad y la paciencia de Dios, el perdón de Dios. Aparece el Dios que es Padre y es Madre y que lleva el nombre de cada uno tatuado en la palma de sus manos.
Se abren los cielos y empieza a llover Dios. A veces tierna y mansamente; otras, como chaparrón de primavera que nos empapa el alma. Dios se convierte en lluvia de besos, en tormenta de caricias, en aluvión de abrazos. Llueve el perdón y la reconciliación de Dios. Llueven las alegrías y generosidades de Dios. Llueven los sentimientos entrañables de Dios. Llueve Dios mismo.
¿Qué bonita, qué entrañable, qué dulce es la Navidad!
Según un informe de Cáritas y de la Fundación Foessa en el año 2022, en los hogares españoles con niños, el 18 % ha dejado de usar el comedor escolar por no poder costearlo (casi medio millón de hogares). Las colas del hambre son una realidad cotidiana en muchas de nuestras ciudades. El informe señala como seis millones de familias –el 35% de los hogares en España– no cuentan con un presupuesto que garantice unas condiciones de vida dignas y se han visto obligadas a reducir los consumos de electricidad o alimentación, e incluso a dejar de comprar algunos medicamentos. Los hogares con graves dificultades para satisfacer sus necesidades básicas se encuentran, sobre todo, entre los que viven en alquiler, hogares con niños en edad de estudiar, personas con discapacidad o dependencia, con deudas, ausencia de ingresos estables y desempleo de alguno o todos los miembros activos del hogar, ancianos solos con pensiones mínimas. Siete de cada diez hogares vulnerables han renunciado o han reducido gastos en ropa o calzado.
Más de 1.200 personas duermen a diario en la calle en Barcelona, casi 2.500 personas en Madrid, casi 1.000 en Valencia… Se calcula que hay unas 40.000 personas sin hogar en todo el país. Según la última Encuesta de Condiciones de Vida realizada por Aldeas Infantiles, 2,5 millones de menores de 16 años, 1 de cada 3, están en riesgo de exclusión social en España. El grupo de las personas mayores de 65 años en pobreza severa representa el 8,7% del total, es decir 373.019 personas.
Qué bonita, qué entrañable, qué dulce es la navidad… Pero en realidad, ¡la Navidad ha muerto! ¡Viva la navidad! Entre todos la matamos y ella sola se murió. No sé precisar el momento. Supongo que ha sido poco a poco, una cosa ha ido llevando a la otra y… Se la han cargado, la hemos asesinado (por acción u omisión) en los palacios y en las fastuosas basílicas, en Wall Street y el IBEX 35, en las solemnes liturgias con voces de coros angelicales. La matamos en nuestros corazones, con indiferencia, con nuestro mirar a otro lado, con nuestro afán de lucro y nuestra gula insaciable, con nuestra falta de ternura y de compasión. Empezamos confinándola en unos días de fiesta: desde el Black Friday y el encendido de luces hasta el día de Reyes… Días de luces brillantes, de alegría por decreto, de burbujas y brindis, de “vuelve a casa, vuelve…”, de frenesí consumista, de postureos en Instagram, de veladas y celebraciones navideñas en el cole, de campañas “solidarias” (¿solitarias?; la evangelización “del chispazo”).
Así hemos convertido la Navidad en navidad: el tiempo en que los pobres se sienten más pobres, los solos más abandonados, los tristes más desconsolados, los sin esperanza más desesperanzados. Pero es que la navidad (así, con minúscula) nada tiene que ver con la Navidad, la de verdad.
Dios nace (¡lloviéndose!), en Navidad y, sobre todo, los restantes 364 días del año. Dios nace como refugiado y en una patera y bajo las bombas. Dios nace entre papeles de periódico en el cajero del banco de la esquina o delante del escaparate deslumbrante de Zara Home. Dios nace en los corazones solitarios y en aquellos que tienen hambre y sed de justicia.
Y Dios se muere, se muere de hambre y de tristeza, de soledad y de frío y de guerra. Dios, que huye de los palacios y de los templos, de las liturgias y de los servidores del culto vacío. Decía Santo Tomás que es mucho más importante alumbrar que brillar. ¡Claro que sí! Alumbrar, dar calor, calidez y calidad. Nuestra navidad es brillante: deslumbra, nos ciega, nos impide ver y sentir. Pero bien sabemos que la Navidad es otra.
Ricardo Aguadé, OP
